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El FMI anuncia: SANGRE, SUDOR Y LÁGRIMAS

 Carta Semanal 1092 para descargar en PDF

La semana pasada ha sido presentado en la sede del FMI en Nueva York el informe anual sobre Perspectivas de la Economía Mundial. En el cual debemos resaltar los dos capítulos dedicados a los gastos mundiales de defensa.

Así, el citado informe constata el «vertiginoso aumento del gasto militar global», y afirma que los rearmes «suelen comportarse como impulsores transitorios que empeoran el déficit público y alimentan la inflación»…en realidad el gasto público militar provoca destrucción de capacidad productiva cuando se utiliza el armamento que crea, pudiendo tener por ello un efecto de lastre para la acumulación en general. Pero cuando no se utiliza implica el desvío de capacidades productivas de bienes socialmente necesarios a instrumentos de destrucción. O sea, un saldo claro de destrucción de fuerzas productivas. Las actuales operaciones por ejemplo en Alemania de utilizar fábricas de la Wolkswagen, en acuerdo con la Rheinmetall (la principal empresa alemana de armamentos) para fabricar armas no solo no impiden la destrucción de puestos de trabajo (50.000 en curso solo en el sector del automóvil), sino que desvían inmensas capacidades productivas (recordemos -con los límites de la analogía histórica- cómo, después de la toma del poder de Hitler, en marzo del 1932, éste impuso un programa de rearmamento masivo a costa del endeudamiento del Estado, que permitió que durante unos años se «crearon» millones de empleos, pero la política de «cañones en vez de mantequilla» llevó al capitalismo alemán a la guerra y a un programa de expansión territorial para alimentar su máquina de guerra saqueando los pueblos vecinos). La historia no se repite, al menos de la misma forma, pero resaltemos que una política de guerra –de la que estamos viendo los primeros indicios- sólo pueden producir efectos parecidos.

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La población trabajadora necesita medidas reales para protegerla de las consecuencias de la guerra

Carta Semanal 1088 en catalán

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La clase trabajadora empieza a sufrir en su vida cotidiana las consecuencias de la guerra desencadenada por los EEUU e Israel contra Irán: los combustibles han subido hasta un 20% en pocos días, y se prevén más subidas, y se anuncian incrementos de los precios de los alimentos y la energía. Todos ellos componentes que suponen buena parte de los gastos de las familias trabajadoras, especialmente las que sobreviven con salarios más bajos, y que ya llegan con enormes dificultades a fin de mes.

La inflación, además, puede desencadenar nuevas subidas de los tipos de interés y, con ellos, de los intereses de las hipotecas, lo que puede abrir paso a una nueva oleada de desahucios.

 Subidas debidas a la especulación

La clase trabajadora, expulsada de los centros de las ciudades –e, incluso, de las propias ciudades- por la especulación inmobiliaria y los pisos turísticos, depende en buena medida de sus vehículos particulares para ir a trabajar (ante la ausencia de una red eficiente y rápida de transporte público o por el deterioro y mal funcionamiento de la misma). La subida de los carburantes le supone una dificultad añadida para llegar a fin de mes. Una subida que se produce por el traslado inmediato al consumidor de la subida del petróleo, aunque el combustible que se vende ahora se compró hace meses a precios mucho más baratos. Pero las compañías distribuidoras de combustible aprovechan la ocasión para especular con los precios. Tiene razón Podemos al plantear, entre las medidas para hacer frente a la subida de precios, la nacionalización de Repsol.

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El aumento de los gastos militares, un bocado muy apetitoso para el capital

Carta Semanal 1037 en catalán

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Las primeras decisiones están tomadas. El 4 de marzo Ursula von der Leyen, presidenta de la Comisión Europea, anuncia un plan de rearme para el que se proveerían hasta 800.000 millones de euros. A continuación, los gobiernos europeos, de distintos colores políticos declarados, preparan el aumento del gasto militar. ¿Cuál es la lógica económica de todo esto?

Es fácil: se trata de la lógica capitalista exacerbada en el momento actual, en el que las contradicciones se disparan haciendo planear nuevamente la posibilidad de crisis, como de hecho reconocía el FMI en 2024: “la próxima crisis que probablemente llegue antes de lo esperado”. Los capitales necesitan valorizarse y el mercado mundial no tiene capacidad de absorber toda esa necesidad, máxime si a su estrechez endémica se une un crecimiento pírrico. De modo que la pugna competitiva se intensifica, sobre todo considerando la irrupción de China. Una pugna en la que importa la productividad de las industrias pero también el respaldo de los Estados a “sus” capitales, en particular en el terreno militar.

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