El movimiento obrero español ante la I Guerra Mundial

(Publicado en la Carta Semanal 486)

Carta-486Como complemento al número de La Verdad, revista teórica de la IV Internacional, dedicada a la guerra de 1914-18, publicamos esta breve reseña sobre la actitud de las principales organizaciones del movimiento obrero español ante la I Guerra Mundial

El Estado Español se mantuvo neutral durante la Primera Guerra Mundial, a pesar de los intereses que lo ligaban a los aliados franco-británicos (en particular la colonización de Marruecos y las relaciones económicas). A pesar también de que el rey, el ejército, la iglesia, las principales fuerzas políticas burguesas simpatizaban vivamente con Alemania y el imperio austro-húngaro.

La debilidad económica y militar de la España de 1914 fue la principal causa de que ninguna de las partes combatientes se interesara realmente por su participación en la guerra. “No dejaba de ser una declaración de impotencia… puesto que se basaba en lo que todo el mundo admitía con mayor o menor sonrojo: que España carecía de los medios militares necesarios para afrontar una guerra moderna”, afirma el historiador Moreno Luzón. Así lo reconoció el primer ministro Dato en una nota dirigida al rey, en la que añadió otra consideración (las tensiones sociales que provocaría): “Con sólo intentarla [una actitud belicosa] arruinaríamos a la nación, encenderíamos la guerra civil y pondríamos en evidencia nuestra falta de recursos y de fuerzas para toda la campaña. Si la de Marruecos está representando un gran esfuerzo y no logra llegar al alma del pueblo, ¿cómo íbamos a emprender otra de mayores riesgos y de gastos iniciales para nosotros fabulosos?”

Sin embargo esa decisión, por obligada que fuera, no evitó que los partidarios de uno y otro bando se enzarzasen en una creciente polémica (financiada por las potencias beligerantes, en particular Alemania). Como hemos dicho, la mayoría de los reaccionarios eran germanófilos, en tanto que apoyaban a los aliados los regionalistas, los republicanos, los principales dirigentes socialistas, la mayoría de los intelectuales y también algunos destacados políticos de la burguesía, como el conde de Romanones, que publicó en su periódico Diario Universal un artículo con el título Neutralidades que matan.

La neutralidad española libró a los dirigentes de las principales organizaciones obreras de verse, como sus homólogos franceses o alemanes, obligados a elegir entre mantener la posición tradicional del movimiento obrero, contraria a la guerra, y apoyar a “su” burguesía en la matanza imperialista, permitiéndoles -a ellos también- ser “neutrales”. Sin embargo, a diferencia de los dirigentes obreros de otros países neutrales, como Suiza, la mayoría tomaron partido a favor de la matanza. Pero no todo fue así.

La CNT ante la guerra

Aunque en 1914, la CNT está legalmente disuelta, numerosas organizaciones y sociedades obreras mantienen su tradición. Anselmo Lorenzo, uno de los organizadores de la CNT, denuncia en un artículo póstumo la traición de la socialdemocracia alemana, de la CGT francesa y de las Trade Unions inglesas por “haber depuesto sus ideales a manera de sacrificio ante los altares de sus patrias respectivas, negando la internacionalidad esencial del problema social” y señala que la única salida no es “una hegemonía firmada por vencedores y vencidos”, sino el renacimiento de la Internacional: “los asalariados que conservan la tradición de la Asociación Internacional de los Trabajadores, con su histórico e intangible programa, se presentan como los salvadores de la sociedad humana”. En noviembre de 1914, un manifiesto conjunto de grupos anarquistas, sindicatos y sociedades obreras de toda España, incide en las mismas ideas: denuncia de la guerra, denuncia de ambos bandos contendientes, necesidad de una paz sin vencedores ni vencidos que “sólo podrá ser garantizada por la revolución social” y para ello, un llamamiento a la constitución urgente de una Internacional.

En esta línea, el Ateneo Sindicalista de El Ferrol hace público en febrero de 1915 un llamamiento “a todas las organizaciones obreras del mundo para celebrar un congreso internacional” contra la guerra. Aunque la debilidad de los organizadores, la persecución policial y la feroz oposición del PSOE impiden que cuaje esta iniciativa, se logró hacer una reunión el 29 de abril de 1915 con asistencia de delegados anarquistas-sindicalistas procedentes de Portugal, Francia y Brasil, en la que se propone “como medio para concluir la guerra europea la aprobación de la huelga general revolucionaria”.

En esa reunión se acuerda organizar una campaña contra la guerra que se expresó en múltiples mítines, demostraciones y manifiestos, se hizo una llamamiento a la constitución de una Internacional obrera “a fin de organizar a todos los que luchan contra el Capital y el Estado” y, además, se tomó el acuerdo de reconstituir la CNT que comienza de inmediato a reorganizarse en Cataluña a partir de un núcleo de jóvenes asistentes al Congreso de Ferrol que decidieron retomar la publicación de Solidaridad Obrera, el órgano tradicional de la confederación. Por tanto, la fuerza propulsora de la reconstitución de la CNT fue la lucha contra la guerra.

La recién renacida CNT se muestra solidaria con las posiciones de las Conferencias de Zimmerwald y Kienthal, y colabora con los grupos socialistas minoritarios que en España se oponen a la guerra. Los editoriales de Solidaridad Obrera apoyan las posiciones de la Izquierda de Zimmerwald (Lenin) y señalan que: “las clases capitalistas aliadas desean que la paz sea debida a un triunfo militar; nosotros y los trabajadores todos que sea impuesto el fin de la guerra por la sublevación del proletariado de los países en guerra”.

La CNT se opone abiertamente a los “anarquistas de trincheras”, favorables a la participación en la guerra, encabezados por el propio Kropotkin y por Malato (autores de un “Manifiesto de los 16” donde se preconiza el apoyo al bando de la Entente) y a los que apoya una minoría dentro de la propia CNT. Solidaridad Obrera y Tierra y Libertad se pronuncian claramente contra el “Manifiesto de los 16” y rebaten sistemáticamente sus posiciones. La CNT incluso llega a romper con la CGT francesa, calificando la posición de sus dirigentes como “una orientación torcida, que no ha respondido a los principios internacionalistas”.

El PSOE ante la guerra

Muy distinta a la de la CNT es la posición de la dirección del PSOE en aquellos momentos, abiertamente partidaria de la participación de España en la guerra del lado de los aliados. La Memoria de su X Congreso (octubre de 1915) decía: “Respecto a la guerra europea, desde el primer momento seguimos el criterio de Iglesias y de las circulares del Comité Nacional: las naciones aliadas defienden los principios democráticos contra el atropello bárbaro del imperialismo alemán, y por tanto, sin desconocer el origen capitalista de la guerra y el germen de imperialismo y militarismo que en todas las naciones existía, propugnamos la defensa de los países aliados”.

Frente a esta posición de la Comisión Ejecutiva, una tercera parte de los delegados en ese X Congreso defiende una línea internacionalista. El profesor José Verdes Montenegro emitió Congreso un voto particular recordando que “la causa de la guerra es el régimen capitalista dominante y no el militarismo ni el arbitrio de las potestades coronadas o no coronadas de los diversos países”. Esa moción acaba exigiendo que el Congreso “se dirija a los partidos socialistas de todos los pueblos en lucha requiriéndoles a que cumplan sus deberes con la Internacional”. Pero esa posición no tuvo un desarrollo organizado en la práctica.

La revolución rusa de 1917 supone un giro

La Revolución de Octubre de 1917 supone un giro importante. La inmensa mayoría del movimiento obrero español, que acaba de salir de la Huelga General revolucionaria de agosto de 1917, apoya con entusiasmo a la Revolución Rusa. Ese apoyo se da tanto en el seno del PSOE como en la CNT. La oposición a la guerra acababa de encontrar una traducción práctica en el derrocamiento del régimen burgués.

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