Ante las consecuencias de la guerra para la clase trabajadora: la lucha contra la guerra y la lucha por las reivindicaciones, dos caras de la misma moneda

Carta Semanal 879 en catalán

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¿Qué impacto supone la guerra y las medidas que la acompañan? La propaganda de los medios de comunicación burgueses plantea la cuestión en términos de cada país, como si los efectos fueran los mismos para toda la población, con independencia de su posición de clase… cuando resulta evidente que, por ejemplo, un aumento del gasto militar es un regalo para las multinacionales estadounidenses del “complejo militar-industrial”, mientras que para la mayoría supone un desvío de fondos en contra del gasto público social. A quienes defendemos los intereses de esta mayoría nos interesa, por tanto, conocer cuáles son las consecuencias de la guerra para ella, para la clase trabajadora.

Los miles de muertos y heridos, los millones de refugiados… no son capitalistas, son trabajadores

La gravedad de la situación está fuera de toda duda: destrucción por doquier, con muertos y heridos que ya se cuentan por miles y miles, con más de tres millones de refugiados que escapan del terror con lo puesto. Pero las manipulaciones desinformativas ocultan que los muertos, heridos y refugiados no son los capitalistas ucranianos, no son los dueños de las grandes empresas. Son sobre todo los trabajadores quienes engrosan esas cifras dramáticas de muertos y heridos, como revela el ejemplo tan elocuente y trágico, entre tantos otros, que fue la masacre de soldados argentinos durante la guerra de las Malvinas en 1982 (soldados que eran principalmente jóvenes de clase trabajadora, a los que la dictadura condenó, enviándolos sin formación ni material adecuado a combatir al bien pertrechado ejército imperialista británico, provocando entre ellos cientos de muertos y miles de heridos). También son trabajadores quienes hoy se quedan sin vivienda en Ucrania, quienes se ven obligados a huir con lo puesto.

Estos efectos golpean directamente a la clase trabajadora ucraniana. Pero también castigan a la rusa, pues son fundamentalmente jóvenes de la clase trabajadora quienes nutren las filas del ejército que el régimen liderado por Putin lanza contra Ucrania, no en favor de unos supuestos intereses rusos, sino de los intereses particulares de la oligarquía rusa; de igual modo que la presión del imperialismo de EE. UU. a través de la OTAN, a la que se subordinan plenamente la UE y sus gobiernos, no tiene nada que ver con los intereses de la mayoría de la población europea -y estadounidense-, sino que obedece a las necesidades del capital financiero de la primera potencia mundial. Ciertamente la mayoría de la población ucraniana soporta la condición de rehén de los intereses económicos de los distintos sectores del capital financiero, que pugnan por un lugar en el mercado mundial. Pero asimismo es rehén la mayoría de la población rusa, rehén del gobierno de quienes, como en otros países, se apropian de las riquezas de la nación. Y, aunque evidentemente a otra escala, también el conjunto de la clase trabajadora en los demás países es rehén de los gobiernos respectivos, que despliegan todos los medios posibles al servicio del siniestro negocio de la guerra.

La guerra: destrucción económica y más desempleo y precariedad

Son también los trabajadores quienes padecen fundamentalmente la aniquilación de una gran parte de la actividad productiva por la guerra y, consecuentemente, de los empleos con los que obtenían su medio de vida; son los trabajadores quienes sufren la demolición de sus viviendas por los bombardeos, que también liquidan los servicios elementales -sanitarios, educativos, de transporte, etc.- que son imprescindibles para unas condiciones de vida dignas, todo lo cual provoca la huida masiva de la población, sobre todo trabajadores. La destrucción que provoca la guerra en territorio ucraniano tiene consecuencias sociales directas, que son nefastas para la clase trabajadora allí. También en Rusia se producen efectos muy negativos por la plena orientación económica al esfuerzo bélico que devasta las condiciones de trabajo y de vida en general allí, además del cuestionamiento de los derechos obreros y democráticos. A lo que se unen las sanciones que, ciertamente, los ricos pueden eludir, pero no la clase trabajadora. Esta regresión, en fin, se verifica en toda Europa y más allá, a escala mundial.

El FMI estima que, de alargarse la guerra, el PIB de Ucrania podría desplomarse entre un 25 y un 35% (incluso en el escenario menos desfavorable la caída alcanzaría el 10%). La OCDE, por su parte, prevé que el PIB de Rusia se reducirá alrededor del 10% (en 1998, año de la grave crisis financiera rusa, cayó un 5,3%, apenas la mitad de dicha previsión). Según RS Research, sólo por la ejecución de las sanciones contra el pueblo ruso por parte de las primeras 50 multinacionales, se destruirá más de un millón de empleos. La propia OCDE calcula un impacto adverso del 2% en el PIB de la UE y de un 1% en la economía mundial. En ese contexto es fácil intuir el efecto en una mayor precariedad laboral, con todo su terrible corolario sobre las condiciones de vida de la mayoría de la población. Máxime considerando la promulgación de leyes liberticidas bajo el amparo de la coartada de la guerra, como las penas de hasta 15 años de prisión impuestas en Rusia a quienes, de hecho, se expresen públicamente contra la guerra. O la persecución que lleva a cabo el gobierno ucraniano contra militantes comunistas. O en el caso español el mantenimiento de la Ley Mordaza por el actual gobierno, pese al compromiso de derogarla por parte de todos los partidos que lo integran.

Encarecimiento de la vida

En los últimos meses se han recrudecido los problemas económicos y entre ellos, en particular, el de la inflación, que en el caso español ya alcanza el 7,4% anual medido por el IPC. Se había desmoronado ya toda la retórica burguesa de que tras la pandemia se iba a relanzar la actividad económica, espoleada por el gasto público (que en realidad es una nueva transferencia masiva de recursos al capital financiero, bajo el señuelo de una supuesta “economía verde” y la llamada digitalización). Problemas de suministros que paralizan las denominadas cadenas globales de valor (la internacionalización del capital productivo, vaya), dificultad de aprovisionamiento de la energía y su encarecimiento, insuficiencia de las infraestructuras tras lustros de recortes… todo ello revelaba una auténtica dislocación del mercado mundial, incapaz de absorber las necesidades del capital, como ya explicaba Marx hace un siglo y medio (véase el número 110 de La Verdad, revista teórica de la IV Internacional).

El caso español es muy claro: para este año 2022, frente al aumento del 6,5% de los precios, la subida media de los salarios nominales en convenio se limita a un 1,55%, la de los empleados públicos al 2% y la de las pensiones al 2,5% (3% en algunos casos). Es decir, se impone una pérdida de poder adquisitivo de en torno a un 4 o 5% o, dicho de otro modo, una reducción del salario real de ese monto. Mientras tanto, los capitales que componen el Ibex 35 alcanzaron en 2021 un beneficio récord de 58.543 millones de euros. Ante ello, el gobierno español apela a un supuesto interés nacional compartido por explotadores y explotados, para promover un “Plan Nacional de Respuesta al Impacto de la Guerra”. Un plan que incluye un “pacto de rentas que proporcione estabilidad desde la perspectiva de los costes salariales y los beneficios empresariales”. Es decir, con la tramposa excusa de evitar más inflación se pretende abundar en la mal llamada contención o congelación de los salarios que, al aumentar menos que los precios, en realidad se reducen (sin que nunca haya límites a las ganancias del capital). Además de aprobar “el mecanismo RED de flexibilidad y estabilización el empleo (…) que posibilita a las empresas sometidas a crisis temporales o estructurales adoptar medidas de reducción de jornada y suspensión temporal de contratos de trabajo”, cuyo contenido real es la destrucción de empleo y el deterioro de las condiciones laborales. El gobierno de Sánchez exige a partidos y sindicatos su subordinación; es decir, la “unión nacional” para atender a las exigencias del capital financiero.

Crisis crónica del capitalismo, guerra y aumento de los presupuestos militares

La guerra no es la causante de las dificultades económicas, como tampoco la pandemia era su origen. El capitalismo, en su estadio imperialista, padece una suerte de crisis crónica en la que se suceden periodos críticos sin que entre ellos se intercalen fases realmente expansivas. La pandemia hizo aflorar la crisis latente y la disparó. La guerra responde a esa crisis, que se expresa en una pugna exacerbada por el mercado mundial; responde a ella y la agudiza. Es una auténtica huida hacia delante del capital, que revela su carácter cada vez más destructivo. El imperialismo estadounidense instiga la guerra para tratar de fortalecer la posición de su capital en el mercado mundial, a lo que responde el régimen ruso poniéndola en marcha, infligiendo grandes padecimientos a la población ucraniana y al propio pueblo ruso. Todo lo cual es en gran parte financiado por las economías europeas, cuya subordinación a EE. UU. ya ni se disimula: en la cumbre de los próximos días 24 y 25 se prevé la participación de Biden, refrendándose así que la UE no es ni unión ni europea. Esta subordinación se revela también en que es el propio Biden quien presidirá la cumbre de la OTAN del mismo día 24.

En efecto, el dictado estadounidense de que los Estados europeos reserven el 2% de su PIB para gasto militar es asumido, de un día para otro, por quienes durante dos años se han negado a dotar los fondos que se requerían ante la emergencia sanitaria provocada por la pandemia. Así, el mismo gobierno alemán al que EE. UU. impone renunciar a la utilización del gasoducto que le facilitaría la llegada del gas de Rusia -del que depende el 55% de su consumo-, aumenta su presupuesto militar en 100.000 millones de dólares. Y el gobierno español se compromete a incrementarlo en un 20% en los dos próximos años. Cómo se financiará hace planear la sombra de más impuestos indirectos y más endeudamiento, con sus consecuencias conocidas: recortes masivos en el gasto en sanidad, educación y el conjunto de los servicios sociales que componen el salario indirecto de la clase trabajadora.

¿Qué hacer? La lucha contra la guerra y la lucha por las reivindicaciones, dos caras de la misma moneda

El POSI, sección de la IV Internacional en el Estado español, no es un comentarista de la actualidad. No observa la realidad como espectador, sino que trata de ayudar para la única intervención que puede evitar la profundización de la barbarie ya en curso, la de la clase trabajadora en el terreno de independencia que le es propio: la defensa de las legítimas aspiraciones de la mayoría. En 1944, Maurice Thorez, máximo responsable del Partido Comunista Francés, declaró a su vuelta a París desde Moscú que “la huelga es el arma de los trusts”. Expresaba así la subordinación del estalinismo a la dominación burguesa. Al estilo de la declaración de Enrique Santiago, secretario del PCE y secretario de Estado, en noviembre pasado a los trabajadores del metal de Cádiz en huelga, invitándoles a confiar en “su gobierno” y, por tanto, renunciando a la lucha. La huelga no es el arma del capital. Su arma es la política destructiva de las conquistas obreras y democráticas; su arma es, llegado el caso, la guerra. El arma de la clase trabajadora es la movilización, la huelga. El agrupamiento por las reivindicaciones, por su defensa hasta el final, sin someterlas a ningún condicionamiento y, en particular, rechazando todos los cantos de sirena que toman la forma de la unión nacional, del diálogo social, de unos supuestos intereses compartidos entre explotados y explotadores que, en realidad, camuflan los intereses de éstos.

La concreción de esto hoy, aquí, es la lucha contra la guerra y la lucha contra la explotación. Es decir, la lucha contra el gasto militar y contra las sanciones al pueblo ruso; la lucha por la plena derogación de las contrarreformas laborales de 2010 de Zapatero y de 2012 de Rajoy; la lucha por la defensa del sistema público de pensiones y, en consecuencia, por la auditoría de la seguridad social de acuerdo con la fórmula reivindicada por el movimiento de pensionistas; la lucha de los enseñantes en Cataluña con la huelga que señala el camino para otros sectores; la lucha por la preservación del poder de compra, con el establecimiento de cláusulas de revisión salarial con efectos retroactivos. Etcétera. Luchas cuya agrupación permita abrir la salida digna de este nombre que la clase trabajadora necesita, frente a la barbarie que la supervivencia del capitalismo no deja de profundizar.

 

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