“Reglas morales universalmente válidas” (capítulo 5)

Su moral y la nuestra -León Trotsky

Capítulo 5: “Reglas morales universalmente válidas”

Quien no quiera retornar a Moisés ni a Cristo ni a Mahoma, ni contentarse con una mescolanza ecléctica, debe reconocer que la moral es producto del desarrollo social; que no encierra nada invariable; que se halla al servicio de los intereses de la sociedad; que esos intereses son contradictorios; que la moral, más que ninguna otra forma ideológica, tiene un carácter de clase.

Pero, ¿acaso no existen reglas elementales de moral, elaboradas por el desarrollo de toda la Humanidad y necesarias para la vida de cualquier colectividad? Existen, sin duda; pero su eficacia es muy limitada e inestable. Las normas “imperativas para todos” son tanto menos operativas cuanto más se agudiza la lucha de clases. La forma suprema de ésta es la guerra civil, que anula violentamente todos los vínculos morales entre las clases enemigas.

En condiciones “normales”, el hombre “normal” observa el mandamiento “¡No matarás!”, pero si mata en circunstancias excepcionales de legítima defensa, los jueces lo absuelven. Si, por el contrario, cae víctima de un asesino, éste morirá, por decisión del tribunal. La necesidad de una justicia y de la legítima defensa, se desprende del antagonismo de intereses. El Estado se limita en tiempo de paz a legalizar la ejecución de individuos, pero en tiempo de guerra cambia el mandamiento “universalmente válido” “¡No matarás!” en su contrario. Los gobiernos más “humanos”, que en tiempo de paz “odian” la guerra, en tiempo de guerra convierten en deber supremo de sus ejércitos el exterminio de la mayor parte posible de la humanidad.

Las reglas “generalmente reconocidas” de la moral tienen en el fondo un carácter algebraico, es decir, indeterminado. Solo expresan el hecho de que el hombre, en su conducta individual, está ligado por ciertas normas generales, porque pertenece a una sociedad. El “imperativo categórico” de Kant es la generalización más elevada de esas normas. Pero a pesar de la elevada situación que ocupa en el Olimpo filosófico, ese imperativo no tiene absolutamente nada de categórico, puesto que no es concreto. Es una forma sin contenido.

La causa de la vacuidad de las normas universalmente válidas estriba en que en todas las circunstancias importantes los hombres sienten su pertenencia a una clase de modo más profundo e inmediato que su pertenencia a la “sociedad”. Las normas morales “universalmente válidas” se cargan, en realidad, con un contenido de clase, es decir, antagónico. La norma moral es tanto más categórica cuanto menos “universal” es. La solidaridad obrera, sobre todo en las huelgas o en las barricadas, es infinitamente más “categórica” que la solidaridad humana en general.

La burguesía, cuya conciencia de clase es muy superior, por su plenitud e intransigencia, a la del proletariado tiene un interés vital en imponer su moral a las masas explotadas. Las normas concretas del catecismo burgués se camuflan mediante abstracciones morales que se colocan bajo la égida de la religión, de la filosofía o de esa cosa híbrida que llaman “sentido común”. El invocar las normas abstractas no es un error filosófico desinteresado, sino un elemento necesario del mecanismo de la lucha de clases. Poner en evidencia ese fraude, que tiene una tradición milenaria, es el primer deber del revolucionario proletario.

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