La Unión Europea, en crisis

(Publicado en la Carta Semanal 618)

El 23 de junio de 2016, el referéndum sobre la salida del Reino Unido de la Unión Europea se saldaba con la victoria inapelable de los partidarios del Bréxit. Esa victoria amalgamó un voto popular contra la política de la UE –rechazo a los recortes sociales y laborales aplicados en nombre de “Europa”– con el voto de una parte de los círculos dirigentes del imperialismo británico, que manifestaba su voluntad de separarse de la UE, cuya economía se hunde sin cesar, para reorientar la actividad de la City hacia Wall Street y Asia a fin de salvar su posición de primera plaza financiera mundial.

Un país tras otro desafía las directrices sobre emigración de la UE. España incumple año tras año los límites de déficit, sin que nada suceda (al contrario, cada año obtiene una nueva prórroga), Italia decide un rescate a la banca sin que nadie en Bruselas ni píe… ¿Qué queda de esa Unión Europea que hace bien poco nos decían que imponía la política a todos los gobiernos?

Cinco soluciones a elegir

El presidente de la Comisión Europea, Jean-Claude Juncker, presentaba hace unos días, para general sorpresa, un Libro Blanco sobre el futuro de Europa, de apenas 30 páginas, en el que se esbozan cinco posibles escenarios bien distintos de cara al futuro de la Unión Europea. En ese Libro Blanco, la Comisión baraja movimientos hasta 2025. No olvidemos que se publica en el mismo momento en que se va a cumplir la promesa de la primera ministra británica, Theresa May, de que este mes activará el Artículo 50 de los Tratados de la UE para empezar la desconexión, el Bréxit.

El diario El Mundo decía, a propósito de la presentación del Libro, que “Por primera vez la Unión se ha roto y los 27 que quedan deben tomar una decisión de calado: ¿qué pasa ahora?”, y añadía que se pone por escrito, “con la firma del guardián de los Tratados, que existen varios escenarios perfectamente posibles en los que la UE se retrasa, se contrae y renuncia a históricos avances logrados en más de seis décadas de proyecto común”.

La mera propuesta de cinco escenarios distintos demuestra el desconcierto que reina en los círculos dirigentes de la UE (El Mundo explica que “Juncker no puede posicionarse abiertamente porque sus enemigos aplastarían la propuesta inmediatamente, fuera cual fuera”). Porque los escenarios propuestos en el Libro no pueden ser más distintos. Van desde que sólo haya un mercado único a una propuesta federal. La página web de la Unión Europea los define así: 1: Seguir igual. 2: Solo el mercado único. 3: Los que desean hacer más, hacen más. 4: Hacer menos pero de forma más eficiente y 5: Hacer mucho más conjuntamente (El Mundo lo define como “el sueño federal”, en tanto que El País habla de “una federación de Estados Unidos de Europa, que en tiempos de repliegue nacional muy pocos quieren”).

Merece la pena ver las consideraciones que hacen algunos medios de comunicación –todos ellos defensores de la Unión Europea– sobre las diferentes propuestas. De nuevo, el más explícito es El Mundo, que dice que “Europa está dividida ahora mismo, fragmentada, y peleada. No hay consenso en hacia dónde avanzar ni a qué ritmo, y la Comisión y las capitales pelean por cada detalle, intentando aumentar su poder y competencias. Europa ha dejado de ser la solución y ha pasado a ser parte del problema. Es evidente que podemos seguir sin cambios, pero lo que nadie sabe es hasta cuándo. Si todo se arreglará solo o acabará saltando por los aires”.

La Comisión quiere abrir “un debate paneuropeo” sobre esta cuestión, y anuncia la reunión de una serie de comisiones de trabajo sobre diversos aspectos y cuestiones. Pero los tiempos no parecen muy buenos para este debate, que debería lanzarse a partir de la anunciada Cumbre Europea del 25 de marzo. Como dice el Centro de Política Europea –un “instituto de estudios” que preside Herman Van Rompuy, “Presidente Emérito del Consejo Europeo”– “antes de noviembre o diciembre de este año, apenas podrá decidirse nada importante, a causa de las elecciones en Francia y Alemania”´. En dos semanas hay elecciones en Holanda. En primavera, presidenciales en una Francia sacudida. En otoño, en Alemania. Y, posiblemente, en verano, en Italia. Sin descartar que el desacuerdo en los Presupuestos, la crisis de Cataluña o la del PSOE precipiten también elecciones generales en el Estado español.

Pero por debajo de todo ello, hay un factor fundamental: la crisis de los Estados Unidos. Pues la UE y sus precedentes se han asentado siempre sobre la dependencia fundacional respecto de los Estados Unidos. Cuando Obama ningunea a la UE y Trump, algunos días, cuestiona su existencia, esto no solo repercute en los países del Este o la España del PP (llamados hace algunos años la nueva Europa) sino a los cimientos de todos y cada uno de los imperialismos europeos. Y la conmoción se concentra en dos terrenos clave: las finanzas y los ejércitos.

Desde que la UE aceptó la injerencia directa y abierta del FMI, éste desestabiliza a cada paso. Por otro lado las políticas económicas de los Estados Unidos y de los países europeos son muy divergentes. Añádase que el gobierno norteamericano pretende dinamitar las regulaciones bancarias internacionales. Todo ello abre en canal a la UE y a sus miembros.

En cuanto a la política militar, la presión creciente de Obama y luego Trump para que los europeos aumenten el gasto militar, que desestabiliza económica y socialmente a los estados europeos, ha logrado que esta misma semana la Comisión Europea proponga un giro de 180 grados dando la prioridad política y económica a la militarización.

Han saltado por los aires todas las bases de la UE y de cada uno de sus estados miembros.

¿Europa a varias velocidades?

Inmediatamente después de publicarse el Libro Blanco, el presidente saliente de Francia, François Hollande, invitaba a los líderes de Alemania, Italia y España a una cena en el palacio de Versalles.

El País hablaba de esa cena diciendo que “los líderes de Alemania, Francia, Italia y España buscan fórmulas para evitar la desintegración del bloque”. Y añadía que “Hollande, la canciller Angela Merkel, el primer ministro Paolo Gentiloni y el presidente Mariano Rajoy querían enviar un mensaje de unidad”.

¿Cuál fue ese mensaje”. Ese mismo periódico lo explica: “El núcleo duro de la UE apuesta por una Europa a varias velocidades (…) los países que quieran avanzar más rápido que el resto en un terreno determinado podrían unirse y avanzar sin que los reticentes les frenen”.

Al término de la reunión, Hollande declaraba que “la unidad no es la uniformidad. Propugno nuevas formas de cooperación o nuevos proyectos, lo que llamamos cooperaciones diferenciadas, que hagan que algunos países puedan ir más rápido (…) sin que otros países queden apartados ni puedan oponerse”. Con variaciones, Merkel, Gentiloni y Rajoy suscribieron el mensaje.

Ahora bien, como explicaba El País, “en qué terrenos podrían entenderse los países que quisieran avanzar más rápido es una incógnita”. El diario adelantaba, como posibles campos, citando a los reunidos en Versalles, “la Europa de la defensa (..) la unión económica y monetaria, la política de inmigración, la protección de las fronteras y el combate del terrorismo”.

Ahora bien, de los cuatro reunidos en Versalles, tres viven en precario. Hollande abandonará el Elíseo dentro de tres meses, Merkel tiene elecciones legislativas en septiembre, y no está claro si podrá revalidar su mandato como canciller, y en Italia, aunque la actual legislatura terminará en febrero de 2018, pocos apuestan porque llegue a fin de año. Y el más “estable”, Rajoy, no tiene mayoría parlamentaria y acaba de verse obligado a retirar el decreto sobre le estiba ante la falta de apoyos que permitieran aprobarlo.

Además, apenas se había hecho pública la propuesta, han surgido las primeras objeciones. La primera ministra de Polonia, Beata Szydlo, ha dicho que “no lo aceptaremos jamás. La diferencia de velocidades abriría la puerta a construir clubes de élites y a dividir la UE”. Los gobiernos de otros países del Este europeo parecen opinar lo mismo. El presidente del Comisión Europea, Jean-Claude Juncker, se apresuraba a intentar cerrar “una nueva línea divisoria, un nuevo telón de acero entre el este y el oeste”.

La crisis abierta en la Unión Europea, fruto del rechazo de los pueblos a las políticas que propone Bruselas y que aplican los gobiernos, de cualquier signo que sean, no parece encontrar solución. Cualquier salida propuesta abre nuevos problemas. Es una muestra de que no estamos ante la crisis de una u otra forma gubernamental de la dominación imperialista, sino ante la crisis de todas las formas de dominación de la burguesía.

Para el gobierno Rajoy, cuya debilidad en casa le lleva a buscar apoyos fuera, la situación de debilidad y crisis de la UE no es ninguna buena noticia.

¿Cuál es el interés de los trabajadores?

Hay una evidencia: para sectores crecientes del capital financiero la UE, sus tratados y directivas se han convertido casi en un obstáculo para la libre explotación. Sólo les sirve porque su política está orientada contra la clase obrera, sus conquistas sociales y la democracia. Pero el capital financiero necesita acabar con todo. Por ello concentra esta tarea en los gobiernos, que son los únicos capaces de intentar aplicar la política que el capital financiero necesita.

Ningún trabajador, ningún joven sin empleo, ningún campesino o desocupado va a llorar por la caída del supuesto sueño europeo. La guerra existente -que no es sólo comercial- entre las diferentes multinacionales, entre los distintos sectores de la burguesía, representados por unos gobiernos que tienen en común la guerra contra las conquistas obreras, debe ser aprovechada por los trabajadores y sus organizaciones para abrir la vía al combate común por los derechos arrancados al capital en la lucha de clases en cada país, en la vía del derrocamiento de todos los gobiernos al servicio del capital financiero, del desmantelamiento de las instituciones parásitas de Bruselas. En esta lucha común se tejerán los lazos de solidaridad y acción común, en la vía de la Unión Libre de naciones y pueblos de Europa emancipados de la explotación capitalista y la opresión nacional.

Es en este combate donde se sitúa la necesaria independencia de nuestras organizaciones, y, en particular, los sindicatos. Independencia no sólo de los gobiernos y la patronal sino, en particular, de las instituciones antiobreras de la Unión Europea. Para el movimiento obrero es una cuestión vital apartarse de este cadáver maloliente.

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