Amoralidad marxista y verdades eternas (capítulo 2)

Su moral y la nuestra -León Trotsky

Capítulo 2: Amoralidad marxista y verdades eternas

La acusación más común y más impresionante contra la “amoralidad” bolchevique se basa en la supuesta regla jesuítica del bolchevismo: “el fin justifica los medios”. De ahí no es difícil extraer la conclusión siguiente: puesto que los trotskistas, como todos los bolcheviques (o marxistas) no reconocen los principios de la moral, entre trotskismo y estalinismo no existen diferencias “fundamentales”. Que es lo que se quería demostrar.

Un semanario norteamericano, vulgar y cínico, emprendió una pequeña encuesta sobre el bolchevismo que, como de costumbre, había de servir a la vez a la ética y a la publicidad. El inimitable Herbert G. Wells, cuya suficiencia homérica siempre fue mayor aún que su extraordinaria imaginación, se apresuró a solidarizarse con los esnobs reaccionarios de Common Sense. Todo eso es natural. Pero incluso los participantes en la encuesta que defendieron el bolchevismo, en la mayoría de los casos, expresaron tímidas reservas: los principios del marxismo, naturalmente, son malos; pero hay entre los bolcheviques hombres excelentes (Eastman). En verdad, algunos “amigos” son más peligrosos que los enemigos.

Si quisiésemos tomar en serio a nuestros señores censores, debiéramos preguntarles ante todo cuáles son sus principios morales. Seguro que no contestarían. Admitamos, en efecto, que ni la finalidad personal ni la finalidad social puedan justificar los medios. Será menester entonces buscar otros criterios fuera de la sociedad, tal como la historia la ha hecho, y fuera de las finalidades que suscita su desarrollo. ¿Dónde? Si no es en la tierra, habrá de ser en los cielos. Los sacerdotes descubrieron hace tiempo criterios infalibles de moral en la revelación divina. Los padrecitos laicos hablan de las verdades eternas de la moral, sin indicar su fuente primera. Tenemos derecho a concluir que si esas verdades son eternas, debieron existir antes de la aparición del pitecántropo sobre la tierra, y aun antes de la formación del sistema solar. Pero entonces, ¿de dónde vienen? Sin Dios, la teoría de la moral eterna no puede tenerse en pie.

Los moralistas de tipo anglosajón, en la medida en que no se contentan con un utilitarismo racionalista, con la ética del contable burgués, resultan discípulos conscientes o inconscientes del vizconde de Shaftesbury, quien –a principios del siglo XVIII– deducía los juicios morales de un “sentido moral” particular, innato al hombre. Situada por encima de las clases, la moral conduce inevitablemente a admitir una substancia particular, un “sentido moral” absoluto, que no es más que un cobarde pseudónimo filosófico de Dios. La moral independiente de los “fines”, es decir, de la sociedad, ya se la deduzca de la verdad eterna o de la “naturaleza humana”, solo es, en resumidas cuentas, una forma de “teología natural”. El cielo continúa siendo la única posición fortificada desde la que se puede combatir contra el materialismo dialéctico.

En Rusia apareció, a fines del siglo pasado, toda una escuela de “marxistas” (Struve, Berdiáiev, Bulgákov y otros) que quisieron completar la enseñanza de Marx añadiéndole un principio moral autónomo, colocado por encima de las clases. Esa gente partía, claro está, de Kant y de su imperativo categórico. ¿Y cómo acabaron? Struve es ahora un ex ministro del barón Wrangel y un buen hijo de la Iglesia. Bulgákov es sacerdote ortodoxo. Berdiáiev interpreta el Apocalipsis en diversas lenguas. Metamorfosis tan inesperadas, a primera vista, no se explica de ningún modo por el “alma eslava” –Struve, además, tiene alma germánica– sino por la magnitud de la lucha social en Rusia. La tendencia fundamental de esa metamorfosis es en realidad internacional.

El idealismo filosófico clásico, en la medida en que tendió, en su época, a secularizar la moral, es decir, a emanciparla de la sanción religiosa, fue un enorme paso adelante (Hegel). Pero una vez desprendida de los cielos, la moral tuvo necesidad de raíces terrestres. El descubrimiento de esas raíces fue una de las tareas del materialismo. Después de Shaftesbury, Darwin; después de Hegel, Marx. Invocar hoy las “verdades eternas” de la moral es tratar de hacer que la rueda dé vueltas al revés. El idealismo filosófico sólo es una etapa: de la religión al materialismo o al revés, del materialismo a la religión.

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