Disposición política de personajes (capítulo 9)

Su moral y la nuestra -León Trotsky

 Capítulo 9: Disposición política de personajes

“El trotskismo es el romanticismo revolucionario; el estalinismo es la política realista”. Ya no queda ni rastro de esta ramplona antinomia con la que el filisteo vulgar justificaba, todavía ayer, su amistad con Termidor contra la revolución. Ya no se opone el trotskismo al estalinismo; se les identifica. Se les identifica en la forma y no en la esencia. Al batirse en retirada hasta el meridiano del “imperativo categórico”, los demócratas siguen en realidad defendiendo a la GPU, pero mejor disfrazados, más pérfidamente. Quien calumnia a las víctimas, colabora con el verdugo. En éste como en otros casos, la moral sirve a la política.

El filisteo demócrata y el burócrata estalinista son, si no gemelos, por lo menos hermanos espirituales. Políticamente, pertenecen en todo caso al mismo campo. El sistema gubernamental de Francia reposa actualmente sobre la colaboración de estalinistas, socialistas y liberales y lo mismo sucede en España, añadiendo a los anarquistas. Si el Partido Laborista Independiente de Inglaterra ofrece una apariencia tan pobre es porque durante años no ha salido de los brazos de la Comintern. El Partido Socialista Francés expulsó a los trotskistas en el preciso momento en que se disponía a fundirse orgánicamente con los estalinistas. Si la fusión no se llevó a cabo no fue a causa de alguna divergencia de principios –¿qué queda de eso?–, sino porque los arribistas socialistas tuvieron miedo de perder sus puestos. Al volver de España, Norman Thomas declaró que los trotskistas ayudaban “objetivamente” a Franco, y con ese absurdo proporcionó una ayuda “objetiva” a los verdugos de la GPU. Este apóstol ha expulsado a los “trotskistas” norteamericanos de su partido en el momento en que la GPU fusilaba a sus camaradas en la URSS y en España. En numerosos países democráticos, los estalinistas, a pesar de su “inmoralidad”, penetran –no sin éxito–, en el aparato del Estado. En los sindicatos, se llevan bien con los burócratas de cualquier matiz. Es cierto que los estalinistas tratan demasiado a la ligera el Código Penal, cosa que en tiempos apacibles aterroriza un poco a sus amigos “demócratas”; en cambio, en circunstancias excepcionales –como muestra el ejemplo de España–, esto les ayuda a convertirse en jefes de la pequeña burguesía contra el proletariado.

La II Internacional y la Federación Sindical de Ámsterdam, claro está, no se hicieron responsables de las falsificaciones: dejaron esa tarea a la Comintern. Se callaron. En conversaciones privadas, sus representantes declaraban que desde el punto de vista moral, estaban contra Stalin; pero que desde el punto de vista político, estaban con él. Sólo cuando en el Frente Popular de Francia aparecieron grietas irreparables y los socialistas franceses tuvieron que pensar en el mañana, fue cuando León Blum encontró en el fondo de su tintero las indispensables fórmulas de indignación moral.

Otto Bauer censura suavemente la justicia de Vichinsky para así sostener, con tanta mayor “imparcialidad”, la política de Stalin. El destino del socialismo –según reciente declaración de Bauer– parece estar ligado a la suerte de la Unión Soviética. “Y el destino de la Unión Soviética –continúa diciendo–, es el del estalinismo, mientras el desarrollo de la Unión Soviética misma no haya superado la fase estalinista”. ¡Todo Bauer, todo el austromarxismo, toda la mentira y toda la podredumbre de la socialdemocracia están en esa frase magnífica! “Mientras” la burocracia estalinista sea suficientemente fuerte para exterminar a los representantes progresistas del “desarrollo interior”, Bauer se queda con Stalin. Cuando las fuerzas revolucionarias, a pesar de Bauer, derroquen a Stalin, entonces Bauer reconocerá generosamente el “desarrollo interior”, con un retraso de unos diez años, como mucho.

En torno de las viejas internacionales gravita el Buró de Londres, de los centristas, que reúne con todo acierto aspectos de jardín de niños, de escuela para adolescentes atrasados y de asilo de inválidos. El secretario del Buró, Fenner Brockway, comenzó por declarar que una indagación sobre los procesos de Moscú podría “perjudicar a la URSS”, y en lugar de eso propuso que se hiciera una investigación sobre… la actividad política de Trotski, por una comisión “imparcial” compuesta por cinco adversarios irreconciliables de Trotski. Brandler y Lovestone se solidarizaron públicamente con Yagoda; no retrocedieron sino ante Iezhov. Jacob Walcher, con un pretexto manifiestamente falso, se negó a prestar ante la Comisión John Dewey un testimonio que sólo podía ser desfavorable a Stalin. La moral podrida de semejantes individuos sólo es producto de su política podrida.

El papel más triste, sin embargo, corresponde, sin duda, a los anarquistas. Si el estalinismo y el trotskismo son una misma cosa –como afirman ellos en cada renglón–, ¿por qué los anarquistas españoles ayudan a los estalinistas a aniquilar a los trotskistas, y al mismo tiempo a los anarquistas que se mantienen revolucionarios? Los teóricos libertarios más francos responden: es el precio del suministro soviético de armas. En otros términos: el fin justifica los medios. Pero, ¿cuál es el fin de ellos: el anarquismo, el socialismo? No, la salud de la democracia burguesa, que ha preparado el triunfo del fascismo. A un fin sucio corresponden sucios medios.

¡Esa es la disposición verdadera de los personajes en el tablero de la política mundial!

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