Huelga general en Italia y Bélgica, sí, la lucha de clases existe

(publicado en la Carta Semanal 504)

Carta-504La semana pasada, las clases trabajadoras de Bélgica e Italia se han expresado por medio de una de sus armas fundamentales de lucha, la huelga general, el 12 de diciembre en Italia y el 15 en Bélgica. Por cientos de miles, han hecho la huelga y se han manifestado con sus organizaciones sindicales. Y sin embargo, esta formidable acción de clase, en el tercer país de la Unión Europea por su tamaño, y en el país que alberga a la Comisión Europea, la “capital” de la UE, apenas ha merecido unas líneas en los principales medios de prensa. Lo que demuestra, de una parte, la necesidad apremiante de organizar medios de comunicación de la clase trabajadora, y en primer lugar periódicos propios, y, por otra parte, la vacuidad de los argumentos de quienes niegan la lucha de clases y de los que pretenden destruir a los sindicatos que ha levantado la clase trabajadora para sustituirlos por organizaciones “novísimas” o “abiertas a los emprendedores”.

Y es que hay quienes pretenden convencernos de que hay que reformar y “democratizar” las instituciones del capital financiero como el Banco Central Europeo, la Unión Europea o incluso el FMI, pero rechazan indignados la posibilidad de recuperar los sindicatos para los trabajadores. Con su actitud complementan a los que niegan la existencia de la clase trabajadora para hablarnos de “clases medias” o de “clases subordinadas”, y niegan por tanto la lucha de clases. De manera nada sorprendente, a veces los que dicen lo primero y lo segundo son los mismos.

Un movimiento de la clase trabajadora que moviliza a sus organizaciones

En Bélgica, hace unos pocos meses, los dirigentes de las mismas organizaciones sindicales que han organizado la huelga habían firmado un pacto social con el Gobierno aceptando acompañar las contrarreformas. Pero estas contrarreformas suponían un grave ataque a los trabajadores de ese país, y provocaron importantes reacciones y movilizaciones. En el seno de las propias organizaciones sindicales, millares de militantes y cuadros buscaban preservar la independencia de sus organizaciones y organizaban el combate para bloquear esas contrarreformas. Bajo la presión de las masas, las confederaciones sindicales han tenido que convocar esa jornada de huelga y de manifestaciones.

En Italia la huelga fue convocada primero por la CGIL, el principal sindicato. Más tarde se unió a la convocatoria la UIL, que rompió su acuerdo con la central cristiana CSIL. Pero, de manera contradictoria con la convocatoria de huelga y la participación masiva de los trabajadores en el paro y las manifestaciones convocadas, la secretaria general de la CGIL, Susanna Camusso, declaraba la misma tarde de la huelga que “el Gobierno comete un error al eliminar la discusión y la participación de los sindicatos en la elaboración de las leyes”. Y Marc Goblet, secretario general de la FGTB, decía en Bruselas que “en principio vamos a buscar las vías para relanzar la concertación” con el gobierno y, si esto no fuera posible, “no tendremos otra alternativa redefinir un plan de acciones a partir de enero”. Pero ni en Turín ni en Bruselas se han manifestado los trabajadores para defender “buenos” recortes pactados con sus dirigentes, sino para acabar con todos los planes de recortes.

La contradicción entre la política de “diálogo social” a la que se aferran los dirigentes y la voluntad de la clase trabajadora de defender sus derechos y conquistas está clara. La primera opción – defendida por la Unión Europea en todos los países– supone asociar a las organizaciones de los trabajadores a la aplicación de las políticas impuestas por el capital financiero. La segunda es la expresión natural de la lucha de clases, fenómeno social que es el resultado natural de la división de la sociedad en clases con intereses antagónicos, puesto que una de ellas, la burguesía, vive de apropiarse de la plusvalía, una parte del resultado del trabajo productivo de la otra clase fundamental, la clase trabajadora.

En el caso de Bélgica, la huelga se ha desarrollado masivamente tanto en el norte flamenco como en el sur francófono, expresando la unidad de la clase trabajadora en defensa de sus conquistas arrancadas dentro del marco nacional de la lucha de clases. Y demostrando cómo esa unidad puede expresarse a pesar de las divisiones, alimentadas por unos y por otros, que las declaran irresolubles, entre valones y flamencos.

En Francia, lo determinante es la negativa del principal sindicato, la CGT, y de la tercera fuerza sindical, Force Ouvrière, a firmar el llamado “pacto de responsabilidad” y a participar, por tanto, en la aplicación de las contrarreformas.

Lo que demuestran las huelgas generales de Italia y Bélgica, así como lo de Francia, es que la propia lucha de clases se expresa en el interior de las organizaciones obreras, enfrentando a los que defienden la colaboración de clases con el capital con el movimiento de la propia clase en defensa de sus propios intereses, de sus derechos, de sus conquistas sociales. Y que el resultado de esa batalla está lejos de haberse decidido.

El fracaso de la política de diálogo social

Además, tras las movilizaciones de Italia o Bélgica está un hecho incontrovertible: el fracaso absoluto de la política de diálogo social, especialmente en estos años de crisis y planes de ajuste, en que sólo puede estar sobre la mesa la aplicación “conjunta y negociada” de los recortes, sin ninguna contrapartida posible.

Recordemos que el diálogo social no tiene nada que ver con la negociación. La propia OIT, en su Informe Mundial sobre el Trabajo de 2011, lo explica, hablando de “el surgimiento en varios países, sobre todo, pero no exclusivamente de Europa, de un tipo especial de negociación colectiva centralizada, conocido como pacto social, que aunque aparentemente es similar a los acuerdos anteriores (…), tiene resultados bastante distintos y, sobre todo, atiende más a la competitividad que a la redistribución”. La OIT explica, y traduce incluso en cifras, que el diálogo social no tiene nada que ver con la negociación colectiva, porque no busca la “redistribución de la renta”, es decir, la mejora de la situación de los trabajadores, sino la “competitividad”, o sea, los intereses de las empresas.Es decir, queparte dela aceptación por parte de los sindicatos del marco fijado por el gobierno y/o los patronos, lo cual es un obstáculo a la verdadera y libre negociación colectiva.

¿Es tan diferente el Estado Español?

Nadie puede dudar de que ese mismo movimiento, resultado de la lucha de clases, se expresa en nuestro país y dentro de nuestras principales confederaciones, Comisiones Obreras y la UGT. Se ha visto en las más de 2000 firmas de cuadros sindicales entregadas a Toxo y Méndez por la Plataforma de Sindicalistas para pedir la ruptura con la política de Diálogo Social, o en el surgimiento de fenómenos como “Ganemos CCOO”, pero si algo lo demuestra con claridad es lo sucedido en el conflicto de Coca-Cola, donde los trabajadores de la planta de Fuenlabrada, que se han negado a aceptar los despidos o a vender sus puestos de trabajo, mantuvieron su movilización, apoyándose en la sección sindical de CCOO, y han acabado por imponer a la Federación Agroalimentaria y a la propia Confederación de CCOO la defensa de su opción.

Los últimos cinco años han visto en nuestro país una movilización de los trabajadores sin precedentes desde los años 30, que se desarrolló a todos los niveles, desde el centro de trabajo hasta el sector y la huelga general, hasta que en noviembre de 2012, tras una de las mayores huelgas generales conocidas, los máximos dirigentes de CCOO y UGT optaron por coger “otro camino”, privando a los trabajadores de su capacidad de acción unida –juntos podemos– para echar atrás los terribles ataques del Gobierno. El resultado fue abandonar el combate por la derogación de la reforma laboral, dejar pasar ataques en cadena, hasta llegar a la persecución actual contra el derecho de huelga y contra los sindicatos. El “otro camino” ha sido explorado, los trabajadores no pueden defenderse con las manos atadas a la espalda, y como dice la Plataforma de Sindicalistas, “el diálogo social ha fracasado, es la hora de la movilización”. Como en Italia, en Bélgica o en Francia.

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