Jesuitismo y utilitarismo (capítulo 4)

Su moral y la nuestra -León Trotsky

Capítulo 4: Jesuitismo y utilitarismo

Esas breves observaciones deberían bastar para mostrar cuánta ignorancia y cuánta cortedad se necesitan para tomar en serio la oposición entre el principio “jesuítico” “el fin justifica los medios”, y el otro, inspirado por supuesto en una moral más elevada, según el cual cada “medio” lleva su pequeña etiqueta moral, lo mismo que las mercancías que se venden a un precio fijo. Es notable que el sentido común del filisteo anglosajón consiga indignarse contra el principio “jesuítico”, cuando él se inspira en la moral del utilitarismo, tan característico de la filosofía británica. Sin embargo, el criterio de Bentham y de John Mill –”la mayor felicidad posible para el mayor número posible”– significa que son morales los medios que conducen al bien común, fin supremo. De modo que la fórmula filosófica del utilitarismo anglosajón coincide plenamente con el principio “jesuítico”: “el fin justifica los medios”. El empirismo –como vemos– existe en el mundo para liberar a la gente de la necesidad de juntar los dos cabos del razonamiento.

Herbert Spencer, cuyo empirismo utilizó la vacuna evolucionista de Darwin del mismo modo que uno se vacuna contra la viruela, enseñaba la evolución de la moral parte de las “sensaciones” para llegar a las “ideas”. Las sensaciones imponen el criterio de la satisfacción inmediata, mientras que las ideas permiten guiarse conforme a un criterio de “una satisfacción futura más duradera y más elevada”. El criterio de la moral sigue siendo la “satisfacción” o la “felicidad”. Pero su contenido se ensancha y profundiza según el nivel de la “evolución”. Así, hasta Herbert Spencer, con los métodos de su utilitarismo “evolucionista”, muestra que el principio “el fin justifica los medios” no encierra, en sí mismo, nada inmoral.

Sería, sin embargo, ingenuo esperar de este “principio” abstracto una respuesta a la pregunta práctica: ¿qué se puede y qué no se puede hacer? Además, el principio de que “el fin justifica los medios” suscita naturalmente la pregunta: ¿y qué es lo que justifica el fin? En la vida práctica, como en el movimiento de la historia, el fin y el medio cambian sin cesar de sitio. La máquina en construcción es el “fin” de la producción, para convertirse, una vez instalada en una fábrica, en un “medio” de esa producción. La democracia es, en ciertas épocas, el “fin” de la lucha de clases, para tornarse después en su “medio”. Sin encerrar en sí nada inmoral, el principio atribuido a los jesuitas no resuelve el problema de la moral.

El utilitarismo “evolucionista” de Spencer nos deja también sin respuesta, a medio camino, pues siguiendo las huellas de Darwin intenta disolver la moral histórica concreta en las necesidades biológicas o en los “instintos sociales” propios de la vida animal gregaria, mientras que el concepto mismo de moral solo surge en un medio dividido por antagonismos, es decir, en una sociedad dividida en clases.

El evolucionismo burgués se detiene impotente en el umbral de la sociedad histórica, pues no quiere reconocer el principal resorte de la evolución de las formas sociales: la lucha de clases. La moral solo es una de las funciones ideológicas de esa lucha. La clase dominante impone a la sociedad sus fines y la acostumbra a considerar como inmorales los medios que contradicen esos fines. Tal es la función principal de la moral oficial. Persigue “la mayor felicidad posible”, no para la mayoría, sino para una minoría cada vez más exigua. Un régimen así no podría mantenerse ni una semana solo con la coacción. Necesita el cemento de la moral. Fabricar ese cemento es la profesión de los teóricos y losmoralistas pequeñoburgueses. Por mucho que manipulen todos los colores del arco iris, en resumidas cuentas solo son los apóstoles de la esclavitud y de la sumisión.

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