Quince meses de guerra

Carta Semanal 943 en catalán

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El próximo día 24 se cumplen quince meses desde que las tropas de Putin invadieron Ucrania, llevando la guerra que se desarrollaba desde 2014 en el Donbás a un nivel superior. En este tiempo, ha habido entre 100.000 y 200.000 muertos en combate (las cifras oficiales que dan ambos bandos forman parte de la propaganda de guerra). La guerra ha generado ocho millones de refugiados, a los que hay que sumar diez millones de desplazados dentro de la propia Ucrania. Y se espera una nueva carnicería si se produce la anunciada ofensiva ucraniana.

Ucrania está siendo destruida. Según el Banco Mundial, en 2022, la economía de Ucrania habría caído hasta un 45 %, mientras que la de Rusia –a pesar de las sanciones-  retrocedería  un 11 % al tiempo que Bielorrusia y Moldavia entran en recesión. Pero las consecuencias no se limitan a la región en que se desarrolla la guerra. Toda Europa está siendo afectada por la subida de precios de los combustibles y la energía y las sanciones a Rusia. Alemania, considerada como la “locomotora” de la industria europea, ha entrado en recesión y se calcula que la industria alemana ha perdido 180.000 millones desde el inicio de la guerra.

Desde el inicio de la guerra, la población ha sido sometida a una formidable campaña de intoxicación informativa, de propaganda de guerra. Los medios de comunicación rusos han sido prohibidos en toda Europa, y somos bombardeados por la propaganda de la OTAN. Por ejemplo, los medios claman contra la destrucción de una presa en río Dniéper –que atribuyen a Rusia, aunque el gobierno ruso dice que han sido los ucranianos- y hablan de “crimen de guerra”, de “grave daño ecológico” (eso, en un país sobre el que ha caído un diluvio de bombas de todo tipo). Pero ocultan el hecho de que, en marzo de 2022, cuando el avance ruso amenazaba la capital ucraniana, las fuerzas armadas de Ucrania volaron el puente de Demyduv y la presa del embalse de Kiev, entre los pueblos de Kozarovychi y Luitizh, para inundar la zona. Como resultado, los rusos no pudieron cruzar el río de Irpin y entrar en Kiev por el camino más corto.

En todo caso, sea quien sea el responsable de la destrucción de la presa, es un paso más en la destrucción que provoca la guerra. Y pueden seguir otros. Recordemos que la mayor central nuclear de Europa está en plena zona de guerra.

Economía de guerra

Todos los gobiernos de Europa están en pie de guerra. Por encima de los intereses de la industria europea, ha primado la sumisión a las exigencias de Biden y los planes de la OTAN, y todos se han apuntado a suministrar a Ucrania armas cada vez más sofisticadas y destructivas. Y a incrementar sus gastos militares. En una reciente carta semanal explicábamos cómo lo hacen  desde los Verdes alemanes –que han arrojado a la basura su pacifismo en cuanto han pisado los despachos gubernamentales- al gobierno de “extrema derecha” de Giorgia Meloni en Italia. Pero la OTAN no se conforma con eso y exige suministrar a Ucrania aún más armas e incrementos del gasto militar aún mayores. Cada día se avanza más en el camino de la guerra. A este respecto, hay que señalar que la OTAN realizará esta semana las mayores maniobras aéreas de su historia, a pocos kilómetros de la frontera con Rusia. Las maniobras “Air Defender” durarán 10 días y movilizarán a 250 aviones de 25 de los 30 países miembros de la Alianza, y a más de 10.000 soldados. Amy Gutmann, embajadora estadounidense en Berlín, señaló que le sorprendería que algún líder mundial no tomara nota de lo que estos ejercicios muestran “en términos de la fuerza de la Alianza. Y eso incluye a Putin”.

La escalada puede continuar, porque es difícil que los EEUU y la OTAN admitan una derrota de Zelensky, que sería, también, una derrota propia. Sólo los pueblos pueden parar la guerra.

El gobierno de Pedro Sánchez y Yolanda Díaz no ha sido una excepción en esta escalada militar. Ha duplicado los presupuestos militares, ha suministrado a Ucrania armas de todo tipo, concluyendo –por el momento- con los carros de combate Leopard, entrenado en suelo español a más de 600 soldados ucranianos. Y al mismo tiempo ha ampliado –sin siquiera consultar al Parlamento- la presencia de barcos de guerra y soldados americanos en la base de Rota.

Ese formidable incremento del gasto militar supone, como es lógico, desviar fondos que necesitarían desesperadamente la sanidad, la enseñanza, los servicios públicos, las infraestructuras. Los dirigentes europeos, que hace bien poco explicaban que la austeridad, la lucha contra la inflación, la deuda pública y otras consideraciones obligaban a aplicar recortes en derechos y conquistas sociales, justifican ahora sin tapujos el incremento de los presupuestos  militares. Ya lo hizo la primera ministra de Suecia, Magdalena Andersson, en la Cumbre Europea de marzo de 2022, cuando dijo: “Me gustaría gastar el dinero de los impuestos de los suecos en escuelas, hospitales, mejores pensiones, pero desafortunadamente tendremos que gastar más dinero en defensa; por eso incrementaremos el gasto al 2% del PIB”. Y lo acaba de reiterar el Alto Representante de la Unión Europea para Asuntos Exteriores y Política de Seguridad, Josep Borell: “Si no apoyamos a Ucrania, Ucrania caerá en cuestión de días. Entonces, sí, preferiríamos usar ese dinero en aumentar el bienestar de las personas, las escuelas, los hospitales, las ciudades (…) pero no tenemos esa opción”. Con esas palabras Borrel reconocía que la intervención de la OTAN mantiene artificialmente la guerra, y que optar por la guerra es dejar atrás el bienestar de la población, los servicios públicos, las inversiones en infraestructuras.

El pasado 3 de mayo, el comisario de Mercado Interior de la Unión Europea, Thierry Breton, en rueda de prensa en Bruselas, declaraba que es necesario usar todos los recursos posibles para financiar al “sector de la Defensa” en un tiempo de guerra en Europa”. Y hablaba de pasar a una “economía de guerra”.

Toda esa formidable inversión en armas, toda esa militarización,  augura un futuro de nuevas guerras.

Organizar la lucha contra la guerra

La lucha contra la guerra debería estar en el centro de la actividad de toda organización obrera y democrática. Es una cuestión de principios, pero también una cuestión práctica. Cada euro que va a la guerra es un euro que se roba a la sanidad, la enseñanza, los servicios públicos. Y cada paso hacia la profundización de la guerra implica un paso en la guerra social contra los derechos y conquistas de la clase trabajadora. No es casual que el mismo Macron que propone un aumento del gasto militar de 450.000 millones de euros esté intentando imponer un brutal ataque al derecho a la jubilación en Francia.

Y sin embargo, los partidos que viven de las instituciones de la Monarquía evitan hablar de la guerra, un tema que ha estado ausente de la campaña de las elecciones municipales y autonómicas y que todo parece indicar que será igualmente silenciado en la de las elecciones del 23 de julio.

La unanimidad que pretenden, la “unión sagrada” que han pretendido levantar “en defensa de la soberanía de Ucrania” (soberanía cada día más cuestionada por su propio gobierno que vende las ricas tierras de cultivo, principal riqueza del país, a las multinacionales), no logra imponerse. Ni siquiera en los EE.UU., donde acaba de publicarse una carta de 17 expertos en defensa y ex militares que señalan que “la solución a esta espantosa violencia no es más armas ni más guerra, con su garantía de más muerte y destrucción”, e instan a Biden y al Congreso de los EE.UU. a poner fin rápidamente a la guerra,  “antes de que destruya Ucrania y ponga en peligro a la Humanidad”.

En Alemania, en la República Checa, en Bulgaria, en Gran Bretaña ya ha habido potentes movilizaciones contra la guerra. La resistencia a la guerra existe y se desarrolla enfrentándose a los obstáculos e incluso a los partidos que dicen luchar por la paz. De ahí la importancia de redoblar los esfuerzos para ayudar a que surja un movimiento de masas contra la guerra.

Militantes alemanes de las principales organizaciones que luchan contra la guerra han hecho un llamamiento a una conferencia europea –por videoconexión- para el próximo 8 de julio. Desde todas partes hay que prepara ya reuniones a apoyo a esta iniciativa y preparar conexiones colectivas para el día de la conferencia.

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