El estalinismo, producto de la vieja sociedad (capítulo 10)

Su moral y la nuestra -León Trotsky

Capítulo 10: El estalinismo, producto de la vieja sociedad

Rusia ha dado el salto hacia adelante más grandioso de la historia, y las fuerzas más progresistas del país encontraron en él su expresión. Durante la reacción actual, cuya amplitud es proporcional a la de la revolución, la inercia toma su desquite. El estalinismo se ha convertido en la encarnación de esa reacción. La barbarie de la antigua Rusia, que reaparece sobre nuevas bases sociales, resulta más repugnante aún porque ahora tiene que emplear una hipocresía como la historia no había conocido hasta hoy,

Los liberales y los socialdemócratas de Occidente, a quienes la Revolución de Octubre había hecho dudar de sus añejas ideas, han sentido renacer sus fuerzas. La gangrena moral de la burocracia soviética les parece una rehabilitación del liberalismo. Se les ve exhibir viejos aforismos fuera de cuño, como éstos: “Toda dictadura lleva en sí los gérmenes de su propia disolución”; “sólo la democracia puede garantizar el desarrollo de la personalidad”, etc. Esa oposición de democracia y dictadura, que contiene, en este caso, la condena del socialismo en nombre del régimen burgués, asombra, desde el punto de vista teórico, por su ignorancia y su mala fe. La infección del estalinismo, en tanto que realidad histórica, es opuesta a la democracia en tanto que abstracción suprahistórica. Sin embargo, la democracia también ha tenido su historia, y en ella no han faltado horrores. Para caracterizar la burocracia soviética empleamos los términos: “termidor” y “bonapartismo”, de la historia de la democracia burguesa, ya que –y que tomen nota los doctrinarios retrasados del liberalismo– la democracia no apareció de ningún modo por virtud de medios democráticos. Sólo mentecatos pueden contentarse con razonamientos sobre el bonapartismo, “hijo legítimo” del jacobinismo, castigo histórico por los atentados cometidos contra la democracia, etc. Sin la destrucción del feudalismo con el método jacobino, la democracia burguesa hubiera sido inconcebible. Es tan falso oponer a las etapas históricas concretas: jacobinismo, termidor, bonapartismo, la abstracción idealizada de “democracia”, como oponer el recién nacido al adulto.

El estalinismo, a su vez, no es una abstracción de “dictadura”, sino una grandiosa reacción burocrática contra la dictadura proletaria, en un país atrasado y aislado. La Revolución de Octubre abolió todos los privilegios, declaró la guerra a la desigualdad social, substituyó la burocracia por el gobierno de los trabajadores por ellos mismos, suprimió la diplomacia secreta, se esforzó por dar un carácter de transparencia completa a todas las relaciones sociales. El estalinismo ha restaurado las formas más ofensivas de los privilegios, ha dado a la desigualdad un carácter provocativo, ha ahogado la actividad espontánea de las masas por medio del absolutismo policiaco, ha hecho de la administración un monopolio de la oligarquía del Kremlin y ha regenerado el fetichismo del poder en formas que la monarquía absoluta no se hubiese atrevido a soñar.

La reacción social, en cualquiera de sus formas, se ve obligada a ocultar sus fines verdaderos. Cuanto más brutal sea la transición de la revolución a la reacción, más depende la reacción de las tradiciones de la revolución; es decir, más teme a las masas y tanto más se ve forzada a recurrir a la mentira y a la falsificación, en la lucha contra los representantes de la revolución. Las falsificaciones estalinistas no son fruto de la “amoralidad” bolchevique; no, como todos los acontecimientos importantes de la historia, son producto de una lucha social concreta; por lo demás, la más pérfida y cruel que exista: la lucha de una nueva aristocracia contra las masas que la han elevado al poder.

Se necesita, en realidad, una total indigencia intelectual y moral para identificar la moral reaccionaria y policíaca del estalinismo con la moral revolucionaria del bolchevismo. El partido de Lenin dejó de existir hace mucho tiempo: se rompió por las dificultades interiores y por el choque con el imperialismo mundial. Su sitio lo ha ocupado la burocracia estalinista, que es un mecanismo de transmisión del imperialismo. En la liza mundial, la burocracia ha substituido la lucha de clases por la colaboración de clases, el internacionalismo por el socialpatriotismo. Para adaptar el partido dirigente a las tareas de la reacción, la burocracia ha “renovado” su composición, por medio del exterminio de revolucionarios y el reclutamiento de arribistas.

Toda reacción resucita, nutre, refuerza los elementos del pasado histórico, sobre el que la revolución ha descargado un golpe sin haber logrado aniquilarlo. Los métodos del estalinismo llevan hasta el fin, hasta la tensión más alta y, al mismo tiempo, hasta el absurdo, todos los procedimientos de mentira, de crueldad y de bajeza que constituyen el mecanismo del poder en toda sociedad dividida en clases, sin excluir la democracia. El estalinismo es un conglomerado de todas las monstruosidades del Estado tal como lo ha hecho la historia; es también su peor caricatura y su repugnante mueca. Cuando los representantes de la antigua sociedad oponen sentenciosamente a la gangrena del estalinismo una abstracción democrática esterilizada, tenemos todo el derecho a recomendarles, lo mismo que a toda la vieja sociedad, que se miren en el espejo deformante del termidor soviético. Ciertamente, la GPU supera en mucho a todos los otros regímenes por la franqueza de sus crímenes; pero eso es consecuencia de la amplitud grandiosa de los acontecimientos que sacudieron a Rusia en medio de la desmoralización mundial de la era imperialista.

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