La revolución y el sistema de rehenes (capítulo 12)

Su moral y la nuestra -León Trotsky

Capítulo 12: La revolución y el sistema de rehenes

Stalin manda prender y fusilar a los hijos de sus adversarios, después de ordenar que ellos mismos sean fusilados con acusaciones falsas. Las familias le sirven de rehenes, para obligar a volver del extranjero a los diplomáticos soviéticos que quisieren permitirse alguna duda sobre la probidad de Yagoda o de Yezhov. Los moralistas de la Neuer Weg creen necesario y oportuno recordar con este motivo que “también Trotski” utilizó en 1919, de una Ley de Rehenes. Y aquí es preciso citar textualmente: “la aprehensión de familias inocentes por Stalin es de una barbarie repugnante. Pero semejante cosa sigue siendo una barbarie cuando es Trotski el que manda” (1919). ¡He ahí la moral idealista en toda su belleza! Estos criterios son tan falaces como las normas de la democracia burguesa: se supone en ambos casos una igualdad donde no hay ni sombra de igualdad.

No insistamos aquí en que el decreto de 1919 muy probablemente no provocó el fusilamiento de parientes de oficiales, cuya traición no solo costaba pérdidas humanas innumerables, sino que amenazaba con llevar directamente la revolución a la ruina. En el fondo, no se trata de eso. Si la revolución hubiera manifestado desde el principio menos generosidad inútil, se habrían ahorrado centenares de miles de vidas en lo que siguió. Sea lo que fuere, asumo toda la responsabilidad del decreto de 1919. Fue una medida necesaria en la lucha contra los opresores. Este decreto, como toda la guerra civil, que también podríamos llamar con justicia “una repugnante barbarie”, no tiene más justificación que el objeto histórico de la lucha.

Dejemos a Emil Ludwig y a sus semejantes la tarea de pintarnos retratos de Abraham Lincoln adornados con alitas de color de rosa. La importancia de Lincoln reside en que para alcanzar el gran objetivo histórico asignado para el desarrollo del joven pueblo norteamericano, no retrocedió ante las medidas más rigurosas, cuando fueron necesarias. La cuestión ni siquiera reside en saber cuál de los beligerantes sufrió o infligió el mayor número de víctimas. La historia tiene un patrón diferente para medir las crueldades de los sudistas y las de los nordistas de la Guerra de Secesión. ¡Que no vengan eunucos despreciables a sostener que el esclavista que con violencia o astucia encadena a un esclavo es igual, ante la moral, que el esclavo que rompe sus cadenas con astucia o violencia!

Cuando ya estaba ahogada en sangre la Comuna de París y la canalla reaccionaria del mundo entero se había puesto a arrastrar su estandarte por el cieno, no faltaron numerosos filisteos demócratas que difamaron, al lado de la reacción, a los comuneros que habían ejecutado a 64 rehenes, empezando por el arzobispo de París. Marx no vaciló un instante en defender esta acción sangrienta de la Comuna. En una circular del Consejo General de la Internacional, bajo cuyas líneas creería uno escuchar lava que hierve, Marx recuerda primero que la burguesía usó el sistema de rehenes en su lucha contra los pueblos de las colonias y contra su propio pueblo, para referirse en seguida a las ejecuciones sistemáticas de comuneros prisioneros por los encarnizados reaccionarios. Y continúa: “Para defender a sus combatientes prisioneros, la Comuna no tenía más recurso que la toma de rehenes, habitual entre los prusianos. La vida de los rehenes se perdió y volvió a perderse porque los versalleses continuaban fusilando a sus prisioneros. ¿Habría sido posible salvar a los rehenes después de la horrible carnicería con que marcaron su entrada en París los pretorianos de Mac Mahon? ¿Habría que reducir a una burla el último contrapeso del salvajismo implacable de los gobiernos burgueses, la toma de rehenes?”. Eso escribía Marx sobre la ejecución de rehenes, a pesar de que tras él hubiese en el Consejo General no pocos Fenner Brockways, Norman Thomas y gente como Otto Bauer. Sin embargo, la indignación del proletariado mundial por las atrocidades de los versalleses era todavía tan grande que los confusionistas reaccionarios prefirieron callar, esperando tiempos mejores para ellos, que –desgraciadamente– no tardaron en llegar. Sólo después del triunfo definitivo de la reacción fue cuando los moralistas pequeñoburgueses, en unión con los burócratas sindicales y los charlatanes anarquistas, causaron la pérdida de la I Internacional.

Cuando la Revolución de Octubre se defendía contra las fuerzas de todo el imperialismo en un frente de ocho mil kilómetros, los obreros del mundo entero seguían el desarrollo de esta lucha con una simpatía tan ardiente que hubiese sido peligroso denunciar ante ellos el sistema de rehenes como una “repugnante barbarie”. Fue precisa la completa degeneración del Estado soviético y el triunfo de la reacción en una serie de países para que los moralistas salieran de sus agujeros… en ayuda de Stalin. En efecto, si las medidas de represión tomadas para defender los privilegios de la nueva aristocracia tienen el mismo valor moral que las medidas revolucionarias tomadas en la lucha libertadora, entonces Stalin está plenamente justificado, a menos que… se condene en bloque la revolución proletaria. Al tiempo que buscan ejemplos de inmoralidades en los acontecimientos de la guerra civil de Rusia, los señores moralistas se ven obligados a cerrar los ojos ante el hecho de que la revolución española restableció también el sistema de rehenes, por lo menos, durante el período en que fue una verdadera revolución de masas. Si los detractores todavía no se han atrevido a atacar a los obreros españoles por su “repugnante barbarie”, es únicamente porque el terreno de la península ibérica está aún demasiado candente para ellos. Es mucho más cómodo remontarse a 1919. Eso es ya historia: los viejos lo habrán olvidado ya y los jóvenes todavía no lo han aprendido. Por esa misma razón, los fariseos de cualquier matiz retornan con tanta insistencia a Kronstadt y Majno: ¡sus emanaciones de moral pueden exhalarse aquí libremente!

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