Carta Semanal 1074 para descargar en PDF

El 5 de diciembre Donald Trump hizo público el nuevo documento de Estrategia de Seguridad Nacional. Normalmente, en cada mandato presidencial se elaboran documentos de este tipo para señalar las prioridades de la administración norteamericana en estos años. En este sentido, repite lo dicho en anteriores informes, pero en una situación particularmente crítica: más de 30 años después de la caída de la URSS y, por tanto, del reparto a veces muy conflictivo del orden mundial, los USA son la única potencia que asegura -o intenta hacerlo- el orden mundial capitalista, con sus instituciones: ONU, FMI, OTAN, OCDE… salidas de la Segunda Guerra Mundial. Este orden no solo está en crisis, sino que vive una situación de guerras permanente -casi una necesidad del sistema capitalista para mantenerse- y algo quizás aún más destructivo, una guerra comercial de proporciones históricas, cuyo principal rival es China, en un mercado mundial que relativamente se retrae, inundado por mercancías y por la exportación de capitales sin control.
El punto de partida: la crisis interna en los EE. UU.
Trump acusa a las elites norteamericanas de querer dominar el mundo, de haberse obsesionado con el «globalismo» y el «libre comercio» y las instituciones internacionales, cosa que ha desmantelado las clases medias y la base industrial americana. Critica haber mantenido al mismo tiempo un estado del bienestar y un aparato militar y diplomático global, parasitado-según él- por los “aliados” (de ahí exigir a los gobiernos europeos que asuman el costo de la OTAN).
El objetivo de Trump es cambiar el rumbo, mantener a los USA como la república más fuerte y rica del mundo. Y esto tiene de entrada una lectura interna. En este marco, se entiende la ley fiscal aprobada en octubre: reducir impuestos a los ricos, desmantelar conquistas sociales, como el MEDICARE, aumentar los gastos militares (a un billón de dólares, o sea más del 40% del gasto mundial) y para conseguirlo en el orden interno, buscar una cabeza de turco: los migrantes (se acabó «la época de la migración masiva») con el doble objetivo de dividir a la clase obrera y de disciplinar a los países de América Latina al respecto.
No hay que llamarse a engaño: la política internacional es la proyección de la nacional, en las circunstancias particulares de los USA, como imperialismo hegemónico, y cuya crisis no es simplemente una crisis del Estado norteamericano, el Estado más endeudado del mundo, con una elevada descomposición social (alrededor de un 50% de la población en el umbral de pobreza, y que soporta el mayor despliegue militar del mundo, con 750 bases militares en más de 60 países).
La política internacional busca, por tanto, mantener este Estado. Uno de cuyos instrumentos centrales es el dólar como moneda de cambio incontestable, así como el control de las principales instituciones internacionales: la OTAN, la ONU, el FMI, el Banco Mundial.
El papel de Europa
Contrariamente a las quejas de los gobiernos y la prensa europea, Trump sí se preocupa de Europa. Y dice, precisamente, que hay que «ayudar a Europa a corregir su trayectoria actual… tenemos necesidad de una Europa fuerte». Trump carga una y otra vez contra la «decadencia» de Europa y exige que los gobiernos europeos “asuman su defensa”, o sea, que financien la OTAN. De ahí la exigencia del gasto del 5 por cien del PIB en defensa -claro, de entrada, para comprar armas a los USA- y carga también contra los que “dudan”, como el gobierno español. Es significativo que el secretario de Guerra de Trump haya censurado al embajador norteamericano en Madrid, el cual se felicitaba del gasto en armas del Gobierno. Pues para Trump y su secretario de Guerra, el hecho de que oficialmente el gobierno Sánchez haya más que doblado el gasto militar del 0,9 % al 2,1% (más los miles de millones de presupuesto de contingencia) no es suficiente,
Para Trump, Europa debe ser fuerte bajo el control norteamericano, y sin ninguna autonomía.
Y es en esta vía que exige que se acabe la guerra en Ucrania. Trump necesita no solo saquear Ucrania (su cálculo es que de las decenas de miles de millones prestados a Ucrania aún no han recuperado nada, aparte del control de las multinacionales norteamericanas sobre las fértiles tierras negras). Trump necesita de Rusia dos cosas: reapertura de su enorme mercado y sus riquezas sin explotar de minerales, petróleo, gas, que se escapa a su control, y que el régimen ruso sea un factor de estabilidad en la región, incluido Oriente Medio, por sus relaciones con Irán y su apoyo a Israel. No es por casualidad que en las negociaciones por parte rusa está presente Kirill Dmetriev, el presidente de los fondos soberanos rusos.
El choque con los gobiernos europeos se debe a que la mayoría de ellos -a la cabeza Francia, Alemania y Gran Bretaña- por sus propias razones internas, empujan a continuar la guerra, la matanzas de miles de jóvenes. Y continúan el rearme llamando a la guerra, como el jefe del Estado Mayor francés, Fabien Mandon, que pidió a los ciudadanos –en la asamblea anual de alcaldes- que estén dispuestos a sacrificar a sus hijos. Esto sí, en nombre de la «libertad, la democracia, y la soberanía de Ucrania». Discursos que evocan los discursos de preparación a la Primera Guerra Mundial en 1914.
Pero no son los gobiernos europeos los que deciden. Las prioridades de Trump son otras y en sus cálculos no está -por ahora- acabar con el régimen de Putin.
Dos prioridades: el hemisferio occidental y China
El documento pretende, sin matices, volver a la doctrina Monroe. Recordemos que el presidente Monroe en 1823 dictó una directriz que se resumía en «América para los americanos» o sea el dominio absoluto de los USA sobre el continente. Es desde esta perspectiva cómo hay que entender las siguientes medidas: el cerco militar en el sur del Caribe, en las costas de Venezuela y Colombia, las amenazas a México, Brasil… O. sea, los gobiernos que más o menos limitadamente quieren afirmar una cierta independencia y soberanía. Así como mantener el bloqueo a Cuba.
El apoyo a los gobiernos más disciplinados, Argentina, Perú, República Dominicana, El Salvador… y la exigencia de que ninguna potencia extranjera -o sea, China o los países europeos- tengan presencia militar o participación económica importante. Se trata para los USA de una cuestión de supervivencia, para contener los flujos migratorios y que sea, globalmente, su “patio trasero”.
La gran competencia con China es sin duda su mayor preocupación. Y viceversa, pues la competencia en el mercado mundial tiene que ver con la situación interna en China y en los USA. En primer lugar, porque prácticamente todas las multinacionales norteamericanas producen en China y, por tanto, «necesitan» de su cooperación y su estabilidad, pero eso no se desarrolla en términos de igualdad: ni China tiene la potencia militar, ni el dólar, ni las más importantes tecnológicas. Sin embargo es hoy el taller del mundo, apoyada en la explotación de una clase obrera sin derechos. Los aranceles han hecho disminuir en un 29% las exportaciones a los USA y China se ha lanzado a buscar otros mercados, particularmente en países en desarrollo de Asia, como Indonesia, Malasia, Tailandia, Vietnam. Los efectos son devastadores en estos países. Según un informe del New York Times del 9 de diciembre, las exportaciones chinas de todo tipo de productos a bajo precio y en condiciones de dumping han provocado este año 300.000 despidos en Indonesia, el cierre de decenas de fábricas locales en Tailandia y Malasia. En África, en este año, China ha exportado por valor de 60.000 millones de dólares, arrasando la producción local artesanal, o apoderándose de la producción industrial, como en Ruanda.
La guerra comercial es a veces más mortífera que la guerra directa. Esta es una de las consecuencias de la política arancelaria… tanto es así que en muchos países del subcontinente asiático está creciendo el sentimiento antichino, contra los ricos chinos que controlan el comercio y la antigua producción artesanal.
¿Lucha de clases o lucha de bloques?
La opinión pública mundial, o sea, la opinión de la clase dominante amplificada por los medios de comunicación, repercutida por muchos portavoces que se llaman “de izquierdas”, interpretan la situación mundial como un conflicto entre Bloques.
Sin embargo, si analizamos los hechos reales, veremos la falacia de esta interpretación.
Ante Palestina y la resistencia heroica de este pueblo, todos los bloques se han alineado -con matices, claro- con el mismo bando, se verificó el 17 de noviembre en el Consejo de Seguridad de la ONU con cuyo voto afirmativo -y la abstención de China y Rusia (que tienen derecho al veto y decidieron no ejercerlo)- se adoptó el plan de continuidad del genocidio de Trump. Todos los gobiernos europeos, árabes, de los BRICS, aprobaron el Plan. A este respecto los principales países de los BRICS como China y Rusia nunca han dejado de comerciar con Israel, por más que actuaran como pretendidamente neutrales.
La carrera de armamentos es una necesidad para el sistema económico capitalista, una componente del imperialismo –ver Carta Semanal 1072- está secundado por todos. Entre las 20 principales empresas de armamento 13 son de los EEUU, 4 europeas, solo hay dos chinas y una rusa.
Los pueblos de Europa se oponen a la guerra, pero todos los gobiernos europeos la preparan, incluida la reinstalación del servicio militar.
El Gobierno chino está obligado a mantener su producción industrial, incluso arrasando aliados miembros de los BRICS como Indonesia. La clase obrera china no acepta la disminución de horas de trabajo y salario y, por tanto, ante cualquier disminución de las exportaciones, las huelgas se suceden, y el gobierno chino ha de emprender su política exportadora agresiva (con el récord este año de 1,08 billones de dólares de superávit).
Y en el corazón de la bestia, en los propios USA, se desarrolla un potente movimiento obrero y popular contra Trump que sacude todas las estructuras del Estado. Trump está hoy con un 36 % de popularidad por un 60 % en contra. La lucha de clases busca su camino: las manifestaciones de más de 7 millones en octubre, las elecciones de New York y otras, el crecimiento de la DSA, se corresponden en Europa con el desarrollo de fuerzas políticas en ruptura con el sistema. En el centro, la lucha contra la guerra, contra la política de rearme, de destrucción de los servicios públicos y sociales, pues para el capital financiero, como dijo el canciller Mertz, el “Estado del bienestar” no es sostenible, abren el camino del futuro.
