Carta Semanal 1109 para descargar en PDF

El rasgo característico más indiscutible de las revoluciones es la intervención directa de las masas en los acontecimientos históricos. En tiempos normales, el Estado, sea monárquico o democrático, está por encima de la nación; la historia corre a cargo de los especialistas de este oficio: los monarcas, los ministros, los burócratas, los parlamentarios, los periodistas. Pero en los momentos decisivos, cuando el orden establecido se hace insoportable para las masas, éstas rompen las barreras que las separan de la palestra política, derriban a sus representantes tradicionales y, con su intervención, crean un punto de partida para el nuevo régimen. Dejemos a los moralistas juzgar si esto está bien o mal. A nosotros nos basta con tomar los hechos tal como nos los brinda su desarrollo objetivo. La historia de las revoluciones es para nosotros, por encima de todo, la historia de la irrupción violenta de las masas en el gobierno de sus propios destinos (…) ¿Se replegarán las masas ametralladas sobre sus suburbios? No; no se replegarán, pues quieren conseguir lo que les pertenece.
Trotsky (1929-32); Historia de la revolución rusa.
El 20 de agosto de 1940 Trotsky fue atacado por un agente estalinista, Ramón Mercader, falleciendo el día siguiente (Mercader fue condecorado como “Héroe de la Unión Soviética” y recibió la “Orden de Lenin” en 1960, durante la supuesta “desestalinización”). Nadie con buena intención y el conocimiento más elemental puede cuestionar que fue asesinado por su condición de revolucionario, por su incansable lucha por la revolución. Por su extensión mundial, único medio para salir de la barbarie a la que conduce la supervivencia del capitalismo, para culminar la transición a una sociedad sana, en la que la producción se oriente al bienestar de la población y no a la ganancia privada; es decir, a una sociedad comunista. En este nuevo aniversario del crimen, la situación mundial es tan grave, con las guerras y el militarismo en el centro de la agenda imperialista, que no sólo justifica abordar las aportaciones de Trotsky sobre las revoluciones, teóricas y prácticas, sino que lo exige.
Por qué hablar de revolución no es una cuestión del pasado
La gravedad de la situación puede resumirse como una auténtica “crisis de la humanidad”, la formulación con la que comienza el programa con el que se creó la IV Internacional en 1938 (ante la imposibilidad de recuperar la III Internacional, ya abiertamente colaboradora del imperialismo contra toda orientación revolucionaria, como la Revolución española acababa de dejar ver con trágica claridad).
La población mundial somos 8.300 millones de personas. De ellas, 645 millones padecen hambre (FAO); 186 millones padecen desempleo y se requerirían 408 millones de empleos para que trabajen todas las que lo necesitan; 257 millones de jóvenes de entre 15 y 24 años -el 20%- ni trabajan, ni estudian ni reciben formación (OIT); más de 2.000 millones carecen de servicios básicos y cerca de 2.800 millones de vivienda adecuada (OMS, UNICEF, ONU); 750 millones de adultos padecen analfabetismo (UNESCO); 1.180 millones padecían algún trastorno mental en 2023 -95,5 % más que en 1990- (OMS); una de cada diez hectáreas de bosque fue deforestada entre 1990 y 2020 (FAO) y el 34% de todas las tierras agrícolas del mundo presenta ya una degradación moderada o grave (Informe SOLAW, FAO); en todo el mundo las trabajadoras sólo reciben la mitad -52,4 %- de los ingresos laborales de los hombres (OIT).
En la primera potencia mundial, Estados Unidos, una de cada 8-9 personas padece pobreza -38 millones- y una de cada 12-13 carece de cobertura médica alguna -26 millones- (U.S. Census Bureau); en la guerra de Ucrania el número de soldados y civiles muertos o heridos supera ya los 2 millones (New York Times); al menos 74.452 personas han sido asesinadas en Palestina, desde octubre de 2023, por el recrudecimiento del genocidio sionista con el apoyo de EE. UU (PCBS); la UE reconoce que desde 2014 han muerto en el Mediterráneo 80.000 migrantes; en el caso español, una de cada 8-9 personas trabajadoras padece pobreza -2,5 millones- (INE); incluso instituciones como The Economist, el Instituto Varieties of Democracy o IDEA Internacional identifican, también para países europeos, una regresión democrática… y un etcétera sin fin.
La pertinencia del viejo dilema atribuido por Luxemburg a Engels se presenta hoy agravado: o socialismo o más barbarie. Porque estos datos, junto a tantísimos otros que podríamos añadir, muestran, efectivamente, la barbarie en curso que provoca el capitalismo. ¿Cómo encarar esta crisis de la humanidad? ¿Qué hacer ante el sufrimiento que se padece más y más y por una parte cada vez mayor de la población mundial?
¿Crisis de la humanidad? Sí, las fuerzas productivas han cesado de crecer
¿Qué hacer? Primero, a la par que movilizarnos, conocer la causa del sufrimiento. Estos datos revelan que se trata de una auténtica crisis de la humanidad y hablamos de barbarie porque todo lo señalado se refiere a la actualidad, es decir, ya bien entrado el siglo XXI. Cuando la productividad alcanzada gracias al trabajo humano, pasado y presente, hace técnicamente posible la solución de todos esos problemas. Un buen ejemplo es el del hambre en el mundo, dado que la propia FAO calcula que en el mundo se producen alimentos con los que se podría nutrir a 12.000 millones de personas.
Por tanto, no se trata de un problema de gestión, de mala suerte, de inevitabilidad, sino de que, como escribe Marx en El capital, “el capital viene al mundo chorreando sangre y lodo por todos los poros, desde la cabeza hasta los pies” y así sigue. Bajo el capitalismo se hizo posible un enorme desarrollo de las fuerzas productivas. Enorme y también brutal, al basarse tanto en la explotación laboral como en el saqueo y devastación colonial. Pero en su estadio imperialista, desde el inicio del siglo XX, las tensiones sobre las fuerzas productivas se acrecientan y ya hoy se sistematiza su destrucción: crisis, guerras, destrucción de los medios de vida de los pueblos y desvalorización de la fuerza de trabajo.
¿La causa? Las leyes del capitalismo y en particular la que Marx denomina, también en El capital, la ley general de la acumulación capitalista, “que produce una acumulación de miseria proporcionada a la acumulación de capital (…) la acumulación de riqueza en un polo es al propio tiempo, pues, acumulación de miseria, tormentos de trabajo, esclavitud, ignorancia, embrutecimiento y degradación moral en el polo opuesto, esto es, donde se halla la clase que produce su propio producto como capital”.
Es necesario por tanto superar el capitalismo, lo que sólo se podrá realizar revolucionariamente, pues nunca en la historia la clase dominante ha accedido amablemente a renunciar a sus privilegios.
¿Qué organización se necesita?
El sentido de hablar hoy de revolución se revela con claridad a la luz de lo expuesto, que implica asimismo que seguirán produciéndose estallidos sociales, con elementos prerrevolucionarios y/o abiertamente revolucionarios.
¿Qué decanta que un estallido social, con contenido revolucionario, cuaje de hecho, la revolución triunfe y se abra un proceso de transición a otro tipo de sociedad, superior? En 1940, Trotsky ya lo había explicado para el caso de Rusia, en su Historia de la Revolución rusa (1929-1932): “sin una organización dirigente, la energía de las masas se disiparía, como se disipa el vapor no contenido en una caldera. Pero sea como fuere, lo que impulsa el movimiento no es la caldera ni el pistón, sino el vapor”. De ahí la frase del inicio del Programa de transición (1938): “la crisis histórica de la humanidad se reduce a la crisis de la dirección revolucionaria”.
Y en 1940 escribía un artículo que quedó inacabado por su asesinato: Clase, partido, dirección. En él, refiriéndose a la Revolución española, explica dialécticamente lo sucedido, frente al repetido mecanicismo, interesado, de culpabilizar a las masas de la derrota de la revolución (¡a las mismas masas que la pusieron en marcha!), para exonerar a las direcciones de su responsabilidad: “Las masas han improvisado milicias y han levantado comités obreros, ciudadelas de su propia dictadura (…) las organizaciones dirigentes del proletariado han ayudado a la burguesía a disolver esos comités, a poner fin a los atentados de los obreros contra la propiedad privada y a subordinar las milicias obreras a la dirección de la burguesía y, para colmo, con el POUM participando en el gobierno, tomando así directamente su responsabilidad en el trabajo de la contrarrevolución (…) aunque las masas hayan adoptado una línea correcta, no han sido capaces de romper la coalición de socialistas, comunistas, anarquistas, y del POUM con la burguesía”.
Obviamente no se cuestiona la necesidad del partido, con tanta claridad expuesta ya por Marx en 1864, en los Estatutos de la AIT: “en su lucha contra el poder unido de las clases poseedoras, el proletariado no puede actuar como clase más que constituyéndose él mismo en partido político distinto y opuesto a todos los antiguos partidos políticos creados por las clases poseedoras. Esta constitución del proletariado en partido político es indispensable para asegurar el triunfo de la Revolución social y de su fin supremo: la abolición de clases”. Sí se plantea la relación entre la clase, el partido y la dirección, ante “la falsificación histórica consiste en hacer recaer la responsabilidad de la derrota española sobre las masas obreras y no sobre los partidos que han paralizado, o pura y simplemente aplastado, el movimiento revolucionario de las masas” (Clase, partido y dirección). Relación que debe estar presidida por lo que define el centralismo democrático: “completa libertad en la discusión, absoluta unidad en la acción” (Programa de transición).
El significado de la figura de Trotsky
Su asesinato consuma la persecución que padeció desde su expulsión del partido en noviembre de 1927, su destierro interno en enero de 1928 y su expulsión de la URSS en febrero de 1929. En el capítulo final, “Planeta sin visado”, de su autobiografía, Mi vida, caracteriza con sorna y, a la vez, rigor, lo que simboliza vivir sin papeles en el mundo capitalista, cuestión hoy que alcanza las cotas trágicas que se vivieron de nuevo hace unos días en Ceuta, el enclave colonial español en África. En palabras de Trotsky: “el que menos puede confiar en obtener asilo es el que más lo necesita”. Ante la barbarie imperialista el derecho a emigrar es más que nunca un elemento positivo de ruptura contra este sistema de guerra y destrucción.
La actuación de los Estados hoy, del ICE de Trump al Frontex de la UE, refrendan sus palabras que señalan, inequívocamente, la necesidad de la ruptura con el orden imperialista, la necesidad de la revolución: “por todas partes oigo decir que mi vicio más imperdonable es la falta de fe en la democracia. ¡Qué sé yo cuántos artículos y hasta libros se han escrito acerca de este tema! Pero el caso es que cuando a mí se me ocurre pedir que me den una lección práctica de democracia todo el mundo se excusa. ¡Ni un solo país en todo el planeta que se preste a estampar el visado en mi pasaporte! Y siendo esto así, ¿se me quiere hacer creer que ese otro pleito, inmensamente más importante y más cruento, que es el pleito entre los poseedores y los desposeídos, va a poder resolverse aplicando con rigor exquisito los hábitos y las formas de la democracia?”.
Aunque las aportaciones de Trotsky se plasman en numerosos terrenos, teóricos y aplicados, en este 86 aniversario de su asesinato reivindicamos en particular su legado sobre las revoluciones, “la locomotora de la historia” en palabras de Marx en 1850 (Las luchas de clases en Francia de 1848 a 1850), “la fiesta de los oprimidos y explotados” en palabras de Lenin en 1905 (Dos tácticas de la socialdemocracia en la revolución democrática). A tal fin revolucionario consagramos nuestra actividad hoy como IV Internacional.
La vida es hermosa. Que las futuras generaciones la libren de todo mal, opresión y violencia y la disfruten plenamente.
Trotsky (1940); “Testamento”.
