UE, desindustrialización y precariedad (segunda parte): ¿qué hacer?

(Publicado en la Carta Semanal 797 – ver en catalán)

En la primera parte de esta Carta Semanal explicamos el problema que supone el desmantelamiento del sector industrial, cuyo peso en el PIB se redujo de más del 30% a solamente el 12,1% (el 11,5% del empleo total), complementado con el cierre de la minería, así como de una parte considerable de la agricultura, la ganadería, la pesca, las oficinas bancarias, etc. Explicamos también que la desindustrialización fue una exigencia de las “instituciones europeas”, que actúan al servicio del capital financiero, especialmente estadounidense. Incluso ya estamos viendo como el supuesto contraejemplo de la industria del automóvil está amenazada, una vez que se agota la coyuntura que aprovecharon las multinacionales, bien subvencionadas con dinero público.


Desde el punto de vista de la mayoría, quienes vivimos de nuestro trabajo, es una falacia que la desindustrialización fuera solamente un pequeño peaje para la entrada en la CEE, globalmente ventajosa gracias a la llegada de ciertos fondos, etc.  El balance es que sus efectos demoledores se dejan ver cada día en esa “economía de sol y playa”, donde el turismo, la construcción y otras actividades de bajo valor añadido ocupan el lugar que desaloja la industria, con la consiguiente extensión de la precariedad laboral, impulsada por las sucesivas contrarreformas laborales y especialmente las de los gobiernos de Zapatero en 2010 y de Rajoy en 2012. Es el caso de la agricultura intensiva orientada a la exportación, que se asienta en un enorme grado de explotación de la población inmigrante. Precariedad que alcanza nuevas cotas con la llamada uberización, que niega incluso la condición de asalariados de los trabajadores, provocándoles una vulnerabilidad extrema.

En efecto, la desindustrialización muestra que la pertenencia a la CEE-UE es la forma a través de la cual el régimen monárquico heredado de la dictadura institucionaliza su subordinación al FMI, que es el camino seguro hacia nuevos retrocesos sociales. Conviene precisar que, sin perjuicio de que la burguesía alemana se haya visto más o menos favorecida por esta suerte de “división europea del trabajo”, la idea de que “Alemania manda” es tan ilusoria como la pretensión del capataz que se cree el dueño del cortijo cuando éste se ausenta, ya que a la hora de la verdad, el dueño vuelve, da un puñetazo en la mesa y deja claro quién manda realmente; como ha ocurrido con la troika como caballo de Troya para la dirección de la política económica por el FMI en economías europeas.

La resistencia de la clase obrera a la destrucción que impone la UE

Falta un punto decisivo para completar esta cuestión que abordamos: la resistencia obrera. A lo largo de todo el periodo comentado, su lucha alcanzó niveles heroicos. Para recordarlo, basta mencionar el combate en astilleros como Euskalduna, los de Ferrol o Puerto Real; o en la minería; o en Reinosa y un largo etcétera. O en un caso emblemático, Sagunto, donde la resistencia se extendió por más de un año, entre febrero de 1983 y abril de 1984, incluyendo nueve huelgas generales en la comarca, veinticuatro huelgas generales en la fábrica, numerosas marchas a Valencia y a Madrid, junto con la ocupación de la fábrica por los trabajadores durante tres meses, en los que mantuvieron encendidos los hornos negándose a obedecer las órdenes de pararlos. Los trabajadores de Sagunto recogieron 700.000 firmas para una proposición de ley en el Congreso, que éste denegó. Los trabajadores de Sagunto discutieron convocar una conferencia estatal de trabajadores de distintas empresas en defensa de la industria, pero los dirigentes sindicales amenazaron con boicotearlo y expulsarles.

En todo caso, sin menospreciar algunas medidas arrancadas, como en Nissan hoy, los planes de desmantelamiento industrial se abrieron camino, la resistencia no triunfó. ¿Por qué?.  Como marxistas, para nosotros es innegociable la fidelidad a los hechos. En consecuencia, no ocultamos la responsabilidad de las direcciones políticas y sindicales que, bloqueando la extensión de la movilización a otros sectores y provincias y por tanto manteniendo las luchas atomizadas, impidieron su triunfo. A la vez, con el Acuerdo Social y Económico (ASE) de 2011 aceptaron una contrarreforma del sistema de pensiones.

Las sucesoras de aquellas direcciones nos proponen hoy otro fetiche: “un nuevo modelo productivo”. Pero no dicen quién lo va a poner en marcha. Y sabemos que el capital dominante, que es el capital financiero, no lo va a hacer porque el lugar que reserva a la economía española descarta la producción industrial, que se reserva a países donde los salarios son aún más bajos. ¿Y el Estado? Imposible en el marco de la UE, porque está expresamente prohibido que los Estados financien actividades productivas: “(…) serán incompatibles con el mercado interior (…) las ayudas otorgadas por los Estados o mediante fondos estatales, bajo cualquier forma, que falseen o amenacen falsear la competencia, favoreciendo a determinadas empresas o producciones” (artículo 107 del Tratado de Funcionamiento de la Unión Europea).

La UE no hace honor a su nombre: ni es europea porque, de Marshall a la troika, en todos los momentos importantes se subordina al imperialismo estadounidense; ni es unión porque nunca se pueden conciliar los intereses de la clase trabajadora y la clase capitalista (tampoco los de las distintas burguesías, salvo puntualmente). Su carácter reaccionario se revela en las exigencias para la entrada del Estado español y en toda la trayectoria posterior, hasta el acuerdo del pasado 28 de julio, calificado como histórico por esos dirigentes, pero cuyo contenido es más de lo mismo: que los trabajadores paguen la transferencia de recursos al capital financiero, con todo su corolario de regresión social.

¿Anomalía de la historia o norma incuestionable del capitalismo?

¿A qué obedece esta situación? ¿Cómo es posible que, por ejemplo en la agricultura, los gobiernos subvencionen la destrucción de cultivos y multen la producción? ¿Se trata acaso de un error, de un lamentable malentendido? En realidad no es ninguna novedad. En 1939, Trotsky escribe un texto, conocido como El pensamiento vivo de Marx, en el que aborda expresamente esta cuestión: “el marasmo ha adquirido un carácter particularmente degradante en la esfera más antigua de la actividad humana, en la más estrechamente relacionada con las necesidades vitales del hombre: la agricultura. No satisfechos ya con los obstáculos que la propiedad privada, en su forma más reaccionaria, la de los pequeños terratenientes, opone al desarrollo de la agricultura, los gobiernos capitalistas se ven obligados con frecuencia a limitar la producción artificialmente con la ayuda de medidas legislativas y administrativas que hubieran asustado a los artesanos de los gremios en la época de su decadencia. Deberá ser recordado por la historia que los gobiernos de los países capitalistas más poderosos concedieron premios a los agricultores para que redujeran sus plantaciones, es decir, para disminuir artificialmente la renta nacional ya en disminución. Los resultados son evidentes por sí mismos: a pesar de las grandiosas posibilidades de producción, aseguradas por la experiencia y la ciencia, la economía agraria no sale de una crisis putrescente, mientras que el número de hambrientos, la mayoría predominante de la humanidad, sigue creciendo con mayor rapidez que la población de nuestro planeta”.

No es una anomalía histórica sino adónde conduce inevitablemente el capitalismo, como afirmaba el propio Trotsky en dicho texto, del que tomamos el título de este apartado. Es la exigencia del capital, cada vez más destructiva. Este pasado jueves día 20 se han cumplido ochenta años del asesinato, por orden de Stalin, del que fuera teórico y militante marxista, así como uno de los principales dirigentes -con Lenin- de la Revolución rusa[1]. Y como el mejor homenaje que se le puede rendir a un revolucionario es aprender de su legado, vamos a recuperar más elementos de este texto cuya lectura recomendamos con todo énfasis, por su plena vigencia.

El trasfondo de los problemas es la crisis crónica del capitalismo

 Toda la problemática de la desindustrialización, el desempleo, la precariedad y la propia crisis anteceden a la pandemia del coronavirus. De hecho, no es sólo que la pandemia no sea la causante de la crisis sino que, al contrario, la crisis capitalista y las políticas que la acompañan son la causa de la magnitud que alcanza la pandemia. Obviamente la situación habría sido muy distinta si no se hubieran desmantelado los servicios públicos de salud, si no se hubiera precarizado y también destruido empleo en el sector, si la investigación se orientara a las necesidades de la mayoría y no al negocio de unos pocos, si la industria farmacéutica no estuviera en manos de multinacionales sino que fuera un servicio público, etc. Todo ello sin perjuicio de que, efectivamente, la pandemia hace aflorar la crisis latente y la acelera y dispara.

Hace 81 años Trotsky explicaba ya esta cuestión, en los siguientes términos: “la vida del capitalismo monopolista de nuestra época es una cadena de crisis. Cada una de las crisis es una catástrofe. La necesidad de salvarse de esas catástrofes parciales por medio de murallas aduaneras, de la inflación, del aumento de los gastos del gobierno y de las deudas prepara el terreno para otras crisis más profundas y más extensas. La lucha por conseguir mercados, materias primas y colonias hace inevitables las catástrofes militares”. Y añade: “todo ello prepara las catástrofes revolucionarias”.

Sin embargo, se nos sigue proponiendo una vuelta atrás, a un supuesto “capitalismo bueno”, plasmado en el llamado “Estado del bienestar” (que en realidad eran conquistas arrancadas por la clase obrera, las cuales permitían un bienestar sólo relativo, que no comprometiera la rentabilidad del capital y que, por eso mismo, bajo el capitalismo tenía “fecha de caducidad”). Trotsky explica así el carácter ilusorio de tales propuestas: “la libertad de comercio, como la libertad de competencia, como la prosperidad de la clase media, pertenecen al pasado irrevocable. Traer de vuelta el pasado es ahora la única prescripción de los reformadores democráticos del capitalismo: traer de vuelta más “libertad” a los industriales y hombres de negocios pequeños y medianos, cambiar en su favor el sistema de crédito y de moneda, liberar al mercado del dominio de los ‘trusts’, eliminar a los especuladores profesionales de la Bolsa, restaurar la libertad del comercio internacional, y así por el estilo, ad infinitum”.

La única salida: la organización política independiente de la clase trabajadora, para la lucha incondicional por las reivindicaciones

En el capitalismo no hay salida, es ficticia toda ilusión de reformar el capitalismo porque los problemas no son circunstanciales sino que proceden de su lógica misma. Por tanto, la solución a los problemas exige la superación del capitalismo. Como plantea Trotsky en el texto que estamos citando:

en consecuencia, para salvar a la sociedad no es necesario detener el desarrollo de la técnica, cerrar las fábricas, conceder premios a los agricultores para que saboteen la agricultura, pauperizar a un tercio de los trabajadores, ni llamar a los maníacos para que hagan de dictadores. Ninguna de estas medidas, que constituyen una burla horrible para los intereses de la sociedad, es necesaria. Lo que es indispensable y urgente es separar los medios de producción de sus actuales propietarios parásitos y organizar la sociedad de acuerdo con un plan racional. Entonces será realmente posible por primera vez curar a la sociedad de sus males. Todos los que sean capaces de trabajar deben encontrar un empleo. La jornada de trabajo debe disminuir gradualmente. Las necesidades de todos los miembros de la sociedad deben asegurar una satisfacción creciente. Las palabras ‘pobreza’, ‘crisis’, ‘explotación’, deben ser arrojadas de la circulación. La humanidad podrá cruzar finalmente el umbral de la verdadera humanidad”.

¿Acaso tiene algo de anacrónico este párrafo, escrito hace 81 años? Basta un ejemplo para mostrar su dramática vigencia: la FAO, un organismo intergubernamental, reconoce que hoy la humanidad produce comida para alimentar a 12 000 millones de personas, a razón de 2700 calorías diarias, pero pese a que la población mundial sólo es de 7 500 millones, 821 millones pasan hambre.

La UE y la monarquía, instituciones al servicio del capital, son el pasado, son obstáculos para todas las reivindicaciones sentidas por los trabajadores y los pueblos. Para satisfacerlas es imprescindible romper con ambas. Y de igual modo que no se trata simplemente de sustituir un Jefe de Estado monárquico por uno republicano, sino que se necesita una República liberada de toda subordinación a los intereses del capital, tampoco se trata de que tal o cual Estado salga de la UE, sino de la ruptura de los pueblos europeos del corsé de esta institución del capital financiero, para abrir una salida a los problemas actuales verdaderamente digna de este nombre. La absoluta descoordinación de la UE ante la grave crisis sanitaria actual lo revela con claridad, de igual modo que el Brexit y tantos otros ejemplos: en el capitalismo no puede haber una unión europea real, sólo unos Estados Unidos Socialistas de Europa podrían serlo.

Para avanzar hacia la salida necesaria sólo hay un camino: la organización política de la clase trabajadora, independiente de todo compromiso con el capital y todas sus instituciones, para luchar incondicionalmente, hasta el final, por las reivindicaciones legítimas de la mayoría.

[1] Estaban Volkov, nieto de Trotsky, nos explicó, en una entrevista en marzo de 2019, que el asesino, Ramón Mercader, había estado preguntando previamente, de forma insistente, cuánto avanzaba la biografía de Stalin que Trotsky estaba escribiendo por encargo.

 

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