Emanaciones de moral (capítulo 1)

Su moral y la nuestra -León Trotsky

Capítulo 1: Emanaciones de moral

En épocas de reacción triunfante, los señores demócratas, socialdemócratas, anarquistas y otros representantes de la izquierda desprenden emanaciones de moral en doble cantidad, del mismo modo que la gente cuando tiene miedo transpira el doble. Al repetir, a su manera, los Diez Mandamientos o el Sermón de la Montaña, esos moralistas se dirigen, no tanto a la reacción triunfante como a los revolucionarios perseguidos por ella, quienes, con sus “excesos” y con sus principios “amorales”, supuestamente “provocan” a la reacción y le proporcionan una justificación moral. Proponen, sin embargo, un modo sencillo y seguro de evitar la reacción: el esfuerzo interior, la regeneración moral. Distribuyen gratuitamente muestras de perfección ética a todas las redacciones interesadas.

Esta prédica falsa y ampulosa tiene como base social la pequeña burguesía intelectual. Como base política, la impotencia y la desesperación ante la ofensiva reaccionaria. La base psicológica estriba en el deseo de superar la propia inconsistencia poniendo una barba postiza de profeta.

El procedimiento favorito del filisteo moralizador consiste en identificar los modos de actuar de la reacción con los de la revolución. El éxito del procedimiento se consigue con ayuda de analogías formales. Presenta el zarismo y el bolchevismo como gemelos. También es posible descubrir que son gemelos el fascismo y el comunismo. Se puede hacer una lista de rasgos comunes al catolicismo, y aun el jesuitismo, y el bolchevismo. Utilizando un método enteramente semejante, Hitler y Mussolini son la prueba de que liberalismo, democracia y bolchevismo solo son distintas manifestaciones de un solo y mismo mal. Hoy la idea de que “en el fondo” el estalinismo y el trotskismo son lo mismo encuentra la más amplia aceptación. Reúne en su rededor a liberales, demócratas, piadosos católicos, idealistas, pragmáticos, anarquistas y fascistas. Solo por azar no pueden los estalinistas unirse a ese “frente popular”, y es que se hallan ocupados en exterminar a los trotskistas.

El rasgo fundamental de esos paralelismos e identificaciones es que ignoran completamente la base material de las diversas tendencias, es decir, su naturaleza de clase, y por eso mismo su papel histórico objetivo. En lugar de eso, se valoran y clasifican las distintas tendencias por cualquier indicio exterior y secundario; las más de las veces por su actitud ante a tal o cual principio abstracto, que para el clasificador dado tiene un valor profesional muy particular. Así, el papa considera que los francmasones, los darwinistas, los marxistas y los anarquistas están hermanados por el sacrilegio de negar la Inmaculada Concepción. Para Hitler, liberalismo y marxismo son gemelos, puesto que ignoran “la sangre y el honor”. Para los demócratas, son el fascismo y el bolchevismo los gemelos, puesto que no se inclinan ante el sufragio universal. Etcétera.

Los rasgos comunes a las tendencias así emparejadas son innegables. La realidad, sin embargo, es que el desarrollo de la especie humana no se agota ni con el sufragio universal, ni con “la sangre y el honor”, ni con el dogma de la Inmaculada Concepción. El proceso histórico es, ante todo, lucha de clases y acontece que clases diferentes, en nombre de finalidades diferentes, usan medios análogos. En el fondo, no podría ser de otro modo. Los ejércitos beligerantes son siempre más o menos simétricos y si sus métodos de lucha no tuvieran nada en común, no podrían chocar.

El campesino o el tendero ignorante, si se encuentra entre dos fuegos, sin comprender ni el origen ni el sentido de la pugna entre proletariado y burguesía, odiará igual a los dos campos en lucha. Y ¿qué son todos esos moralistas demócratas? Los ideólogos de las capas medias, que han caído o temen caer entre dos fuegos. Los principales rasgos de los profetas de ese género son su alejamiento de los grandes movimientos históricos, el conservadurismo petrificado de su pensamiento, la satisfacción con la propia mediocridad y la cobardía política más primitiva. Los moralistas quieren, sobre todo, que la historia los deje en paz con sus libritos, sus revistillas, sus subscriptores, el sentido común y las normas morales. Pero la historia no los deja en paz. Les da empellones tan pronto desde la izquierda como desde la derecha. Indudablemente, revolución y reacción, zarismo y bolchevismo, comunismo y fascismo, estalinismo y trotskismo son todos gemelos. Si alguien lo duda, que palpe las protuberancias simétricas del lado izquierdo y derecho del cráneo de los moralistas…

 

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