“El fin justifica los medios” (capítulo 3)

Su moral y la nuestra -León Trotsky

Capítulo 3: “El fin justifica los medios”

La orden de los jesuitas, fundada en la primera mitad del siglo XVI para combatir al protestantismo, jamás enseñó–digámoslo de pasada– que cualquier medio, aunque fuese criminal desde el punto de vista de la moral católica, fuera admisible con tal de conducir al “fin”, es decir, al triunfo del catolicismo. Esta doctrina contradictoria y psicológicamente inconcebible fue malignamente atribuida a los jesuitas por sus adversarios protestantes, y a veces también católicos, quienes, por su parte, no tenían escrúpulos al seleccionar medios para alcanzar sus fines. Los teólogos jesuitas –preocupados como los de otras escuelas por el problema del libre albedrío–, enseñaban en realidad que el medio, en sí mismo, puede ser indiferente y que la justificación o la condena moral de un medio dado se desprende de su fin. Así, un disparo es por sí mismo indiferente; tirado contra un perro rabioso que amenaza a un niño, es una buena acción; tirado para matar o para hacer violencia, es un crimen. Los teólogos de la orden no intentaron decir otra cosa más que ese lugar común. En cuanto a su moral práctica, los jesuitas no fueron de ningún modo peores que otros religiosos o que los sacerdotes católicos; por el contrario, más bien fueron superiores; en todo caso, fueron más consecuentes, más audaces y más perspicaces que los otros. Los jesuitas constituían una organización militante cerrada, estrictamente centralizada, ofensiva y peligrosa no sólo para sus enemigos, sino también para sus aliados. Por su psicología y por sus métodos de acción, un jesuita de la época “heroica” se distinguía del cura adocenado tanto como los guerreros de la Iglesia se diferenciaban de sus tenderos. No tenemos ninguna razón para idealizar a unos o a otros; pero sería totalmente indigno considerar al guerrero fanático con los ojos del tendero estúpido y perezoso.

Si nos quedamos en el terreno de las comparaciones puramente formales, o psicológicas, sí podría decirse que los bolcheviques son a los demócratas y socialdemócratas de cualquier matiz lo que los jesuitas eran a la apacible jerarquía eclesiástica. Comparados con los marxistas revolucionarios, los socialdemócratas y los centristas resultan unos atrasados mentales o, comparados con los médicos, unos curanderos: no analizan a fondo cuestión alguna; creen en la virtud de los exorcismos y eluden cobardemente cualquier dificultad, esperando un milagro. Los oportunistas son los pacíficos tenderos de la idea socialista, mientras que los bolcheviques son sus combatientes convencidos. De ahí el odio y las calumnias que les deparan quienes abundan en los mismos defectos que ellos, condicionados por la historia, y ninguna de sus cualidades.

Sin embargo, la comparación de los bolcheviques con los jesuitas es absolutamente unilateral y superficial; más literaria que histórica. Por el carácter y los intereses de las clases que les apoyaban, los jesuitas representaban la reacción, los protestantes, el progreso. Los límites de ese “progreso” encontraba, a su vez, expresión inmediata en la moral de los protestantes. Así, la doctrina de Cristo, “purificada” no impidió en modo alguno que un burgués urbano como Lutero apoyase el exterminio de los campesinos sublevados, “perros rabiosos”. El doctor Martín consideraba sin duda que “el fin justifica los medios”, antes de que esa regla fuese atribuida a los jesuitas. A su vez, los jesuitas, rivalizando con los protestantes, se adaptaron cada vez más al espíritu de la sociedad burguesa, y de los tres votos –pobreza, castidad y obediencia– solo conservaron el último, y en una forma muy suavizada. Desde el punto de vista del ideal cristiano, la moral de los jesuitas cayó tanto más bajo cuanto más dejaron de ser jesuitas. Los guerreros de la Iglesia se volvieron sus burócratas y, como todos los burócratas, unos pillos redomados.

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