Interdependencia dialéctica del fin y de los medios (capítulo 16)

Su moral y la nuestra -León Trotsky

Capítulo 16: Interdependencia dialéctica del fin y de los medios

El medio sólo puede ser justificado por el fin. Pero éste, a su vez, debe justificarse. Desde el punto de vista del marxismo, que expresa los intereses históricos del proletariado, el fin está justificado si conduce a acrecentar el poder del hombre sobre la naturaleza y a abolir el poder del hombre sobre el hombre.

¿Significa eso que para alcanzar tal fin todo esté permitido?, nos preguntará sarcásticamente el filisteo, revelando que no ha comprendido nada. Está permitido –responderemos–, todo lo que conduce realmente a la liberación de la humanidad. Y puesto que este fin sólo puede alcanzarse por caminos revolucionarios, la moral emancipadora del proletariado posee –indispensablemente–, carácter revolucionario. Se opone irreductiblemente no sólo a los dogmas de la religión, sino también a los fetiches idealistas de toda especie, gendarmes filosóficos de la clase dominante. Deduce las reglas de conducta de las leyes del desarrollo de la humanidad, y por consiguiente, ante todo, de la lucha de clases, ley de leyes.

¿Significa eso, a pesar de todo, que en la lucha de clases contra el capitalismo todos los medios estén permitidos: la mentira, la falsificación, la traición, el asesinato, etc.?, insiste todavía el moralista. Sólo son admisibles y obligatorios –le responderemos–, los medios que aumentan la cohesión revolucionaria del proletariado, inflaman su alma con un odio implacable a la opresión, le enseñan a despreciar la moral oficial y a sus súbditos demócratas, le impregnan de la conciencia de su misión histórica, aumentan su bravura y su abnegación en la lucha. Precisamente de eso se desprende que no todos los medios están permitidos. Cuando decimos que el fin justifica los medios, de ahí se deriva para nosotros la conclusión de que el gran fin revolucionario rechaza, como medios, todos los procedimientos y métodos indignos que enfrentan a una parte de la clase obrera contra las otras; o que intentan hacer la dicha de las demás sin su propio concurso; o que reducen la confianza de las masas en ellas mismas y en su organización, substituyéndola por la adoración de los “jefes”. Por encima de todo, irreductiblemente, la moral revolucionaria condena el servilismo para con la burguesía y la altanería para con los trabajadores, es decir, uno de los rasgos más hondos de la mentalidad de los pedantes y de los moralistas pequeñoburgueses.

Esos criterios no dicen, naturalmente, lo que está permitido y lo que es inadmisible en cada caso dado. Semejantes respuestas automáticas no pueden existir. Los problemas de la moral revolucionaria se confunden con los problemas de la estrategia y de la táctica revolucionarias. La respuesta correcta a esos problemas únicamente puede encontrarse en la experiencia viva del movimiento, a la luz de la teoría.

El materialismo dialéctico desconoce el dualismo de medios y fines. El fin se deduce naturalmente del movimiento histórico mismo. Los medios están orgánicamente subordinados al fin. El fin inmediato se convierte en medio del fin ulterior. En su drama, Franz von Sickingen, Ferdinand Lassalle pone las palabras siguientes en boca de uno de sus personajes :
No muestres sólo el fin, muestra también la ruta, – Pues el fin y el camino tan unidos se hallan – Que uno en otro se cambian, – Y cada nueva ruta descubre nuevo fin.

Los versos de Lassalle son muy imperfectos. Y peor aún, en la política práctica Lassalle se separó de la regla enunciada por él: baste recordar que llegó a mantener negociaciones secretas con Bismarck. La interdependencia de fin y medios, sin embargo, está expresada, en los versos reproducidos, de modo enteramente exacto. Es preciso sembrar un grano de trigo para cosechar una espiga de trigo.

El terrorismo individual, por ejemplo, ¿es o no admisible, desde el punto de vista de la “moral pura”? En esta forma abstracta, la pregunta, para nosotros, carece de sentido. Los burgueses conservadores suizos conceden todavía hoy honores oficiales al terrorista Guillermo Tell. Nosotros simpatizamos enteramente con el bando de los terroristas irlandeses, rusos, polacos, hindúes, en su lucha contra la opresión nacional y política. Kirov, sátrapa brutal, no suscita ninguna compasión. Nos mantenemos neutrales frente a quien lo mató solo porque ignoramos los móviles que lo guiaron. Si llegáramos a saber que Nicolaiev le hirió conscientemente para vengar a los obreros cuyos derechos pisoteaba Kirov, nuestras simpatías estarían enteramente al lado del terrorista. Sin embargo, lo que decide para nosotros no son los móviles subjetivos, sino la adecuación objetiva. ¿Puede ese medio conducir realmente al fin? En el caso del terror individual, la teoría y la experiencia atestiguan que no. Nosotros decimos al terrorista: es imposible reemplazar a las masas; solo dentro de un movimiento de masas podrás emplear útilmente tu heroísmo. Sin embargo, en una situación de guerra civil, el asesinato de ciertos opresores deja de ser un acto de terrorismo individual. Si, por ejemplo, un revolucionario hubiese dinamitado al general Franco y a su Estado Mayor, es dudoso que semejante acto hubiera provocado una indignación moral, siquiera entre los eunucos de la democracia. En tiempo de guerra civil, un acto de ese género sería hasta políticamente útil. Así, aun en la cuestión más aguda – el asesinato del hombre por el hombre–, los absolutos morales resultan enteramente inoperantes. La apreciación moral, lo mismo que la apreciación política, se desprende de las necesidades internas de la lucha.

La emancipación de los trabajadores sólo puede ser obra de los trabajadores mismos. Por eso no hay mayor crimen que engañar a las masas, que hacer pasar las derrotas por victorias, a los amigos por enemigos, que corromper a los jefes, que amañar leyendas, que montar procesos falsos, en una palabra, que hacer lo que hacen los estalinistas. Esos medios sólo pueden servir a un único fin: prolongar la dominación de una pandilla condenada ya por la historia. No pueden servir, sin embargo, para la emancipación de las masas. He ahí por qué la IV Internacional desarrolla una lucha a muerte contra el estalinismo.

Las masas, naturalmente, no carecen de pecado. La idealización de las masas nos es extraña. Las hemos visto en circunstancias variadas, en diversas etapas, en medio de los mayores trastornos políticos. Hemos observado su lado fuerte y su lado débil. El fuerte, la decisión, la abnegación, el heroísmo, encontraron siempre su expresión más alta en los períodos de ascenso de la revolución. En esos momentos, los bolcheviques estuvieron a la cabeza de las masas. Se abrió luego otro capítulo de la historia, en el que se revelaron los lados débiles de los oprimidos: heterogeneidad, falta de cultura, horizontes limitados. Fatigadas, distendidas, desilusionadas, las masas perdieron la confianza en ellas mismas y dieron paso a una nueva aristocracia. En este período, los bolcheviques (los “trotskistas”) se hallaron aislados de las masas.

Prácticamente, hemos recorrido dos de esos grandes ciclos históricos: 1897-1905, años de ascenso; 1907-1913, años de reflujo; 1917-1923, años de ascenso, sin precedente en la historia; después, un nuevo período de reacción, que todavía hoy no ha terminado. De esos grandes acontecimientos, los “trotskistas” han aprendido el ritmo de la historia; en otros términos la dialéctica de la lucha de clases. Han aprendido y parece, hasta cierto grado, que han acertado a subordinar a ese ritmo objetivo sus planes y sus programas subjetivos. Han aprendido a no desesperar porque las leyes de la historia no dependen de nuestros gustos individuales o no se someten a nuestros criterios morales. Han aprendido a subordinar sus gustos individuales a las leyes de la historia. Han aprendido a no temer ni a los enemigos más poderosos, si su poder se halla en contradicción con las necesidades del desarrollo histórico. Saben nadar contra la corriente, con la honda convicción de que el poderoso impulso de un nuevo flujo histórico los llevará hasta la orilla. No todos arribarán: muchos se ahogarán. Pero tomar parte en ese movimiento con los ojos abiertos y con la voluntad tensa, ¡sólo eso puede dispensar la satisfacción moral suprema atribuible a un ser pensante!

Coyoacán, 16 de febrero de 1938.

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