Acerca de la cuestión de las migraciones

(Publicado en la Carta Semanal 690ver en catalán)

El recién elegido presidente del PP, Pablo Casado, ha decidido hacer bandera de la lucha contra la “inmigración ilegal”. Se suma, así, a las formaciones que agitan contra los trabajadores inmigrantes, a los que acusan de ser responsables de la bajada de salarios y la pérdida de empleos. Pero no han sido los inmigrantes los responsables de la destrucción de los buenos empleos de la siderurgia, la construcción naval y la banca, o de la sustitución de los buenos empleos en las eléctricas, las telecomunicaciones, etc., por ETT y subcontratas ultraprecarias. Ha sido el capital financiero y los gobiernos a su servicio, con la Unión Europea como principal animadora.

Merece la pena detenerse a exponer algunas ideas sobre esta cuestión. Comencemos por recordar el análisis que hacía Marx de la utilización por el capitalismo inglés de la explotación de Irlanda. Tras haber sometido a Irlanda a la hambruna y provocado una emigración masiva hacia Inglaterra y los Estados Unidos, la burguesía inglesa se servía de los trabajadores irlandeses llegados a Inglaterra para hacer bajar los salarios, y alimentaba, por medio de la prensa, los rumores, las iglesias, la rivalidad y la división entre los trabajadores ingleses e irlandeses. Marx estimaba que la independencia de Irlanda debía ser una reivindicación esencial del movimiento obrero inglés, para contrarrestar este mecanismo y desarrollar la solidaridad obrera.

El imperialismo decadente ha desarrollado a escala mundial y multiplicado por cien este problema. En la época de Marx la mano de obra emigrante era utilizada como “ejército de reserva” en un mercado mundial en expansión. Hoy la descomposición del mercado mundial provoca una situación incontrolable para los que han provocado esta situación de caos y destrucción.

Una situación que se agrava

Trump hizo su campaña electoral denunciando las pérdidas de empleos en “el cinturón oxidado”, término que designa a los Estados arrasados por las pérdidas de empleos industriales, y presentando el muro con México (que empezó a construirse con Bush, y continuó con Obama) como una solución milagrosa.

La masa de inmigrantes expulsados de sus países por la miseria y la guerra no cesa de aumentar, la ONU cifra en 60 millones el número de refugiados en todo el mundo. El éxodo de 2016 comenzó con la llegada de 50.000 kosovares a Alemania. Un resultado de la guerra de destrucción de Yugoslavia, de modo que ese Estado, Kosovo (¡modelo de independencia para algunos!), es gobernado directamente por la Unión Europea y la OTAN con sus mafias desde hace muchos años. La Unión Europea ha frenado el problema entregando 3.000 millones de euros a Turquía para que ésta los encierre en campos de internamiento. Hay dos millones de refugiados en Jordania y este país está al borde de la explosión: su Primer Ministro dimitió el 4 de junio tras las manifestaciones contra un plan de austeridad impuesto por el FMI.

Las remesas de los emigrantes a sus familias fueron de 466.000 millones de dólares en 2017 según el Banco Mundial: los bancos se llevan un 10 % de comisión (50.000 millones de beneficios a costa de los trabajadores sobreexplotados en Europa o los Estados Unidos). En 2015, había 243 millones de inmigrantes en los países industrializados. Dentro de la Unión Europea, países como Rumanía, Polonia, Bulgaria viven de la exportación de su población joven hacia Inglaterra, Alemania o Francia. Pero las ondas de choque del seísmo financiero americano de 2007, y luego de su réplica en 2010-2012 con la crisis del euro, han provocado salidas masivas de jóvenes griegos, españoles, portugueses hacia otros países de Europa o hacia Canadá, mientras que continúan llegando los refugiados y emigrantes de Oriente Medio y de África.

El crecimiento del trabajo informal es el complemento del inmenso desempleo organizado a escala planetaria: mil millones de mujeres y de hombres están en paro, lo que supone un tercio de la población activa. Según las cifras de la OIT, 40 % del total de empleos pertenecían al “sector informal” en 2017.

Aceleración de las tendencias destructivas del imperialismo

“Para aumentar lo que aporta un trabajador, es preciso aumentar su productividad. Si lo que era producido por 10 obreros es producido por 5 gracias a un nuevo procedimiento, la plusvalía por obrero se ha duplicado. Al reemplazar el trabajo vivo por máquinas cada vez más automatizadas, al acelerar los ritmos, el capital crea una reserva de mano de obra, de trabajadores libres, disponibles, que puede ser utilizada o no según sus necesidades, y que ejerce por el mecanismo de la competencia sobre el mercado de trabajo una presión constante a la baja sobre los salarios. Los sectores o empresas que han sido los primeros en ‘innovar’, venden con márgenes superiores y obtienen beneficios por encima de la media. Así se crea y se renueva un exceso de mano de obra”[1]. Marx distingue la reserva permanente (parados de larga duración), la reserva flotante (los empleos precarios, el subempleo), la reserva latente (los trabajadores amenazados con la pérdida de su empleo).

Está por tanto el cúmulo de efectos de las políticas del FMI que destruyen los empleos y disloca los marcos nacionales y de la guerra que disloca los Estados, expulsa a las poblaciones de sus países. Entre las medidas exigidas por el FMI para obtener créditos, está la creación de zonas francas para “atraer a los inversores”. Se trata, por tanto, de un chantaje permanente: en los países de Europa y en los Estados Unidos practicar el low cost o perecer, con el dumping salarial en el centro, y multiplicar las subcontratas y el empleo informal en los otros países.

El Mercado Mundial de la mano de obra

Desde siempre, el capitalismo ha utilizado las migraciones para reducir el salario. Para ello, unas veces abre ampliamente las puertas a la inmigración para aumentar la reserva de mano de obra, y otras veces aplica medidas de expulsión. Lo más frecuente es que combine las dos políticas: cuotas para los más cualificados o las nacionalidades amigas, expulsión de otros como medida de presión sobre los migrantes.

Existe un mercado mundial de la mano de obra; el imperialismo de los países europeos –incluido el español– ocupó su parte con la trata de negros del comercio triangular, más tarde, entre 1870 y 1914 una oleada de inmigrantes permitió al capitalismo americano industrializarse rápidamente con mano de obra barata. Incluso en periodos de expansión, los capitales afluyen a sectores que tienen beneficios superiores a la media y hace falta que la mano de obra se desplace tan rápido como los capitales. Las resistencias de los trabajadores organizados son esquivadas o aplastadas obligando a inmigrantes a aceptar los empleos peor pagados en la medida en que los derechos sindicales y la lucha de clases lo permita. Las directivas de la vergüenza y leyes de extranjería son prolongación de las reformas laborales. Los Estados favorecen las migraciones y los acuerdos entre países hacen llegar a los trabajadores a voluntad de los capitalistas.

La Unión Europea desestabilizada

La amplitud de este sistema pesa sobre la clase obrera organizada. El capital, que crea esta masa de parados y de refugiados, se sirve de un lado para justificar la bajada de salarios, la flexibilidad, y de otro lado para suscitar al mismo tiempo fuerzas políticas reaccionarias que buscan enfrentar a unos trabajadores contra otros, denunciando no a los responsables de la guerra sino a las víctimas, no a los responsables del paro sino a los hombres y mujeres que emprenden un viaje lleno de peligros para sobrevivir. Los políticos burgueses, siempre a la busca de cualquier medio de ganar votos en las elecciones, utilizan esta situación: unos para relanzar el chovinismo, otros para defender que la Unión Europea es una barrera frente al nacionalismo. Los casos de Italia o Grecia son típicos: obligados por la Unión Europea a aplicar unas políticas de austeridad draconianas, se encuentran, a la vez, en primera línea ante el aflujo de refugiados creados por las políticas y las guerras de la Unión Europea. No pudiendo hacer frente a esta situación, han dejado que la Unión Europea organice, a través de toda una serie de ONG, la gestión de los “flujos” y el “almacenamiento” de refugiados, lo que ha desencadenado una crisis mayor, en la que los Estados se han dividido en función de sus intereses y sus tasas de desempleo. La tentativa de Alemania de organizar un reparto ha hecho estallar las divergencias y el caos.

Francia, por su parte, ha bloqueado su frontera con Italia, y modificado su ley para reforzar, aún más, las expulsiones. Bélgica ha bloqueado su frontera con Francia, para no acoger a inmigrantes de Calais. Se ejerce todo tipo de presiones y chantajes financieros sobre los países de donde parten los inmigrantes para que acepten organizar campos de retención.

Movimiento obrero e inmigración

El movimiento obrero ha buscado siempre hacer frente a esta política reivindicando los mismos derechos para los trabajadores nacionales o inmigrados: “A igual trabajo, igual salario”, las mujeres representaban un elemento de la reserva flotante, mano de obra pagada dos veces menos cara que los hombres. Por el mismo motivo, los inmigrantes deben tener los mismos derechos de huelga, de organización, de protección social, de acceso a la educación para su hijos, que los nacionales. La Seguridad Social en 1945 en Francia abrió sus derechos a todo el que cotice, cualquiera que sea su origen.

El movimiento obrero ha tenido que combatir por la acogida a los refugiados políticos, que a menudo son militantes obligados a huir de las dictaduras instaladas por el capital (España 1939, Chile 1973, etc.).

Pero hoy el hundimiento de la Unión Europea y el rechazo a las contrarreformas sitúan de manera mucho más inmediata el problema de las soluciones obreras a la crisis.

La Unión Europea ha tenido que cubrir con un espeso velo de hipocresía su política, para deshacer todo lo que existía desde 1945, en reacción ante los horrores de la Segunda Guerra Mundial. Ha promovido la competencia en el interior del mercado único, para los trabajadores como para las mercancías. Ha tenido que proceder por medio de olas de desreglamentación sucesivas, dado que los trabajadores están organizados. Las directivas europeas han dirigido los recortes (por ejemplo, la circular sobre trabajadores desplazados para socavar la Seguridad Social).

Un punto crítico

El desempleo y la precariedad afectan masivamente a los trabajadores autóctonos, mientras que las olas de inmigración son reforzadas por la miseria y la guerra. Las cifras son espectaculares en el caso de Grecia. Los últimos acontecimientos han demostrado brutalmente la dependencia total de Europa respecto del imperialismo americano. El golpe de fuerza de Trump con respecto a Irán ha dejado temblando a los dirigentes europeos, que no saben qué hacer para evitar el hundimiento de los mercados para sus empresas.

La única salida es la planificación de la producción y los servicios para todos, las conquistas sociales de todos. En concreto, hay medios para acoger a millones de refugiados, que en la UE solo representan el 1 por ciento de la población. Esto exige un plan central y en cada país de construcción de infraestructuras, alojamientos, escuelas, hospitales, para superar las carencias que sufre la población local y atender también a los refugiados. En el año 45 después de la guerra Alemania acogió a 13 millones de refugiados que participaron en la reconstrucción del país. Un plan así, indispensable, hoy rompe con todas las exigencias del régimen de la propiedad privada de los medios de producción.

La lucha por los derechos de todos ha de incluir la lucha de nativos e inmigrantes por la derogación de las reformas laborales (y las leyes de Extranjería), dando medios a los sindicatos para defender a todos los trabajadores: derecho de huelga sin restricciones, libre negociación colectiva de convenios que tengan carácter de ley, válida para todos. Es decir, los partidos que se reclaman de los trabajadores deben ocupar su lugar derogando las leyes antisindicales, las reformas laborales, anulando los recortes de pensiones y servicios públicos. Ninguna concesión a las posiciones antisociales de la derecha, que no ataca solo los derechos de los migrantes, sino los de todos. En resumen, es la exigencia de acabar con la anarquía provocada por el capital, acabar con esta anarquía es lo que puede permitir la unión libre de los trabajadores y los pueblos de Europa. Trabajadores y pueblos de Europa que tenderán la mano a los pueblos de África y Oriente Medio, saqueados por las multinacionales y el capital financiero y los gobiernos a su servicio.

[1] El capital, libro I, sección 7.

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