Un episodio edificante (capítulo 15)

Su moral y la nuestra -León Trotsky

 Capítulo 15: Un episodio edificante

Es conveniente referir aquí un episodio que, aunque de poca importancia en sí, ilustra bastante bien la diferencia entre su moral y la nuestra. En 1935, en cartas a mis amigos belgas, desarrollé la idea de que el intento de un joven partido revolucionario de crear sus “propios” sindicatos equivaldría al suicidio. Es preciso ir a buscar a los obreros donde estén. Pero, ¿significa eso dar cuotas sostener un aparato oportunista? Claro, respondí. Para tener derecho a desarrollar un trabajo de zapa contra los reformistas es preciso provisionalmente pagarles tributo. Pero los reformistas no permitirán desarrollar un trabajo de zapa contra ellos… Claro, respondí. El trabajo de zapa exige medidas conspirativas. Los reformistas son la policía política de la burguesía en el seno de la clase obrera. Es preciso saber obrar sin su autorización, y a pesar de sus prohibiciones… En el curso de un registro casual en casa del camarada D., en relación –si no me equivoco– con un asunto de suministro de armas a los obreros españoles, la policía belga se apoderó de mi carta. Algunos días más tarde fue publicada. La prensa de Vandervelde, de De Man y de Spaak no ahorró las condenas de mi “maquiavelismo” y mi “jesuitismo”. ¿Y quiénes eran, pues, mis censores?

Vandervelde, presidente de la II Internacional durante largos años, se había convertido hacía tiempo en el hombre de confianza del capital belga. De Man, quien en una serie de tomos panzudos había tratado de ennoblecer el socialismo, adornándolo con una moral idealista y aproximándose, a escondidas, a la religión, aprovechó la primera ocasión para engañar a los obreros y convertirse en un ministro ordinario de la burguesía. En cuanto a Spaak, la cosa es todavía más impresionante. Año y medio antes, este caballero se encontraba en la oposición socialista de izquierda y había venido a verme a Francia para consultarme respecto de los métodos de lucha contra la burocracia de Vandervelde. Yo le había expuesto las ideas que más tarde formaron el contenido de mi carta. Un año apenas después de su visita, Spaak renunciaba a las espinas para quedarse con la rosa. Traicionando a sus amigos de la oposición, se convertía en uno de los ministros más cínicos del capital belga. En los sindicatos y en el partido, esos caballeros ahogan cualquier crítica, desmoralizan y corrompen sistemáticamente a los obreros más avanzados y excluyen también sistemáticamente a los imbéciles. Se distinguen de la GPU únicamente por no haber recurrido hasta hoy al derramamiento de sangre: como buenos patriotas que son, reservan la sangre obrera para la próxima guerra imperialista. Está claro: ¡es preciso ser un enviado del diablo, un monstruo moral, un “cafre”, un bolchevique para dar a los obreros revolucionarios el consejo de que sigan las reglas de la conspiración en la lucha contra esos caballeros!

Desde el punto de vista de la legalidad belga, mi carta no contenía, naturalmente, nada criminal. La policía de un país “democrático” se hubiera sentido obligada a restituirla al destinatario, disculpándose. La prensa del Partido Socialista hubiera debido protestar contra un registro dictado por los intereses del general Franco. Sin embargo, los señores socialistas no tuvieron el menor escrúpulo en sacar partido del servicio indiscreto que les ofrecía la policía: sin lo cual no hubieran gozado de la feliz ocasión de manifestar, una vez más, la superioridad de su moral sobre la amoralidad de los bolcheviques.

Todo es simbólico en este episodio. Los socialdemócratas belgas me abrumaron con su indignación en el momento preciso en que sus camaradas noruegos nos tenían, a mi mujer y a mí entre rejas para impedir que pudiésemos defendernos lo más mínimo de las acusaciones de la GPU. El gobierno noruego sabía perfectamente que las acusaciones de Moscú eran falsas: el órgano oficial de la socialdemocracia lo escribió con todas las letras desde el primer día. Pero Moscú atacó el bolsillo de los armadores y los comerciantes de pescado noruegos, y los señores socialdemócratas se pusieron inmediatamente a cuatro patas. El jefe del partido, Martín Tranmael, es más que una autoridad en materia moral, es un justo: no bebe ni fuma, es vegetariano y se baña en invierno en agua helada. Eso no le impidió, después de habernos mandado prender por órdenes de la GPU, invitar especialmente para que me calumniase al agente noruego de la GPU, Jacob Friis, un burgués sin honor ni conciencia. Pero basta…

La moral de esos señores consiste en reglas convencionales y procedimientos oratorios destinados a tapar sus intereses, sus apetitos y sus terrores. En su mayor parte, están dispuestos a todas las bajezas –a renegar, a la perfidia, a la traición– por ambición o por lucro. En la esfera sagrada de los intereses personales, el fin justifica los medios. Perfectamente, por eso necesitan un código moral particular, práctico y al mismo tiempo elástico, como unos buenos tirantes. Detestan a quienquiera que revela a las masas su secreto profesional. En tiempo de “paz”, su odio se expresa por medio de calumnias, vulgares o “filosóficas”. Cuando los conflictos sociales se avivan, como en España, esos moralistas, estrechando la mano de la GPU, exterminan a los revolucionarios. Y para justificarse, repiten que “trotskismo y estalinismo son lo mismo”.

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