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Mujer, República, Revolución

 Carta Semanal 1108 para descargar en PDF

Publicamos en esta Carta Semanal la intervención de Isabel Cerdá, miembro de Republicanas, en el acto de aniversario de la revolución española celebrado el 16 de julio en Barcelona.

 

Gracias por invitarme a tomar parte en este acto tan necesario, que no debe ser solo conmemorativo, debe ser militante.

Nuestro encuentro hoy no pretende otra cosa que arrojar alguna luz sobre unos acontecimientos históricos no ya poco o mal estudiados, y, por ende, poco o mal transmitidos a las generaciones posteriores, sino sencillamente borrados de la historia. Está la II República, la mal llamada guerra civil, presentada como un conflicto entre hermanos con ideologías divergentes, pero la revolución que se inició en paralelo al comienzo del golpe militar, sencillamente no existió. Y no solo existió, sino que fue esa revolución de los obreros y las obreras armados y organizados en la CNT, la UGT y el POUM, principalmente, la que impidió que el golpe triunfara en ciudades como Barcelona y Madrid.

Otros compañeros tratarán este tema con más profundidad y solvencia. Yo solo pretendo esbozar un cuadro general del papel de las mujeres trabajadoras en esos años, la capacidad organizativa que mostraron y las enormes conquistas que arrancaron, pese a las innumerables dificultades interpuestas no solo por la burguesía y sus valedores, sino por los propios militantes de las organizaciones obreras, que no podían (o no querían) abstraerse de la noche a la mañana de toda la tradición patriarcal de siglos.

Ved una pequeña nota escrita por una militante perteneciente al grupo “Mujeres libres” el 21 de enero de 1937:

«Las casas de prostitución siguen abarrotadas de pañuelos rojos, rojos y negros y de toda clase de insignias antifascistas. Es una incoherencia moral incomprensible que nuestros milicianos ─luchadores magníficos en los frentes, de unas libertades tan queridas─, sean en la retaguardia los que sustenten y aun extiendan la depravación burguesa en una de sus formas más penosas de la esclavitud: la prostitución de la mujer».

Las contradicciones en nuestras propias filas existían y, como bien sabemos todas, siguen existiendo.

Pero esto no impidió que cientos de miles de mujeres aprovecharan primero el marco de la República, burguesa sí, pero desde luego más saludable y más permeable que el régimen monárquico previo y después, el marco ya plenamente obrero de la revolución.

La República y las mujeres

En unos pocos años, desde la proclamación de la Segunda República, en abril de 1931, a la derrota de la revolución española, hay un sorprendente desarrollo de toda una serie de organizaciones, algunas muy masivas, que junto con el resto de la clase obrera hicieron posible que llegara a existir esa revolución. A pesar de las diferencias entre esas organizaciones (o tal vez gracias a ellas), esta explosión asociativa apunta claramente a la necesidad compartida por la mayoría de las mujeres que las integraban de tener una voz propia, dentro o fuera de las organizaciones de clase, pero centradas en los procesos de emancipación de la mujer, doblemente explotada como trabajadora y como mujer, y víctimas de un tercer factor de explotación que identificaron claramente: la profunda ignorancia a la que estaban sometidas.

Antes incluso de la proclamación de la República, en 1918, Victoria Kent y Margarita Nelken fundaban la Asociación Nacional de Mujeres Españolas. María de Maeztu impulsó en 1926 el Lyceum Femenino Español. Ya en plena República, Clara Campoamor fundó la Unión Republicana Femenina. Todas estas organizaciones, pese a su carácter moderado y ajeno al movimiento obrero, ejercieron una presión importante en la batalla por el sufragio y la igualdad jurídica.

También hubo secciones y comisiones femeninas antes de la República en las organizaciones obreras tradicionales (PSOE, UGT, CNT) aun de forma muy limitada.

Ya en 1933 nace la Asociación de Mujeres Antifascistas, como sección española de “Mujeres contra la Guerra y el Fascismo”, organización internacional impulsada por la Internacional Comunista. Esta organización llega a ser muy numerosa, con más de 60.000 afiliadas.

Enorme importancia tuvo también la organización Mujeres Libres, fundada en 1936 y ligada a la CNT y la FAI, aunque organizada autónomamente. Algunos dirigentes anarquistas, como Federica Montseny estaban en desacuerdo con ese “frente diferenciado” de mujeres, por considerarlo una división innecesaria dentro del movimiento anarquista. Esta organización llegó a tener más de 25.000 afiliadas en 147 agrupaciones en todo el territorio. Su objetivo fundacional, citado literalmente, era «emancipar a la mujer de la triple esclavitud a la que ha estado sometida: de ignorancia, de mujer y de productora». Mujeres Libres editó su propia revista y organizó escuelas de formación profesional y política exclusivamente para mujeres.

Y, por último, hay que citar una experiencia numéricamente muy limitada (unas 500), el secretariado femenino del POUM, la más vinculada a un programa revolucionario marxista.

Esta efervescencia organizativa de las mujeres, y muy especialmente de las mujeres trabajadoras, dio sus frutos en el terreno de los derechos políticos, civiles, laborales y sociales.

De 1931 a 1933 se arrancaron una serie de derechos de primer orden:

– El **sufragio femenino**, aprobado en la sesión de Cortes del 1 de octubre de 1931 e incorporado al artículo 36 de la Constitución, gracias sobre todo a la batalla parlamentaria de Clara Campoamor, ejercido por primera vez en las elecciones generales de noviembre de 1933.

– El **derecho a ser elegidas** antes incluso de poder votar: Clara Campoamor, Victoria Kent y Margarita Nelken entraron en las Cortes Constituyentes en 1931; a lo largo de las tres legislaturas republicanas hubo nueve diputadas.

– La **Ley del Divorcio**, de 2 de marzo de 1932, que permitía el divorcio por mutuo acuerdo —algo que países como Francia o Inglaterra no conseguirían hasta los años setenta—, despenalizaba el adulterio de forma desigual entre sexos tal como existía antes, y permitía la investigación de la paternidad.

– La **Ley de Matrimonio Civil**, de 28 de junio de 1932, que acabó con el monopolio de la Iglesia sobre el matrimonio.

– La **equiparación de los hijos** nacidos dentro y fuera del matrimonio.

– El reconocimiento de la **patria potestad compartida**.

– La obligación constitucional del Estado de **regular el trabajo femenino y proteger la maternidad**, con la prohibición de cláusulas de despido por matrimonio o maternidad.

– La creación del **Seguro Obligatorio de Maternidad**.

– El principio, recogido legalmente aunque desigualmente aplicado, de la **equiparación salarial** entre hombres y mujeres para un mismo trabajo.

– Las **Misiones Pedagógicas** (1931-1934) y la extensión de la **coeducación**, que llevaron alfabetización, bibliotecas y cultura a miles de mujeres del medio rural, hasta entonces las más excluidas del sistema educativo.

– La ampliación del acceso de la mujer a la **educación superior** y a profesiones antes vetadas.

Pero solo con el estallido de la revolución obrera en 1936, se arrancaron conquistas impensables en la época

– El **Decreto de Interrupción Artificial del Embarazo**, aprobado por la Generalitat de Catalunya el 25 de diciembre de 1936, que legalizaba el aborto libre durante las primeras doce semanas de gestación: la primera ley de este tipo en la historia de España, e impulsada en buena medida por el médico Félix Martí Ibáñez. A nivel de toda la República, la ministra de Sanidad Federica Montseny —primera mujer en ocupar una cartera ministerial en la historia de España— presentó el primer proyecto de ley de aborto a escala estatal, aunque no llegó a aprobarse por la oposición de otros miembros del gobierno de Largo Caballero.

– Los **»liberatorios de prostitución«**, impulsados por Amparo Poch y Gascón —médica, militante de Mujeres Libres y consejera de Asistencia Social con Montseny—, centros pensados no para perseguir a las prostitutas sino para acogerlas y capacitarlas en otros oficios, un giro radical respecto al enfoque represivo anterior.

– La **incorporación masiva de la mujer al trabajo productivo** en la industria de guerra, la agricultura colectivizada y los servicios, ocupando puestos antes vetados, en un contexto de control obrero y colectivización.

– La **legalización de hecho de las uniones libres** en algunas zonas y la flexibilización general de las normas sobre familia y sexualidad bajo el impulso revolucionario.

– La creación de **escuelas y centros de formación profesional y política específicamente para mujeres**, tanto por Mujeres Libres como por el Secretariado Femenino del POUM y la AMA, que por primera vez planteaban la formación de la mujer no como adorno doméstico sino como condición de su autonomía económica y política.

– La **instrucción militar de mujeres** —manejo de armas, organización de milicias— impulsada en Barcelona tanto por columnas confederales y del POUM como por el propio Secretariado Femenino poumista, aunque esta etapa se cerró pronto por la militarización del ejército.

Es solo un pequeño repaso a los derechos arrancados por las mujeres en muy poco tiempo y con enormes resistencias no solo en el terreno de la burguesía, sino en el propio terreno proletario.

Por supuesto, todos estos avances quedaron anulados con la derrota de la revolución.

Divorcio, aborto, matrimonio civil. Restauración del Código Civil de 1889 que imponía la dependencia de la mujer del padre o del marido prácticamente para todo. Que el fascismo triunfante acabara con saña y enorme celeridad (entre 1939 y 1941 lo desmontaron todo) con todo lo logrado por la lucha de las mujeres es más que entendible.

Más difícil y más doloroso es constatar la falta de entusiasmo o incluso la colaboración de sectores del movimiento obrero en mantener a la mujer “en su lugar”, es decir, la casa y la familia. Y esa constatación nos reafirma en que ellas tenían razón cuando reivindicaban un movimiento propio, puesto que, aun formando parte del proletariado, tenemos problemas propios que, dentro del marco de la lucha obrera, deben ser tratados específicamente.

En ello estamos mis compañeras y yo de “Mujeres Republicanas”, reivindicando la República como marco para cualquier avance democrático por mínimo que sea, incluida naturalmente la defensa de lo que ya tenemos y se ve hoy amenazado por esta derecha rampante y cazurra que hoy quiere representar al capital en nuestro país y en todo el mundo (aunque no lo haga ella sola). Porque ya sabéis todos que los derechos no solo hay que pelearlos y obtenerlos. Luego hay que defenderlos con uñas y dientes. Porque mientras perviva el sistema capitalista siempre estarán amenazados.

Así que, compañeros, gracias por vuestra atención hoy. Honremos a los compañeros que lucharon por la revolución española, honremos a las mujeres trabajadoras que desbrozaron el camino hacia la igualdad, para la que aún queda mucho.

 

Combate Socialista, Agosto 2026. Ceuta: Un crimen de Estado, la total responsabilidad del Imperialismo

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Introducción

Desde la entrada de 70.000 personas en Ceuta a finales de julio, han sido muchos los artículos y declaraciones que se han publicado.

Pero en ellos ha estado prácticamente ausente la muerte de 140 personas, ahogadas intentando llegar a Ceuta en busca de un futuro mejor. Porque las barreras que impiden la libre circulación de personas matan. Mataron en la valla de Melilla el 24 de junio de 2022 a 100 personas (según cifras de algunas ONG), han matado a 80.000 personas en el Mediterráneo, y han matado a estos jóvenes en Ceuta.

Son asesinatos. Como señala Engels, “Si un individuo produce a otro un daño físico tal, que el golpe le causa la muerte, llamamos a eso homicidio; si el autor supiera, de antemano, que el daño va a ser mortal, llamaremos a su acción asesinato premeditado. Pero si la sociedad reduce a centenares de proletarios a un estado tal, que, necesariamente, caen víctimas de una muerte prematura y antinatural, de una muerte tan violenta como la muerte por medio de la espada o de una maza; si impide a millares de individuos las condiciones necesarias para la vida, si los coloca en un estado en que no pueden vivir, si los constriñe, con el fuerte brazo de la ley, a permanecer en tal estado hasta la muerte, muerte que debe ser la consecuencia de ese estado; si esa sociedad sabe, y lo sabe muy bien, que esos millares de individuos deben caer víctimas de tales condiciones, y, sin embargo, deja que perdure tal estado de cosas, ello constituye, justamente, un asesinato premeditado, como la acción del individuo, solamente que un asesinato más oculto, más pérfido, un asesinato contra el cual nadie puede defenderse, que no lo parece, porque no se ve al autor, porque es la obra de todos y de ninguno, porque la muerte de la víctima parece natural y porque no es tanto un pecado de acción como un pecado de omisión. Pero ello no deja de ser un asesinato premeditado (…) un asesinato social, que ha reducido a los trabajadores a un estado en el que no pueden gozar de buena salud ni vivir mucho; que destruye, pedazo a pedazo, de a poco, la vida de esos trabajadores, y los conduce a la tumba antes de tiempo (…)” 1.

También habría que buscar con lupa en todo lo que se ha publicado alguna referencia al hecho de que Ceuta y Melilla, junto con los peñones de Alhucemas y Vélez de Gomera, con la isla del Perejil y las islas Chafarinas, son enclaves coloniales, los últimos restos de la ocupación colonial española en Marruecos. Apenas unas líneas en la entrevista de El País al escritor marroquí Tajar Ben Jelloun.

Ese ocultamiento se une a las declaraciones, prácticamente unánimes, de los partidos que viven en las instituciones del Estado, desde la extrema derecha a la extrema izquierda. Todos hablan de “invasión”, defienden la “soberanía” española sobre ambas ciudades, y no se ahorran calificativos contra el “tirano” marroquí. Se muestran muy republicanos… en Marruecos.

Nuestra posición es muy clara. Ceuta y Melilla son enclaves coloniales que deben ser devueltos al pueblo de Marruecos, junto con las islas y peñones que España ocupa en las costas de Marruecos. Publicamos una serie de informaciones que pueden ayudar a los militantes a mejorar su comprensión sobre esta cuestión.

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1 “La situación de la clase obrera en Inglaterra”, 1845.

CEUTA: LA CRISIS LLAMADA MIGRATORIA

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En el momento que escribimos esta líneas, una buena parte de los más de 60.000 ciudadanos marroquíes, en su mayoría jóvenes, que llegaron a Ceuta a nado o atravesaron la valla de la aduana del Tarajal, han vuelto a Marruecos, pero más de 70 de ellos murieron ahogados al intentar entrar en Ceuta. Paralelamente, unos 400 ciudadanos marroquíes lograron entrar en Melilla antes de que la guardia civil y el ejército español cerraran la frontera.

Los que han vuelto lo han hecho, en su mayoría, obligados por el hambre y la sed, ya que los comercios, bares y restaurantes de Ceuta fueron cerrados, mientras que el ejército español les empujaba hacia las fronteras. Y, en una ciudad tomada por la policía y el ejército, consintieron que grupos de ultraderechistas agredieran de forma organizada a algunos inmigrantes.

Enclaves coloniales

Para empezar, hemos de recordar un hecho: Ceuta y Melilla son enclaves coloniales españoles en Marruecos restos de la ocupación, del “Protectorado” establecido por la monarquía española en Marruecos antes de su independencia en 1957, y defendido a sangre y fuego, incluyendo el recurso a armas químicas, contra la voluntad de liberación del pueblo marroquí. Son, junto con los peñones de Alhucemas y Vélez de Gomera, la isla del Perejil y las islas Chafarinas, los últimos restos de la ocupación colonial.

La propia independencia de Marruecos fue tutelada por los regímenes español y francés, después de haber aplastado al Ejército de Liberación marroquí, en beneficio de la monarquía alauita. Esta monarquía corrupta se ha caracterizado como una institución enemiga del pueblo marroquí, al servicio del imperialismo y aliada del sionismo, y mantiene al pueblo de Marruecos en la opresión más atroz, mientras se apropia de la parte del león de la renta nacional. Una monarquía, por cierto, que siempre ha mantenido relaciones estrechas con la monarquía borbónica de España.

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A 90 AÑOS DE LA REVOLUCIÓN ESPAÑOLA. LECCIONES PENDIENTES

Carta Semanal 1106 en catalán

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Cuando se cumplen 90 años conviene recordar (y reafirmar) que en el verano de 1936 hubo en España una revolución social, una de las revoluciones obreras más importantes habidas en Europa en el siglo XX. Una revolución que, por otro lado, sigue siendo ignorada en muchas de las conmemoraciones actuales. Por ejemplo, si se observa la prensa actual es como si no hubiera existido. Con pocas excepciones, solo hay referencias al hecho de que se produjo un levantamiento militar contra la República que provocó el inicio de la guerra civil, etc. Y si se consulta la prensa asociada a partidos que tuvieron un papel hace 90 años, se produce la misma impresión. Por ejemplo, en el digital Mundo Obrero, órgano oficial del PCE, no hay ni una sola palabra o referencia a la revolución que protagonizaron millones de obreros y campesinos. Lo mismo ocurre con El Socialista, en el que incluso no hay referencias de ningún tipo. Desde luego, no se trata de un problema de desconocimiento “histórico” de los hechos. Hay una razón política.

Y sin embargo hubo una revolución

Efectivamente, aunque se intentó ocultar, la revolución fue un hecho en las dos terceras partes del país en las que la sublevación militar fracasó inicialmente. La reacción popular al golpe de eEstado no se detuvo en la defensa estricta de la legalidad republicana, sino que fue mucho más lejos. No buscó simplemente la neutralización de los militares golpistas y de la trama civil que los acompañaba, ni se limitó a señalar exclusivamente a los enemigos políticos de la República, sino que apuntó también hacia las clases dirigentes. Hacia la oligarquía terrateniente, responsable de la existencia de una masa de millones de campesinos que sobrevivían en la miseria. Hacia la burguesía asociada a aquella, e interesada exclusivamente en mantener un determinado orden social al precio que fuera. Hacia la Iglesia, siempre asociada al poder y a los poderosos. Todos ellos fueron acusados de amparar y fomentar la reacción de los militares que se habían sublevado contra la República. Aparecieron a ojos de las masas como la trama civil, la trama de “clase”, que estaba detrás del golpe y a la que había que abatir igualmente.

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