Moral y revolución (capítulo 11)

Su moral y la nuestra -León Trotsky

 Capítulo 11: Moral y revolución

Entre liberales y radicales no falta gente que ha asimilado los métodos materialistas de interpretación de los acontecimientos y que se consideran marxistas. Eso no les impide, sin embargo, seguir siendo periodistas, profesores o políticos burgueses. El bolchevique no se concibe, naturalmente, sin método materialista, inclusive en el dominio de la moral. Pero ese método no sólo le sirve para interpretar los acontecimientos, sino para crear el partido revolucionario, el partido del proletariado. Es imposible cumplir semejante tarea sin una independencia completa respecto de la burguesía y su moral. Sin embargo, la opinión pública burguesa domina perfecta y plenamente, en el actual momento, el movimiento obrero oficial, de William Green en los Estados Unidos, a García Oliver en España, pasando por León Blum y Maurice Thorez en Francia, El carácter reaccionario de esta época encuentra en ese hecho su más profunda expresión.

El marxista revolucionario no podría abordar su misión histórica sin haber roto moralmente con la opinión pública de la burguesía y de sus agentes en el seno del proletariado. Tal cosa exige un arrojo moral de distinto calibre del que se necesita para gritar en las reuniones públicas “¡Abajo Hitler!”, “¡Abajo Franco!”. Precisamente, esa ruptura decisiva, profundamente reflexionada, irrevocable, entre los bolcheviques y la moral conservadora de la gran burguesía y también de la pequeña, es lo que causa un espanto mortal a los charlatanes demócratas, a los profetas de salón y a los héroes de pasillo. De ahí sus lamentaciones sobre la “amoralidad” de los bolcheviques.

Su manera de identificar la moral burguesa con la moral “en general”, se observa, sin duda, del mejor modo en la extrema izquierda de la pequeña burguesía, precisamente en los partidos centristas del llamado Buró de Londres. Ya que esta organización “admite” el programa de la revolución proletaria, nuestras divergencias con ella parecen a primera vista secundarias. En realidad, su “admisión” del programa revolucionario carece de todo valor, ya que no la obliga a nada. Los centristas “admiten” la revolución proletaria como los kantianos admiten el imperativo categórico, es decir, como un principio sagrado, pero inaplicable en la vida de todos los días. En la esfera de la política práctica, se unen con los peores enemigos de la revolución, los reformistas-estalinistas, para luchar contra nosotros. Todo su pensamiento está impregnado de duplicidad y de falsedad. Si no llegan a cometer crímenes enormes es solo porque siempre se quedan en el último plano de la política: son, en cierta forma, los carteristas de la historia. Precisamente por eso se consideran llamados a regenerar el movimiento obrero por medio de una nueva moral.

En la extrema izquierda de esta cofradía de “izquierda”, se encuentra un pequeño grupo, totalmente insignificante en lo político, de emigrados alemanes que publican la revista Neuer Weg (Nueva Ruta). Prestemos atención y escuchemos a esos detractores “revolucionarios” de la amoralidad bolchevique. En tono de elogio de doble sentido, la Neuer Weg escribe que los bolcheviques se distinguen ventajosamente de los otros partidos por su falta de hipocresía: proclaman abiertamente lo que los demás aplican silenciosamente en la realidad, a saber, el principio: “el fin justifica los medios”. Pero –según la opinión de la Neuer Weg– una regla “burguesa” de ese género es incompatible “con un movimiento socialista sano”, “la mentira y algo peor aún no son medios permitidos en la lucha, como consideraba todavía Lenin”. La palabra “todavía” significa, naturalmente, que Lenin no había aún conseguido deshacerse de sus ilusiones, por no haber vivido hasta el descubrimiento de la “nueva ruta”. En la fórmula “la mentira y algo peor aún”, el segundo miembro significa, evidentemente, la violencia, el asesinato, etc., ya que, en igualdad de circunstancias, la violencia es peor que la mentira y el asesinato es la forma suprema de la violencia. Llegamos así a la conclusión de que la mentira, la violencia y el asesinato son incompatibles con “un movimiento socialista sano”. Pero, ¿qué pasa con la revolución? La guerra civil es la más cruel de las guerras. Es inconcebible no sólo sin la violencia contra terceros, sino –con la técnica contemporánea– sin el homicidio de ancianos y niños. ¿Es preciso recordar a España? La única respuesta que podrían darnos los “amigos” de la España republicana sería que la guerra civil vale más que la esclavitud fascista. Esa respuesta, enteramente correcta, sólo significa que el fin (democracia o socialismo) justifica, en ciertas condiciones, medios tales como la violencia y el homicidio. ¡Y es inútil hablar de la mentira! La guerra es tan inconcebible sin mentiras como la máquina sin engrase. Con el fin único de proteger la sesión de las Cortes (1.° de febrero de 1938) contra las bombas fascistas, el gobierno de Barcelona engañó varias veces, a sabiendas, a los periodistas y a la población. ¿Podía obrar de otro modo? Quien quiera el fin –la victoria contra Franco– debe aceptar los medios, la guerra civil con su cortejo de horrores y de crímenes.

Sin embargo, la mentira y la violencia, ¿no deben condenarse “en sí mismas”? Seguramente, deben condenarse, y al mismo tiempo, la sociedad dividida en clases que las engendra. La sociedad sin contradicciones sociales será, claro está, una sociedad sin mentira ni violencia. Sin embargo, solo podemos tender un puente hasta ella por virtud de métodos revolucionarios, es decir, métodos de violencia. La revolución misma es producto de una sociedad dividida en clases, y de ello lleva necesariamente impresas las huellas. Desde el punto de vista de las “verdades eternas”, la revolución es, naturalmente, “inmoral”. Pero eso solo significa que la moral idealista es contrarrevolucionaria, es decir, se halla al servicio de los explotadores.

“Pero la guerra civil –dirá quizás el filósofo pillado de improviso– es, por decirlo así, una lamentable excepción. En tiempo de paz, un movimiento socialista sano debe abstenerse de la violencia y de la mentira”. Semejante respuesta solo es una lastimosa escapatoria. No hay fronteras infranqueables entre la lucha de clases “pacífica” y la revolución. Cada huelga contiene en germen todos los elementos de la guerra civil. Las dos partes se esfuerzan por darse mutuamente una idea exagerada de su resolución de luchar y de sus recursos materiales. Gracias a su prensa, a sus agentes y a sus espías, los capitalistas se esfuerzan por intimidar y desmoralizar a los huelguistas. Por su lado, los piquetes de huelga, cuando la persuasión resulta inoperante, se ven obligados a recurrir a la fuerza. Así, “la mentira y algo peor aún” constituyen parte inseparable de la lucha de clases, hasta en su forma más embrionaria. Queda por añadir que las nociones de verdad o de mentira nacieron de las contradicciones sociales.

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