La “amoralidad” de Lenin (capítulo 14)

Su moral y la nuestra -León Trotsky

 Capítulo 14: La “amoralidad” de Lenin

Los “socialistas revolucionarios” rusos han sido siempre los hombres más morales: en el fondo, eran solo pura ética. Eso no les impidió, sin embargo, engañar a los campesinos rusos durante la revolución. En el órgano parisiense de Kerenski –socialista ético también, precursor de Stalin en la fabricación de falsas acusaciones contra los bolcheviques– el viejo “socialista revolucionario” Zenzinov escribe: “Lenin enseñó, como se sabe, que para alcanzar su fin, los bolcheviques pueden y a veces deben ‘usar diversas estratagemas, el silencio y el disimulo de la verdad…” (Nóvaia Rosiia, 17 de febrero de 1938, pág. 3). De ahí la conclusión ritual: el estalinismo es hijo legítimo del leninismo.

Por desgracia, ese detractor ético ni siquiera sabe citar honradamente. Lenin escribió: “Es preciso saber aceptarlo todo, todos los sacrificios, y aun –en caso de necesidad–, usar estratagemas varias, astucia, procedimientos ilegales, el silencio, el disimulo de la verdad, para penetrar en los sindicatos, mantenerse en ellos, proseguir en ellos la acción comunista”. La necesidad de estratagemas y de astucias –según la explicación de Lenin–, era consecuencia de que la burocracia reformista, entregando a los obreros al capital, persigue a los revolucionarios y recurre inclusive contra ellos a la policía burguesa. La “astucia” y el “disimulo de la verdad” no son, en el caso, más que medios de una defensa legítima contra la burocracia reformista y traidora.

El propio partido de Zenzinov desarrolló, hace años, un trabajo ilegal contra el zarismo y más tarde contra el bolchevismo. En ambos casos, se valió de astucias, de estratagemas, de pasaportes falsos y de otras formas de “disimulo de la verdad”. Todos esos medios los consideró no sólo “éticos”, sino hasta heroicos, puesto que correspondían a los fines políticos de la democracia pequeñoburguesa. La situación, sin embargo, cambia tan pronto como los revolucionarios proletarios se ven obligados a recurrir a medidas conspirativas contra la democracia pequeñoburguesa. ¡La clave de la moral de esos señores, como se ve, tiene carácter de clase!

El “amoralista” Lenin recomienda abiertamente, en la prensa, utilizar astucias de guerra con los líderes que traicionan a los obreros. El moralista Zenzinov trunca deliberadamente una cita por los dos extremos a fin de engañar a sus lectores: el detractor ético ha sabido ser, como de costumbre, un bribón ruin. ¡No en vano a Lenin le gustaba repetir que es terriblemente difícil ir contra un adversario de buena fe!

El obrero que no oculta al capitalista la “verdad” sobre las intenciones de los huelguistas es sencillamente un traidor que sólo merece desprecio y boicot. El soldado que comunica la “verdad” al enemigo es castigado como espía. Kerenski mismo intentó de mala fe acusar a los bolcheviques de haber comunicado la “verdad” al Estado Mayor de Ludendorff. Resulta así que la “santa verdad” no es un fin en sí. Por encima de ella, existen criterios más imperativos que, como demuestra el análisis, tienen carácter de clase.

Una lucha a muerte no se concibe sin astucias de guerra; en otras palabras, sin mentiras ni engaños. ¿Pueden los proletarios alemanes no engañar a la policía de Hitler? ¿Obran “amoralmente” los bolcheviques soviéticos engañando a la GPU? Todo burgués honrado aplaude la habilidad del policía que logra atrapar con astucias a un peligroso gánster. ¿Y no va a estar permitida la astucia cuando se trata de derrocar a los gánsteres del imperialismo?

Norman Thomas habla de “la extraña amoralidad comunista que solo tiene en cuenta su partido y su poder” (Socialist Call, 12 de marzo de 1938). Thomas coloca así en el mismo saco a la Comintern actual, es decir, el complot de la burocracia del Kremlin contra la clase obrera, y al partido bolchevique, que encarnaba el complot de los obreros adelantados contra la burguesía. Hemos refutado suficientemente más arriba esta identificación enteramente desvergonzada. El estalinismo solo se disfraza con el culto del partido; en realidad, destruye y arrastra por el barro al partido mismo. Es verdad, sin embargo, que para el bolchevique el partido lo es todo. Esta actitud del revolucionario para con la revolución asombra y choca al socialista de salón, que es solo un burgués provisto de un “ideal” socialista. A ojos de Norman Thomas y de sus semejantes, el partido es un instrumento momentáneo para combinaciones electorales y demás, y solo eso. Su vida privada, sus intereses, sus relaciones, sus criterios de moral están fuera del partido. Considera con un asombro hostil al bolchevique, para quien el partido es el instrumento de la transformación revolucionaria de la sociedad, inclusive de la moral de ésta. En el marxista revolucionario no puede existir contradicción entre la moral personal y los intereses del partido, ya que en su conciencia el partido engloba las tareas y fines más elevados de la humanidad. Sería ingenuo creer que Thomas tiene una noción más elevada de la moral que los marxistas. Lo que pasa es que tiene una idea mucho más baja del partido.

“Todo lo que nace es digno de perecer”, dice el dialéctico Goethe. La ruina del partido bolchevique –episodio de la reacción mundial–, no disminuye, sin embargo, su importancia en la historia mundial. En la época de su ascenso revolucionario, es decir, cuando representaba verdaderamente la vanguardia proletaria, fue el partido más honrado de la historia. Cuando pudo, claro que engañó a las clases enemigas; pero dijo la verdad a los trabajadores, toda la verdad y solo la verdad. Únicamente gracias a eso conquistó su confianza, más que cualquier otro partido en el mundo.

Los subordinados a las clases dirigentes tratan al constructor de ese partido de “amoralista”. A ojos de los obreros conscientes, esta acusación le honra. Significa que Lenin se negaba a reconocer las reglas de moral establecidas por los esclavistas para los esclavos, y nunca observadas por los esclavistas mismos; significa que Lenin incitaba al proletariado a extender la lucha de clases inclusive al ámbito de la moral. ¡Quien se incline ante las reglas establecidas por el enemigo no vencerá jamás!

La “amoralidad” de Lenin, es decir, su negativa a admitir una moral por encima de las clases, no le impidió mantenerse fiel al mismo ideal durante toda su vida; darse enteramente a la causa de los oprimidos; dar pruebas de la mayor honradez en la esfera de las ideas y de la mayor intrepidez en la esfera de la acción; no tener la menor suficiencia para con el “sencillo” obrero, con la mujer indefensa y con el niño. ¿No parece que la “amoralidad” solo es, en este caso, sinónimo de una más elevada moral humana?

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