Carta Semanal 1106 en catalán
Carta Semanal 1106 para descargar en PDF

Cuando se cumplen 90 años conviene recordar (y reafirmar) que en el verano de 1936 hubo en España una revolución social, una de las revoluciones obreras más importantes habidas en Europa en el siglo XX. Una revolución que, por otro lado, sigue siendo ignorada en muchas de las conmemoraciones actuales. Por ejemplo, si se observa la prensa actual es como si no hubiera existido. Con pocas excepciones, solo hay referencias al hecho de que se produjo un levantamiento militar contra la República que provocó el inicio de la guerra civil, etc. Y si se consulta la prensa asociada a partidos que tuvieron un papel hace 90 años, se produce la misma impresión. Por ejemplo, en el digital Mundo Obrero, órgano oficial del PCE, no hay ni una sola palabra o referencia a la revolución que protagonizaron millones de obreros y campesinos. Lo mismo ocurre con El Socialista, en el que incluso no hay referencias de ningún tipo. Desde luego, no se trata de un problema de desconocimiento “histórico” de los hechos. Hay una razón política.
Y sin embargo hubo una revolución
Efectivamente, aunque se intentó ocultar, la revolución fue un hecho en las dos terceras partes del país en las que la sublevación militar fracasó inicialmente. La reacción popular al golpe de eEstado no se detuvo en la defensa estricta de la legalidad republicana, sino que fue mucho más lejos. No buscó simplemente la neutralización de los militares golpistas y de la trama civil que los acompañaba, ni se limitó a señalar exclusivamente a los enemigos políticos de la República, sino que apuntó también hacia las clases dirigentes. Hacia la oligarquía terrateniente, responsable de la existencia de una masa de millones de campesinos que sobrevivían en la miseria. Hacia la burguesía asociada a aquella, e interesada exclusivamente en mantener un determinado orden social al precio que fuera. Hacia la Iglesia, siempre asociada al poder y a los poderosos. Todos ellos fueron acusados de amparar y fomentar la reacción de los militares que se habían sublevado contra la República. Aparecieron a ojos de las masas como la trama civil, la trama de “clase”, que estaba detrás del golpe y a la que había que abatir igualmente.
Sin duda, la forma clasista adoptada tenía que ver con la experiencia aprendida durante el período anterior. Con el convencimiento de que cualquier intento de reforma, por tímida que fuese, sería saboteada por las clases dirigentes. Lo que hizo girar a sectores importantes del movimiento obrero en otra dirección: no había posibilidad en España de modernizar el país por métodos “pacíficos” o parlamentarios, y todo intento de reforma pasaba inevitablemente por atacar a fondo los privilegios de esas clases dirigentes. La oleada colectivizadora que se produjo a partir de julio de 1936, no puede entenderse al margen de lo que significó, en la conciencia de miles y miles de campesinos, el fracaso de la Reforma Agraria proyectada en 1932.
Así, formando parte de un mismo movimiento, y mientras se organizaban las columnas de milicianos encargadas de dar la réplica a los militares sublevados en las zonas controladas por estos, los sindicatos se hicieron cargo de los servicios esenciales (transporte, agua, gas, electricidad…), las fábricas pasaron a ser dirigidas por comités de control obrero, y las propiedades de la Iglesia y de los terratenientes fueron expropiadas. La Iglesia fue desposeída radicalmente de su poder e influencia con la clausura de todos los templos y escuelas gestionadas por órdenes religiosas, mientras que el poder de la prensa burguesa y de derechas fue anulado por completo con la incautación de todas las rotativas que pasaron a manos de las organizaciones obreras. Lo mismo sucedió con los edificios y propiedades pertenecientes a partidos reaccionarios o de derechas, a fabricantes e industriales. Todo ello fue acompañado del surgimiento por pueblos y ciudades de organismos creados por la revolución, que disputaron en la práctica el poder a las autoridades legales, cuando no las arrinconaron directamente. En Barcelona, el Comité Central de Milicias Antifascistas se convirtió en una especie de gobierno revolucionario en la sombra. En Valencia, el Comité Ejecutivo Popular, en Almería el Comité Central Antifascista, o en Málaga, el Comité de Salud Pública, por citar unos pocos ejemplos, todos tuvieron en común que se erigieron en la única autoridad.2
Sí, hubo una auténtica revolución social que, ya coetáneamente, se intentó ocultar al movimiento obrero internacional por los aparatos de propaganda del Komintern y de la Internacional Obrera y Socialista que se esforzaron en presentar lo que sucedía en España como una lucha de los obreros y campesinos contra los generales fascistas y por la democracia, en la que, por otra parte, deberían estar interesados todos los gobiernos democráticos de Europa. Particularmente, todos los partidos comunistas -estrechamente ligados a los intereses de la diplomacia del Kremlin- emprendieron una intensa campaña en esa dirección, entre las que destacó la desarrollada por el PC francés. André Marty, miembro del Comité Ejecutivo del Komintern, escribió a principios de agosto de 1936 que “la lucha actual en España no se desarrolla entre capitalismo y socialismo, sino entre fascismo y democracia”.
El frentepopulismo, un recurso contra la revolución
Esta política que, en el mejor de los casos, presentaba el desarrollo de los acontecimientos en el bando republicano como una “revolución antifascista”, y no como una revolución social, se correspondía en realidad con la orientación adoptada en el VII congreso de la IC celebrado en 1935, y con el giro hacia la política de Frentes Populares. En substancia, lo que la política frentepopulista venía a proponer, y los diferentes de los PC’s debían impulsar, eran acuerdos o alianzas lo más amplias posible que incluyeran no solo a los sectores obreros, sino también a la burguesía supuestamente interesada en frenar el avance del fascismo en Europa. Una línea alimentada por la teoría del socialismo en un solo país, defendida por la burocracia estalinista para asegurar su supervivencia. De esta manera, el objetivo de los PC’s debía ser prioritariamente la defensa de la URSS (en realidad, de la casta estalinista en el poder), en consonancia con la «Política de Seguridad Colectiva», justificada por los dirigentes del Kremlin para romper el aislamiento del país. Dicho de otra manera, para romper el aislamiento del país ya no se consideraba que la mejor manera era extender la revolución, sino que de lo que se trataba era de buscar alianzas con los gobiernos «democráticos» europeos, es decir, con el imperialismo francés y británico. Naturalmente, esta política tenía implicaciones: a cambio de que las diferentes burguesías y sus gobiernos cooperasen en la tarea supuestamente común de frenar el avance del fascismo, los PCs renunciaban a cambiar las bases políticas y económicas de esos países, es decir, renunciaban a la revolución situándose por tanto en una posición contrarrevolucionaria.
Esta fue la política defendida en España por la IC y el PCE-PSUC a partir de julio de 1936, con el apoyo entusiasta de los partidos republicanos, los nacionalistas catalanes y vascos, y seguida de una u otra manera por el resto de organizaciones obreras. Aunque se disfrazara de «antifascista», se trataba en realidad de una política profundamente contrarevolucionaria.
Una revolución aplastada
Como se ha explicado más arriba, para ellos la revolución social no podía tener lugar en España, no porque fuera irrealizable, sino sencillamente porque no convenía. Porque podía espantar a los gobiernos «democráticos» de Francia e Inglaterra, y alejarlos de la posibilidad de que ayudaran a la República. Lo que, por otro lado, constituía una auténtica falacia: el imperialismo francés y británico no contemplaba, en absoluto, hacer nada que pudiera indisponer a Hitler o a Mussolini, como pudo comprobarse en 1934 con la ocupación de Abisinia por tropas coloniales italianas, o en 1936 con la ocupación de Renania. Y, en particular, no hacer nada que pudiera abrir una brecha por la que pudiera penetrar el movimiento obrero. El Acuerdo de No Intervención firmado en agosto de 1936 por las potencias “democráticas” Francia e Inglaterra, junto con Alemania e Italia, y al que se adhirió vergonzosamente la URSS, es un ejemplo de ello. Vino a confirmar que en realidad los gobiernos «democráticos» tenían más miedo a la revolución obrera que al fascismo.
La revolución española fue ferozmente combatida por el frentepopulismo disfrazado de “antifascismo”, que se opuso encarnizadamente a las colectivizaciones, defendió la propiedad privada, y trabajó por eliminar toda forma de poder revolucionario con el fin de restablecer un orden que pudiera ser admisible para los gobiernos “democráticos”. De manera artera, y contra lo que habían demostrado los obreros y campesinos desde un primer momento, se impuso la idea de que hacer la revolución era incompatible con ganar la guerra, y que quien hablara de revolución, en realidad hacia el juego a Franco.
El resultado de esta política lo conocemos. La revolución fue aplastada finalmente en mayo de 1937. El asalto a la Telefónica por un destacamento de guardias de asalto, enviados por el Comisario de Orden Público, el militante del PSUC Rodríguez Salas, que actúa con la autorización del Gobierno de la Generalitat, es contestado por miles de trabajadores en Barcelona que levantan barricadas y declaran la huelga general. Es la última oportunidad de dar un giro a la situación, pero los dirigentes partidarios de la “colaboración antifascista” imponen su criterio. Las barricadas son desmontadas y los obreros vuelven al trabajo. Habrá miles de detenidos, y militantes significados serán asesinados impunemente (Nin, Berneri, Barbieri …). La revolución es aplastada, pero esto, como sabemos, no sirvió para ganar la guerra.
Un balance necesario
En un artículo que dejó inacabado, León Trotsky abordó en 1940 las causas que habían llevado a la derrota del proletariado español y las consecuencias que había que sacar de ello3. En el momento en el que la Humanidad era conducida a una nueva carnicería, y los esfuerzos del revolucionario ruso se concentraban en evitar la dispersión que inevitablemente se iba a producir, concedía mucha importancia al hecho de que las nuevas generaciones militantes entendieran por qué el proletariado español había sido vencido. Se revolvía incluso contra algunos de sus antiguos camaradas que explicaban esa derrota básicamente por la “inmadurez de las masas”. Le parecía un argumento indigno referido al proletariado español, el único proletariado en Europa que plantó cara al fascismo durante tres años y en condiciones muy difíciles.
Para León Trotsky, la revolución española había sido derrotada por una nueva “Santa Alianza” compuesta por los imperialismos francés y británico, ayudados por las potencias fascistas, y con la ayuda inestimable de la burocracia del Kremlin. Si algo habían demostrado los acontecimientos vividos en España, era el carácter contrarrevolucionario de la política de Stalin; si algo había quedado demostrado era que la salvación de la República y la lucha contra el fascismo solo podía tener garantía de éxito si la revolución iniciada en julio de 1936 triunfaba finalmente; si algo había quedado demostrado es que no se podía esperar nada del gobiernos supuestamente democráticos; y si algo habían demostrado los acontecimientos vividos en España, no era la falta de combatividad del proletariado español, o su inmadurez, sino la falta de un partido revolucionario que quisiera y supiera encabezar la revolución y llevarla hasta el final.
Es posible que muchos militantes y lectores de la Carta Semanal no coincidan en este diagnóstico. Es un debate que hay que llevar. Hoy como ayer, avanzar en la construcción de una representación política fiel a los trabajadores, continúa sin duda pendiente. Esta nueva representación no se construirá sin aprender de las lecciones del pasado. En particular, sin entender cuáles fueron las causas de la derrota de la revolución española.
—————————————-
1 Resumen de la intervención de Josep A. Pozo en el acto realizado en Barcelona el pasado 16 de julio, en conmemoración del 90 aniversario de la revolución española.
2 Sobre el surgimiento del poder revolucionario en el verano de 1936 en Catalunya, particularmente del CCMA, y sobre la situación de doble poder creada, v. Josep A. Pozo: “Poder legal y poder real en la Catalunya revolucionaria de 1936”.
3 “Clase, Partido y Dirección: ¿Por qué ha sido derrotado el proletariado español? (Cuestiones de teoría marxista)”
