“Moral de Cafres” (capítulo 13)

Su moral y la nuestra -León Trotsky

Capítulo 13: “Moral de Cafres”

No es posible dejar de convenir con los moralistas en que la historia toma caminos crueles. ¿Qué conclusión sacar de ahí para la actividad práctica? León Tolstoi recomendaba a los hombres que fuesen más sencillos y mejores. El Mahatma Gandhi les aconseja tomar leche de cabra. ¡Ay! Los moralistas “revolucionarios” de la Neuer Weg no están tan lejos de esas recetas. “Debemos liberarnos –predican– de la moral de cafres para la que no hay más mal que el que hace el enemigo.” ¡Admirable consejo! “Debemos liberarnos…” Tolstoi recomendaba también liberarse del pecado de la carne. Y, sin embargo, la estadística no confirma el éxito de su propaganda. Nuestros homúnculos centristas han logrado elevarse hasta una moral por encima de las clases, dentro de una sociedad dividida en clases. Pero si hace casi dos mil años que ya se dijo: “Amad a vuestros enemigos”, “poned la otra mejilla”… Y, sin embargo, hasta ahora, ni el Santo Padre romano se ha “liberado” del odio a sus enemigos. ¡En verdad, el diablo, enemigo del género humano, es muy poderoso!

Aplicar criterios diferentes a los actos de los explotadores y de los explotados es –según la opinión de los pobres homúnculos– ponerse al nivel de la “moral de los cafres”. Preguntemos primero si corresponde a “socialistas” profesar semejante desprecio por los cafres. ¿Tan mala es su moral? He aquí lo que dice sobre ese tema la Enciclopedia Británica:

“En sus relaciones sociales y políticas manifiestan mucho tacto e inteligencia; son extraordinariamente valientes, belicosos y hospitalarios; y fueron honrados y veraces hasta que el contacto con los blancos les volvió suspicaces, vengativos y ladrones, y asimilaron, además, la mayor parte de los vicios de los europeos”. No se puede sino concluir que los misioneros blancos, predicadores de la moral eterna, contribuyeron a la corrupción de los cafres.

Si a un trabajador cafre se le dijese que los obreros, habiéndose rebelado en alguna parte del planeta, han pillado a sus opresores de improviso, el cafre se alegraría. Le apenaría, por el contrario, saber que los opresores han logrado engañar a los oprimidos. El cafre a quien los misioneros no han corrompido hasta la médula de los huesos, no consentirá nunca que se apliquen las mismas normas de moral abstracta a los opresores y a los oprimidos. En cambio, comprenderá muy bien –si se le explica– que el objeto de esas normas abstractas es, precisamente, impedir la rebelión de los oprimidos contra los opresores.

Coincidencia edificante: para calumniar a los bolcheviques, los misioneros de la Neuer Weg tienen que calumniar al mismo tiempo a los cafres; y en ambos casos la calumnia sigue el cauce de la mentira oficial burguesa: contra los revolucionarios y contra las razas de color. ¡No, nosotros preferimos los cafres a todos los misioneros, religiosos o laicos!

Sin embargo, es preciso no sobreestimar el grado de conciencia de los moralistas de la Neuer Weg o de los de otros callejones sin salida. Las intenciones de esa gente no son tan malas. Sin embargo, sirven de palanca al mecanismo de la reacción. En una época como la actual, en que los partidos pequeñoburgueses se aferran a la burguesía liberal o a su sombra (política de “frente popular”), paralizan al proletariado y allanan el camino al fascismo (España, Francia…) los bolcheviques, es decir, los marxistas revolucionarios, se convierten en personajes particularmente odiosos a los ojos de la opinión pública burguesa. La presión política fundamental de nuestros días se ejerce de derecha a izquierda. En resumidas cuentas, todo el peso de la reacción gravita sobre los hombros de una pequeña minoría revolucionaria. Esta minoría se llama la IV Internacional. Voilá l’ennemi! ¡He ahí el enemigo!

El estalinismo ocupa en el mecanismo de la reacción muchas posiciones dominantes. Todos los grupos de la sociedad burguesa, inclusive los anarquistas, utilizan de un modo o de otro su ayuda en la lucha contra la revolución proletaria. Al mismo tiempo, los demócratas pequeñoburgueses tratan de atribuir por lo menos el cincuenta por ciento de los crímenes odiosos de su aliado moscovita a la irreductible minoría revolucionaria. Ese es, precisamente, el significado del dicho ahora en boga: “trotskismo y estalinismo son lo mismo”. Los adversarios de los bolcheviques y de los cafres ayudan así a la reacción para calumniar el partido de la revolución.

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