Crisis de la moral democrática (capítulo 6)

Su moral y la nuestra -León Trotsky

Capítulo 6: Crisis de la moral democrática

Para asegurar el triunfo de sus intereses en las grandes cuestiones, las clases dominantes se ven obligadas a hacer concesiones en las cuestiones secundarías; claro, solo con tal de que esas concesiones les traigan cuenta. En la época del ascenso del capitalismo, sobre todo en los últimos decenios anteriores a la guerra, esas concesiones, al menos en lo que concierne a las capas superiores del proletariado, tuvieron un carácter enteramente real. La industria progresaba sin cesar. Mejoraba el bienestar de las naciones civilizadas, también el de las masas obreras. La democracia parecía inquebrantable. Las organizaciones obreras crecían. Y con ellas crecían también las tendencias reformistas. Las relaciones entre las clases se suavizaban, por lo menos exteriormente. Así se suavizaban las relaciones entre las clases, al menos externamente. Junto a las normas de la democracia y a los hábitos de paz social, se establecían ciertas reglas elementales de moral. Había la impresión de una sociedad cada vez más libre, justa y humana. Al “sentido común” le parecía que la curva ascendente del progreso era infinita.

En lugar de eso estalló la guerra, con su cortejo de conmociones violentas, de crisis, de catástrofes, de epidemias, de regreso a la barbarie. La vida económica de la humanidad se encontró en un callejón sin salida. Los antagonismos de clase se exacerbaron y se hicieron evidentes. Los mecanismos de seguridad de la democracia comenzaron a saltar uno tras otro. Las reglas elementales de la moral resultaron más frágiles aún que las instituciones de la democracia y las ilusiones del reformismo. La mentira, la calumnia, la corrupción, la violencia, el asesinato cobraron proporciones inauditas. Confundidas, las almas cándidas creyeron que eso eran consecuencias momentáneas de la guerra. En realidad, eran y siguen siendo manifestaciones de la decadencia del imperialismo. La gangrena del capitalismo pudre la sociedad contemporánea, incluidos su derecho y su moral.

La “síntesis” del horror imperialista es el fascismo, nacido de la bancarrota de la democracia burguesa ante las tareas que el imperialismo le asigna. Solo se conservan aún restos de democracia en las aristocracias capitalistas más ricas. Por cada “demócrata” de Inglaterra, de Francia, de Holanda, de Bélgica trabajan cierto número de esclavos coloniales; la democracia de los Estados Unidos la gobiernan “sesenta familias”, etc. Y en todas las democracias crecen rápidamente elementos de fascismo. El estalinismo es, a su vez, producto de la presión del imperialismo sobre un Estado obrero atrasado y aislado. En cierto modo, complementa simétricamente al fascismo.

Mientras los filisteos idealistas –y, naturalmente, los anarquistas en primer lugar– denuncian sin descanso la “amoralidad” marxista, los trust norteamericanos–según John Lewis (C.I.O.)–, gastan no menos de ochenta millones de dólares anuales en combatir la “desmoralización” revolucionaria, es decir, en espionaje, compra de obreros, falsificaciones judiciales y asesinatos a mansalva. ¡El imperativo categórico sigue a veces, para triunfar, caminos muy sinuosos!

Observemos –para ser ecuánimes– que los moralistas pequeñoburgueses más sinceros y también más limitados de los viven todavía hoy de los recuerdos idealizados del ayer y de la esperanza de que ese pasado vuelva. No comprenden que la moral es función de la lucha de clases; que la moral democrática correspondía a las necesidades del capitalismo liberal y progresista; que la exacerbación de la lucha de clases que domina toda la época reciente, ha destruido definitiva e irrevocablemente esa moral; que su sitio lo han ocupado, en sentidos opuestos, por un lado la moral del fascismo y por otro la moral de la revolución proletaria.

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