La Verdad 80 – notas editoriales

laverdad80En el momento en el que terminamos este número de La Verdad, el acuerdo firmado el 24 de noviembre entre Irán y las potencias imperialistas sobre la cuestión nuclear en Irán ha venido a ilustrar la crisis profunda en que se encuentra el conjunto del sistema de dominación imperialista, y en su centro el imperialismo estadounidense, el más poderoso.

Es indiscutiblemente un acuerdo con el cual el imperialismo, una vez más, pretende dictar su ley en los asuntos interiores de un país soberano. El imperialismo estadounidense, que se reconoce a sí mismo el derecho a tener armamento nuclear (y es la única potencia que lo ha usado hasta hoy), que se lo reconoce a sus satélites, empezando por el Estado de Israel, pretende negar este derecho a otros. Sin embargo, después de toda una fase de escalada verbal y de amenazas, inclusive de intervención militar contra Irán, el hecho de que el imperialismo estadounidense finalmente haya buscado un acuerdo, una negociación, con un país al que en los meses previos amenazaba con golpear militarmente, no carece de significado. “No podemos excluir las soluciones pacíficas de los problemas mundiales”, declaró Obama al comienzo de este acuerdo, precisando: “Hacerse el duro y provocar, es quizá fácil en el plano político, pero no es así como hay que garantizar nuestra seguridad”.

Hasta el último minuto, las diferentes fracciones del imperialismo han oscilado entre varias opciones. Por boca de su ministro de Asuntos Exteriores, Laurent Fabius, el imperialismo francés (representado por un gobierno “socialista”)  ha intentado de nuevo tocar otra música, más agresiva, más militarista. En los propios Estados Unidos, una fracción del Congreso se ha declarado muy descontenta del acuerdo alcanzado. En cuanto al gobierno israelí, ha protestado violentamente contra lo que aparece como una reincorporación de Irán en el concierto de las relaciones diplomáticas entre estados.

No se deduce de esto, evidentemente, que el imperialismo haya renunciado a recurrir a la guerra. Esta es una tendencia fundamental, permanente del imperialismo, que Lenin caracterizaba, hace cerca de cien años, como “la era de las guerras y las revoluciones”. Una tendencia particularmente acentuada desde hace varios años. En el mismo momento en que se firmaba el acuerdo sobre Irán, los imperialistas, entre ellos el gobierno francés, anunciaban preparativos para una intervención militar de más envergadura en la Republica Centroafricana, mientras que Iraq, Afganistán, Mali continúan hundiéndose en el caos, y siguen las amenazas contra la soberanía de Argelia. Amenazas denunciadas por el VIII Congreso Mundial de la IV Internacional:

El imperialismo estadounidense anda en preparativos para intervenir en Argelia. Para ello, una vez más, se inventa un guión que ‘justifique’ una intervención militar inminente, en nombre de la ‘democracia’ y de la lucha contra ‘el caos’. La verdadera razón, ¿no es la negativa de Argelia a que su ejército nacional participe en la guerra del imperialismo francés en Mali y a financiarla? ¿No habría que buscar la verdadera razón ante todo en que el régimen de Argelia mantiene el control mayoritario del gas y el petróleo por el Estado, negándose a ceder a las exigencias de las multinacionales? La verdadera razón ¿no es la negativa clara y terminante del Estado argelino a toda injerencia, tanto a la injerencia extranjera en la política interior del país como a la injerencia argelina en el exterior?”.

Repitamos lo que dijimos en el VIII Congreso Mundial:

La guerra se convierte ya en la forma permanente de un sistema de explotación capitalista en plena crisis de descomposición, que sólo alcanza ya a sobrevivir mediante la destrucción masiva de fuerzas productivas, en primer lugar la destrucción de la fuerza de trabajo, cuando el conjunto del sistema de dominación política del imperialismo está totalmente quebrantado.”

La actitud del imperialismo estadounidense respecto de Irán, que quizá sea de corta duración, es una manifestación del callejón sin salida en que se encuentra. Desde hace varios meses,  la crisis del imperialismo no deja de agudizarse. El intento de montar una coalición para intervenir militarmente en Siria fracasó en relación con la decisión del imperialismo británico de no participar, el aislamiento del imperialismo estadounidense, el juego del gobierno de Putin en ese caso (véase nuestro número anterior).

Esta crisis es alimentada por la continuación y la agravación de la crisis económica, financiera, monetaria que golpea al imperialismo más poderoso. La decisión tomada por la Reserva Federal, contra todos los pronósticos y los anuncios de sus responsables, de dejar el tipo de interés a un nivel ridículamente bajo, la decisión concomitante de seguir dándole a la máquina de hacer billetes y de inyectar liquidez, todos los meses, por valor de 85 000 millones de dólares… Esta política es presentada (inclusive por sus partidarios de los Estados Unidos) como la causa del hinchamiento de una burbuja especulativa sin precedentes que, cuando estalle, provocará daños superiores a los de la de 2007-2008. Sin embargo, el mero anuncio de un eventual endurecimiento de los tipos provocó tal pánico en los mercados financieros mundiales que los responsables de la política monetaria de los Estados Unidos tuvieron que retroceder, sabiendo perfectamente que en cierto modo pisaban el acelerador de un coche que se lanza a toda velocidad contra una pared.

Pero lo han hecho con la esperanza secreta de atenazar a China, para obligarla a más apertura y a asumir una parte mayor en la financiación de la economía estadounidense. No tiene otro significado el “desafío” de la entrada de bombarderos estadounidenses B52 en la zona de defensa aérea china en el mar de la China. Y lo hacen en un momento en el que el último pleno de dirección del Partido Comunista Chino ha mostrado el atolladero en que se encuentra la casta dirigente de Pekín.

Lo han hecho con la esperanza secreta de atenazar a los imperialismos europeos, y en particular al imperialismo alemán, acusado abiertamente por los Estados Unidos de cultivar su excedente comercial en lugar de responsabilizarse con más decisión de la situación económica y monetaria europea, y en particular de las consecuencias del endeudamiento ingente al se han visto obligados Grecia y otros países en el marco de la Unión Europea.

 

El imperialismo estadounidense confrontado a su propia clase obrera

El imperialismo estadounidense ha reaccionado en ese sentido porque la crisis que le mina es total: política, institucional, económica, monetaria. En la base de esta crisis encontramos las contradicciones propias del capital financiero en su fase de descomposición, solo capaz de sacar márgenes de beneficio mediante una ofensiva brutal para bajar el valor de la fuerza del trabajo. Ahora bien, el imperialismo estadounidense está precisamente confrontado a la resistencia de la “fuerza del trabajo”, es decir, de su propia clase obrera.

Ésta ya ha impedido, en cierto modo, que la ofensiva del ala más reaccionaria del imperialismo estadounidense, el Tea Party, haya ido hasta el final en ocasión de la prueba de fuerza llamada “del cierre” y del techo de la deuda. Respecto a esto, como explicó el camarada Alan Benjamin, miembro de la sección estadounidense de la IV Internacional, en un círculo de estudios marxistas en París a finales de octubre,

 “Obama ha vuelto al “Grand Bargain” (el gran pacto) que busca que los sindicatos acepten recortes sustanciales en nombre del pago de la deuda, con todos, demócratas y republicanos. Hace años que intentan meter mano a los fondos de las jubilaciones de la Seguridad Social, Medicare (cobertura sanitaria mediante un régimen de reparto para los mayores de 65 años) y al Medicaid (ayudas a los mas desposeídos). Pero no han podido hacerlo a causa de la lucha de clases. Son billones de dólares de los que quieren apropiarse la burguesía y el gran capital. En 2011, Obama pactó con el líder republicano en la Cámara de Representantes, John Boehner, lanzarse a por ellos. Jamás un demócrata había osado decir eso. Como dijo el New York Times, “tuvo que venir un republicano para abrir el mercado de China, tuvo que venir un demócrata para romper el sindicato del automóvil UAW, y ha tenido que venir Obama para plantear la cuestión del ‘Gran Pacto. En el Partido Republicano, al principio era el Tea Party el reticente a este ‘pacto’. ¿Por qué? Porque incluía como contrapartida el aumento del impuesto para los más ricos. Pero, a finales de septiembre, por primera vez, en un artículo del Wall Street Journal, Paul Ryan, personalidad política próxima al Tea Party aunque no pertenezca al mismo, dijo: ‘No insistiremos en la cuestión de los impuestos, porque ahora tenemos la posibilidad de alcanzar un acuerdo que nos permite por fin meter mano a estos fondos’ ”.

Esta incapacidad del imperialismo estadounidense de llevar su ofensiva contra su propia clase obrera hasta un punto que permita, al menos momentáneamente, sacar nuevos márgenes de beneficio, está claramente relacionada con la resistencia de la clase obrera.

Después de la huelga de profesores de Chicago –en plena campaña presidencial– y a pesar de los golpes recibidos por la clase obrera (en particular la bancarrota de Detroit, preparada por años de concesiones aceptadas por los dirigentes del United Auto Workers, UAW), lo que acaba de pasar en Boeing es un testimonio de la potencia del proletariado de los Estados Unidos y de su capacidad de apropiarse de sus organizaciones de clase contra los que querrían ponerlas al servicio de la política de destrucción.

En efecto, el 13 de noviembre, en los estados de Washington y de Oregón, los obreros de las grandes fábricas de aeronáutica de Boeing tuvieron que pronunciarse sobre una propuesta de la dirección de prolongar, por ocho años, su convenio actual con modificaciones que ponían en peligro los derechos adquiridos. Una propuesta que apoyada por la dirección nacional del principal sindicato presente en la empresa, la Asociación Internacional de Mecánicos (International Association of Machinist – IAM).

Los dirigentes de Boeing declaraban que si los obreros de Seattle y de las otras fábricas Boeing del noroeste rechazaban el acuerdo, la compañía deslocalizaría la producción de su nuevo avión a una fábrica de Carolina del Sur donde los sindicatos no tienen prácticamente derecho a existir. De haberse aceptado el acuerdo, el convenio actual habría sido prorrogado hasta 2024, se habría liquidado el sistema de pensiones pagado por la firma, habrían aumentado  considerablemente  los gastos médicos pagados por los obreros reduciendo la cobertura sanitaria. Los salarios habrían quedado prácticamente congelados. Además, los obreros nuevos contratados habrían estado obligados a trabajar dieciséis años más para llegar al salario máximo de su categoría. Para colmo, la dirección nacional del sindicato IAM pedía también a los obreros que se comprometiesen a no recurrir a la huelga hasta 2024. La misma política de “concesiones” que llevaba en Detroit la dirección del sindicato del automóvil UAW… que no evitó la quiebra de la ciudad. A pesar de la campaña mediática que prometía el caos a los obreros si rechazaban el acuerdo, a pesar de la movilización de los políticos de los dos partidos burgueses, republicano y demócrata, y los esfuerzos desplegados por los dirigentes del IAM, los obreros rechazaron masivamente la propuesta: de los 31 000 obreros consultados, el 70% votaron en contra de esta propuesta.

Este rechazo espectacular del acuerdo presentado como un “mal menor” se produce después de lo que pasó en el congreso de la central sindical AFL-CIO, a finales de verano, en el que, en particular en la cuestión de la sanidad (pero no solamente), contra los planes iniciales de la dirección, los delegados reafirmaron la posición del congreso de 2009 por la constitución de un sistema de caja única (sistema de Seguridad Social basado en la solidaridad entre todos los asalariados) y formularon substanciales enmiendas al proyecto de “reforma” sanitaria de Obama, enmiendas inmediatamente rechazadas por éste.

La resistencia se expresa en todos los continentes

A pesar de los golpes asestados por el imperialismo a todos los niveles, esta tendencia a la resistencia de la clase obrera (que se dirige también contra la política de sumisión, de integración, de destrucción de las organizaciones a la que pretenden someterla las direcciones del movimiento obrero) se expresa en todos los continentes, en formas diferentes, como el elemento determinante de la situación.

Lo vemos con la evolución reciente de la situación en el Brasil, sobre la que hablan en este número de La Verdad nuestros camaradas de la corriente O Trabalho del PT, sección brasileña de la IV Internacional.

Lo vemos con el significado de la potente huelga que reunió a toda la clase obrera india con sus organizaciones, hace algunos meses, como subraya el camarada A. Ganesh, en la contribución que publicamos.

Lo vemos de otra forma en los acontecimientos que están teniendo lugar en África del Sur, donde el congreso extraordinario de la central sindical COSATU, a mediados de diciembre de 2013, tiene un orden del día dictado por las consecuencias diferidas de la explosión obrera de Marikana del verano de 2012. Lo que está en juego en este congreso es saber si la COSATU, miembro –con el Congreso Nacional Africano y el Partido Comunista– de la coalición tripartita en el poder en África del Sur desde la caída del régimen del apartheid, debe seguir siendo parte activa de esta coalición o si, como proponen de hecho un numero importante de sindicatos, debe tomar la decisión de romper esta relación de subordinación. Un choque que enfrenta a los que, para rehabilitar al gobierno que hizo correr la sangre de los mineros negros en huelga, hablan hipócritamente de la “tragedia “ de Marikana, y a los que han continuado denunciando la “masacre”. El Financial Times (26 de noviembre) se inquieta:

“Cuando la alianza gubernamental dirigida por el ANC se enfrenta a una economía débil, las luchas intestinas que amenazan con romper la federación sindical más poderosa del país vienen a agravar sus problemas”.

Estos procesos de ruptura con el gobierno salido de los acuerdos de Kempton Park (1994) tienen también repercusiones en el plano político. Julius Malema, ex secretario general de la Liga de la Juventud del ANC, el partido en el poder, expulsado hace algunos meses por haberse manifestado a favor de la reforma agraria y de la nacionalización de las minas, acaba de fundar un nuevo partido, los Luchadores por la Libertad Económica (Economic Freedom Fighters – EFF). En una carta abierta a la dirección del nuevo partido, el Partido Socialista de Azania (SOPA, que participa en las campañas del Acuerdo Internacional de los Trabajadores y de los Pueblos, en cuyo seno actúan los militantes de la sección azaniana de la IV Internacional), señalan:

Sabemos que hay divergencias políticas entre EFF y el Partido Socialista de Azania. Estas diferencias están ancladas en la historia de cada uno entre nosotros. (…) Nosotros, en el SOPA, estamos a favor de las viejas consignas del gobierno de la mayoría negra”.

La carta del SOPA indica:

“Apoyamos totalmente los llamamientos lanzados por EFF sobre la nacionalización de las minas, la expropiación de las tierras sin indemnización […]. Pensamos que hoy, veinte años después de los acuerdos de Kempton Park, la mayoría negra sigue estando excluida de las riquezas de la tierra. Proponemos por tanto constituir un frente común sobre los puntos siguientes: 1. Expropiación de la tierra sin indemnización. 2. Nacionalización de las minas, de los bancos y de los sectores estratégicos de la economía sin indemnización.”

En el “Viejo Continente” europeo, los procesos de maduración en la clase obrera pasan por huelgas generales, movimientos de resistencia, manifestaciones de cientos de miles, o de millones, que se suceden en todos los países de Europa sin excepción, incluidos los países que se han incorporado más recientemente a la Unión Europea. Como Eslovenia, pequeño país de dos millones de habitantes, en el que han surgido manifestaciones de cientos de miles de trabajadores contra los planes dictados por la Unión Europea, o también en Bulgaria, levantada por manifestaciones de protesta desde hace seis meses.

En Francia se acentúan los procesos que preparan la apertura de una crisis revolucionaria, en una situación en la que el gobierno de Hollande, dominado por el Partido “Socialista”,  es rechazado por todas las capas de la población, apenas año y medio después de su constitución, y solo sobrevive gracias al apoyo que le prestan los dirigentes del Partido Comunista, y, de otra forma, ciertas direcciones de las organizaciones sindicales.

En este contexto, las repercusiones de las elecciones alemanas de septiembre, que fueron presentadas no solo como un triunfo personal de Merkel sino como el camino a seguir por toda Europa, no han tardado en mostrar sus verdaderas consecuencias.

En la resolución aprobada el 30 de agosto de 2013 por el Secretariado Internacional de la IV Internacional, subrayábamos:

“Se abren ante nosotros brechas inmensas en el seno de los estados burgueses en crisis, en el seno de todas las representaciones políticas de todas las clases (incluidas las direcciones de los partidos que se reclaman de la clase obrera y de la democracia)”.

En el momento en que escribimos acaba de anunciarse el “acuerdo de gobierno” salido de largas semanas de negociaciones entre el Partido Socialdemócrata y la CDU-CSU para formar un gobierno de gran coalición. Debe ser confirmado a principios de diciembre por un referéndum interno en el SPD.

Más sobre las elecciones alemanas del 22 de setiembre

Volvamos a las elecciones del 22 de septiembre. Resonaron como una reprimenda dirigida a todos los partidarios de la consolidación de una “gobernanza europea” asentada sobre la política alemana de Merkel. El “éxito personal” de Merkel permitió a los comentaristas eclipsar que la unión de los dos grandes partidos de la derecha (CDU-CSU) había perdido la mayoría en el Bundestag. La insistencia en que el SPD había obtenido el “segundo peor resultado de su historia” les permitió eclipsar el hecho de que acababa de recuperar 1,5 millones de votos respecto a 2009. El 22 de septiembre, Alemania sufrió indiscutiblemente una primera sacudida en el ámbito electoral, que es refracción directa de un proceso de movilización de la clase obrera, en concreto en el metal y en los servicios públicos, donde fuertes contingentes han participado en las huelgas de advertencia convocadas por sus sindicatos en ocasión de la renovación de los convenios colectivos.

La longitud anormal de las negociaciones entre SPD y CDU-CSU para concluir un acuerdo de gobierno tiene como única razón la expresión multiforme de esa resistencia. En primera línea: el levantamiento en el seno del SPD. ¿Quien podía imaginar, hace algunos meses, que, de las filas del viejo partido socialdemócrata “roto” por Schröder (2003), comprometido por su política de apoyo a Merkel (desde 2005) surgiría esta protesta contra la formación de otra gran coalición? El sesenta y cinco por ciento de los 470 000 miembros del partido dicen no, y a día de hoy, no se apean…

Sigmar Gabriel, el presidente del SPD, lo había columbrado y se había preparado. Sabía que en lo más hondo se abría camino este levantamiento, sustentado por el rechazo creciente de la clase obrera. Se organizó para intentar sofocarlo. Convocó un congreso del SPD los días 15 y 16 de noviembre, precisando que después haría un “referéndum de los militantes” el 12 de diciembre. Era la forma de impedir que el congreso se pronunciase sobre el mandato que había que dar a la dirección y de quitarle la capacidad de decisión en beneficio de un procedimiento plebiscitario en el que “cada militante ocupará mi lugar de presidente” (Sigmar Gabriel).

Pero nada ha ido según lo previsto. Si bien el congreso del SPD ha sido completamente desposeído de toda decisión sobre la gran coalición, la reelección de los órganos de dirección del partido fue ocasión para que los 600 delegados –aunque cuidadosamente seleccionados– inflijiesen una desautorización colectiva a la dirección saliente.

El Frankfurter Allgemeine Zeitung, con fecha del 26 de noviembre de 2013, resumía perfectamente la situación: “¡Al término de estas negociaciones para formar coalición, el mayor adversario del SPD no es la CDU, sino el SPD!”. Der Spiegel (25 de noviembre), con el título “Saludos afectuosos de la base”, daba cuenta de decenas de reuniones del SPD en las que los dirigentes van a defender el resultado de las negociaciones y chocan con interrupciones airadas de los oponentes. Al semanario le preocupan esos miles de “camaradas furiosos” que podrían hacer fracasar la gran coalición.

A pesar de tener en sus manos todos los mandos, la dirección (que, en un referéndum, hace la pregunta y contabiliza las respuestas) también está preocupada. Gabriel amenaza con dimitir si los militantes no responden favorablemente a su pregunta …

Una cosa es cierta: si al cabo se constituye en Alemania una gran coalición, no será la que todos soñaban. No tendrá medios para  disciplinar a la clase obrera alemana. Y, en consecuencia, no permitirá que Merkel constituya el polo de estabilidad para Europa que los círculos dirigentes del capital financiero internacional les exigen a ella y a Alemania.

Pero sobre todo, todo el mundo comprende que las grietas que han aparecido en el SPD son solo la punta del iceberg y que se combinan a partir de ahora estrechamente con los procesos de la lucha de clases que están madurando. El diario francés Le Monde, que combate por consolidar una “gobernanza supranacional” basada en Alemania y su política de austeridad, bajo la égida de la Unión Europea, se mostraba desolado en su número del 26 de noviembre por las señales negativas que transmitía el congreso de IG Metall (2,2 millones de afiliados). Obligado a reconocer –para lamentarlo– que “muchos sindicalistas son también miembros del SPD”, subrayaba que “Sigmar Gabriel estaba lejos de haber recibido una acogida triunfal en Fráncfort. Manifiestamente, el electorado popular sigue sin tragar el hecho de que el SPD aprobase en 2007 (durante la primera gran coalición dirigida por Angela Merkel) un retraso progresivo de la edad de jubilación hasta los 67 años”. Con toda la razón, ISA, sección alemana de la IV Internacional, titulaba la declaración que publicaba tras las elecciones del 22 de septiembre “Germina una esperanza”.

 “Se abren ante nosotros brechas inmensas”, escribíamos el 30 de agosto de 2013. Y añadíamos: “La IV Internacional tiene un capital político que le permite, en todos los continentes, ayudar a las masas a ampliar estas brechas para plantear la cuestión de su poder”. Este es el significado que los militantes de la IV Internacional quieren dar al apoyo incondicional que han decidido prestar, en este momento crucial de la lucha de clases en el continente europeo, a la preparación de una conferencia europea de militantes obreros (promovida por un amplio comité preparatorio compuesto por militantes de todas las tendencias de Alemania, Bélgica, Dinamarca, España, Francia, Gran Bretaña, Grecia, Irlanda, Italia, Portugal, Rumania y Eslovenia), a pocos meses de las elecciones al pretendido “Parlamento” europeo, marco del consenso europeo desde la extrema izquierda a la extrema derecha. Una iniciativa, que, para los militantes de las secciones europeas de la IV Internacional, da pleno significado al combate por los Estados Unidos Socialistas de Europa.

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