La guerra de Mali, los derechos de los pueblos, revolución y contrarrevolución

Por Lucien Gauthier (publicado en La Verdad 77)

En este mes de febrero de 2013, la juventud, los trabajadores y los pueblos de Túnez y de Egipto celebran, a su manera, el segundo aniversario de la caída de las dictaduras proimperialistas manifestándose masivamente, de nuevo, para exigir que se vayan los gobiernos de esos dos países.

Al mismo tiempo, el imperialismo, por su parte, conmemora a su modo la “liberación” de Libia declarando la guerra en Mali, donde el ejército imperialista francés interviene masivamente, con un diluvio de hierro y fuego.

Estos acontecimientos actuales son una expresión de la situación mundial en este momento, dos años después de las revoluciones de Túnez y de Egipto. Y esas revoluciones son una expresión de la marcha hacia la revolución proletaria a escala mundial, que se ha expresado después en el continente europeo, agravando de manera brutal la crisis del “orden” mundial que el imperialismo norteamericano pretende imponer.

Mali: segunda batalla de la guerra de Libia

La guerra desencadenada en Libia por las tropas anglo-francesas bajo los auspicios de los Estados Unidos algunas semanas después de la caída de Mubarak, era un guerra contrarrevolucionaria en un sentido estricto; en efecto, se emprendía deliberadamente en Libia, un país situado entre Túnez y Egipto, y estaba dirigida contra la ola revolucionaria que había echado a Ben Alí y a Mubarak. Dos años después podemos calibrar los resultados de la “liberación” de Libia, dislocada en feudos y señoríos sometidos a la ley de la jungla, con un pueblo depauperado mientras prosperan las milicias y traficantes de armas.

Afganistán e Iraq también pueden dar testimonio de las consecuencias de las guerras “liberadoras” del imperialismo.

La destrucción de Libia mediante la guerra ha allanado el camino a la dislocación de toda la región del Sahel. En esa situación ha intervenido en Mali el imperialismo francés, so pretexto de luchar contra la ofensiva de las milicias, las mismas que dos años antes las grandes potencias apoyaban en Libia.

Completando la destrucción de Libia, la intervención en Mali está a punto de hacer explotar toda la región. Níger, que desde hace dos años intenta instaurar la “paz”, especialmente con los tuaregs, está en el ojo del huracán. El envío de un gran contingente del ejército chadiano no traduce solamente la subordinación de las autoridades chadianas al imperialismo, sino también su temor a un estallido de Níger, que anunciaría el del propio Chad.

Pero el objetivo central de la ofensiva es Argelia. Por su situación geográfica en la región del Sahel, por sus riquezas energéticas y, sobre todo, por el lugar político que ocupa: el de una nación que derrotó al imperialismo. Por todo ello está en el centro de la diana.

Argelia en el ojo del huracán

Desde hace dos años, utilizando los acontecimientos del Magreb y de Oriente Medio, los dirigentes de las grandes potencias vienen sometiendo a Argelia a una gran presión. En este camino, han intentado instrumentalizar a fuerzas de dentro de Argelia para provocar un estallido que pusiera en tela de juicio la unidad de la nación argelina.

Hasta ahora no lo han logrado, no a causa de la represión o el temor al régimen sino porque el pueblo, tras diez años de guerra civil y de tentativas de intervención externa en los asuntos del país, no ha aceptado esas operaciones que aparecen abiertamente como una injerencia extranjera. En efecto, el pueblo, los trabajadores y su organización, la UGTA, no han pedido permiso al imperialismo para defenderse.

Desde hace una decena de años, es decir, desde que acabó la terrible guerra civil del decenio negro que provocó 200 000 muertos en Argelia, los trabajadores consideraron que, una vez restablecida la paz, tenían derecho a sus reivindicaciones. Se produjeron intensas movilizaciones y huelgas que dieron lugar a una mejora de las condiciones materiales, en términos de salarios y de empleo. Evidentemente, esto no resuelve la cuestión, y los trabajadores no se dan por satisfechos y continúan la movilización.

Pero el principal resultado de esta situación fue el reconocimiento por parte del presidente Buteflika del fracaso de la política de privatización aplicada, su abandono y la instauración de la regla del 49-51 (51% de participación argelina, 49% de participación extranjera), la reapertura de empresas públicas y la puesta en marcha de grandes obras públicas. Evidentemente, no era la renacionalización de la economía del país, pero esas medidas, aun parciales, frenaban la voracidad de las grandes potencias, y precisamente esos éxitos parciales de la movilización de los trabajadores y del pueblo argelinos es lo que el imperialismo no acepta. No puede perdonar que un Estado, constituido sobre la base de la derrota colonial, quiera controlar su economía, y en consecuencia no poder hacer allí libremente sus negocios y tener que someterse a algunas reglas y normas.

La guerra de Libia y la posterior intervención francesa en Mali que, de manera metódica y muy organizada, empuja a los grupos terroristas hacia el Norte, es decir, hacia Argelia, tienen una consecuencia muy precisa. El atentado preparado y organizado contra el yacimiento de gas de In Amenas no es simplemente obra de yihadistas procedentes del desierto, sino que se inscribe en una operación que apunta al sur de Argelia para desde allí desencadenar la dislocación de ese país.

La llegada a Kidal, en el norte de Mali, de las tropas francesas solas, sin ningún destacamento maliense pero en colaboración con el MNLA (movimiento que pretende representar a los tuaregs), se inscribe asimismo en una ofensiva que utiliza la cuestión tuareg para organizar el caos (los tuaregs están presentes en todos los países de la región).

Recordemos que, a finales de los años 2000, Gadafi, amigo de nuevo de las grandes potencias imperialistas, propuso, en el marco de la estrategia norteamericana del Gran Oriente Medio (GMO), crear   un nuevo “país”, el Targuistán (el país de los tuaregs). El estallido de Argelia dinamitaría toda la región, desde Marruecos hasta Mauritania, desde Mali hasta Burkina Faso e incluso Senegal, desde Argelia hasta Níger y Chad, y más allá. Ése es el mayor peligro de la intervención imperialista en Mali.

El desorden imperialista

La guerra de Mali inaugura una nueva etapa en lo que respecta al lugar y el papel del imperialismo francés, lejos de la “Francáfrica”. Ese término designaba en los años 1960-1970, tras la descolonización, al marco que buscaba mantener una zona de influencia exclusiva en África. El imperialismo francés, aun manteniendo posiciones y tropas en África, ya no tiene capacidad para preservar esa zona dominada, muy abierta ahora a la penetración de los demás imperialismos, especialmente del norteamericano. Ciertamente, el imperialismo francés tiene intereses en esta región; ciertamente, explota el uranio de Níger, lo que no es para él una cuestión secundaria, ni irrelevante a la hora de decidir una intervención en Mali. Pero la rapidez de esta decisión obedece ante todo a la defensa del “orden mundial” amenazado.

El desarrollo de los acontecimientos en la región, las movilizaciones en Túnez contra el régimen, la negativa de Argelia a implicarse en una intervención en el extranjero, han obligado al imperialismo francés –el más directamente afectado– a intervenir a pesar de que el imperialismo norteamericano daba largas al asunto. Desde luego, sería simplista no ver en la intervención francesa más que un acto de un ejecutante subsidiario de las exigencias norteamericanas. Puesto que, precisamente, ante el desarrollo de los acontecimientos en el Sahel, el imperialismo norteamericano no era capaz de decidir a causa de sus propias contradicciones. Las vacilaciones norteamericanas al inicio de la intervención francesa no se debían a una estratagema, sino a la crisis en los Estados Unidos mismos. Posteriormente, el imperialismo norteamericano ha apoyado la intervención, teniendo buen cuidado de no implicarse directamente en ella y dejar las tareas subsidiarias al imperialismo francés. La actitud de las demás grandes potencias, particularmente la de la Unión Europea, refleja sus divisiones y dudas, dejando al imperialismo francés toda la responsabilidad de la situación.

Si bien la intervención francesa tiene por objetivo conservar el lugar de Francia en el Consejo de Seguridad de la ONU así como defender los intereses franceses, se inscribe en el conjunto de la política imperialista mundial dirigida por los Estados Unidos; pero, precisamente, los Estados Unidos atraviesan una crisis mayúscula.

La crisis mundial norteamericana

La cautela del gobierno norteamericano en lo que respecta a Mali refleja la situación en que se encuentra la clase dominante norteamericana ante la evolución de la situación mundial. Con ocasión del nombramiento de los nuevos secretarios de Estado para el segundo mandato de Obama, varios responsables gubernamentales, en sesiones públicas del Senado, reconocieron que habían existido profundas divergencias en el gobierno. El jefe de la CIA, el jefe del Estado Mayor y Hillary Clinton estaban por armar al llamado “Ejército Sirio Libre” (ESL). Obama lo vetó. Evidentemente, el ESL está financiado por Catar, a instancias norteamericanas. Pero la situación sería muy distinta si los Estados Unidos hubiesen anunciado oficialmente que armaban al ESL, anticipando una intervención directa en Siria. El hecho de que esos importantes desacuerdos se hayan hecho públicos demuestra la profundidad de la crisis que desgarra a la clase dominante norteamericana. La apertura de los procesos revolucionarios en Túnez y en Egipto ha acentuado esa crisis. Esos acontecimientos amenazan directamente el orden norteamericano en la región. Constituyen una amenaza para todos los estados sometidos a la política del imperialismo norteamericano, en una región estratégica para él.

Tanto más cuanto que, desde hace un decenio, los sucesivos gobiernos norteamericanos, republicanos o demócratas, son incapaces de hacer frente a la resistencia del pueblo palestino que, pese a los acuerdos de Oslo firmados entre la OLP y el Estado de Israel, sigue reivindicando su derecho a la tierra y a la nación. A finales de febrero, en el marco de una huelga de hambre de miles de presos políticos palestinos, y tras la muerte por tortura de un detenido, se multiplican y crecen las manifestaciones callejeras, haciendo temer a los dirigentes del Estado de Israel una nueva Intifada. Los repetidos intentos del imperialismo norteamericano de encontrar “soluciones” necesariamente cojas para la creación de un “Estado” Palestino, se han derrumbado como castillos de naipes. La incapacidad de Hamás y de la Autoridad Palestina, y la crisis de descomposición acelerada de ésta, hacen imposible seguir utilizando el señuelo de un “Estado Palestino”; mientras que numerosas voces palestinas reivindican la vuelta a la Carta de la OLP, que formulaba la existencia de una sola Palestina libre, laica y democrática, y el derecho al retorno de todos los refugiados. Los dirigentes sionistas del Estado de Israel, utilizando las divisiones de la clase dominante norteamericana, interpretan su propia partitura desarrollando la colonización contra la voluntad norteamericana, e intentando incluso liquidar la idea de un “segundo Estado”.

 Evidentemente, la política del Estado de Israel no es distinta u opuesta a la de los dirigentes norteamericanos. Pero, ante la profunda crisis política, económica y social del Estado de Israel, los dirigentes sionistas intentan preservar sus posiciones. Comprenden que los procesos en los países vecinos, y particularmente en Egipto, les amenazan directamente. Pretenden, en un pulso con sus “amigos norteamericanos”, que el gobierno norteamericano renuncie a su proyecto de “reequilibrar” la región en beneficio de los Estados árabes. Y su posibilidad de lograrlo aumenta con la crisis de aquéllos.

La política de huida hacia delante de los dirigentes israelíes subraya con más fuerza aún la debilidad del gobierno norteamericano. Hace diez años, éste lanzó la idea de un Gran Oriente Medio (GOM), con el fin de reestructurar la región bajo su control. Pero su propia crisis y los procesos revolucionarios no permiten que el imperialismo aborde esta cuestión sino por medio de la violencia y la guerra, y los dirigentes israelíes presionan en ese sentido.

Israel y el amigo norteamericano

Así, situándose en el marco de las advertencias norteamericanas a Irán, los dirigentes del Estado de Israel empujan hacia la radicalización, amenazando con intervenir directamente en Irán para arrastrar al gobierno norteamericano más lejos por ese camino. Y les resulta tanto más fácil cuanto que sectores enteros de la burguesía norteamericana, demócratas o republicanos, les apoyan y denuncian la debilidad de Obama. La huida hacia delante de los dirigentes sionistas está directamente vinculada a la zozobra que impera en las altas instancias del Estado de Israel: la movilización de las masas árabes, directamente vinculada a la del pueblo palestino, les pone en peligro. La inestabilidad generalizada en Egipto y las amenazas que pesan a cada instante sobre el respeto de los acuerdos entre Egipto y el Estado de Israel, hacen planear una amenaza determinante sobre la propia existencia de éste.

Así, en el momento de las movilizaciones tunecina y egipcia, el gobierno norteamericano presionó desesperadamente al régimen sirio para que se reformara a fin de evitar una movilización del pueblo sirio. Efectivamente, Siria constituía uno de los pilares del orden en la región, pero el vuelco que dieron las revoluciones de Túnez y de Egipto exigía reajustar el dispositivo contrarrevolucionario. El régimen sirio, que había desempeñado un papel en la “estabilización” de la región, ya no correspondía a las necesidades del imperialismo norteamericano en ese momento. Representaba el pasado, y los acuerdos contrarrevolucionarios sellados con el Kremlin. Corría el riesgo de ser, a pesar suyo, un factor de desestabilización incapaz de controlar el orden, en su país y en el exterior. Por ello, ante el desarrollo de los acontecimientos en Siria, el gobierno norteamericano anunció rápidamente su voluntad de cambiar de régimen. Pero sin ir hasta el final, sabiendo que una intervención militar directa corría el riesgo de incendiar toda la región. Las contradicciones en los Estados Unidos y el no intervenir en Siria hacen que la situación se pudra. La liquidación de Siria tendría consecuencias regionales y mundiales y, de inmediato, agudizaría la cuestión kurda. La autonomía del Kurdistán iraquí se vería reforzada por una región kurda en Siria, lo que modificaría a su vez la situación en Turquía…

La indecisión del gobierno norteamericano choca con la necesidad del capital norteamericano de dominar el mundo, y favorece la proliferación de conflictos y guerras. Desde el hundimiento de la burocracia del Kremlin, la clase capitalista norteamericana necesita un poder fuerte para controlar los procesos mundiales. Las necesidades de la clase dominante norteamericana exigen una dictadura contra la clase obrera norteamericana y a escala mundial. Tal es el sentido de la primera guerra del Golfo en 1990, de la guerra de Afganistán, de la de Yugoslavia, de la segunda guerra del Golfo, de la “cruzada mundial contra el terrorismo”, de la proclamación de la Patriot Act, etc. Pero esta clase dominante se encuentra con un poder incapaz de hacer frente a los retos, porque ella misma está desgarrada por las contradicciones y las divisiones, por la crisis general del sistema, por el hundimiento de Europa, por los procesos revolucionarios.

El segundo mandato de Obama es expresión de esta crisis. El imperialismo norteamericano no es ni puede ser un superimperialismo. Por su propia crisis, está obligado a aumentar la presión sobre sus aliados imperialistas para que se sometan a sus exigencias, y a desencadenar una verdadera guerra contra los pueblos a escala mundial.

Veinte años después del hundimiento de la burocracia del Kremlin, las relaciones establecidas en Yalta en 1945 se han acabado definitivamente. Durante los últimos veinte años, el imperialismo norteamericano ha intentado hacer frente a la nueva situación, y sustituir ellos la colaboración contrarrevolucionaria que había prevalecido desde Yalta para contener los procesos mundiales. Este sistema en crisis está agotado, y en lo sucesivo todas las tareas de la contrarrevolución se concentran exclusivamente en los Estados Unidos, incapaces de asumirlas ante la crisis mundial del sistema y los procesos revolucionarios. Estos veinte últimos años en los que el imperialismo ha tenido que garantizar solo las tareas de la contrarrevolución han precipitado su crisis. La crisis de la dominación norteamericana es, desde este punto de vista, un factor principal de desestabilización de la situación mundial. La teoría del gobierno norteamericano de “dirigir desde la retaguardia” no expresa una sutil estrategia, sino la debilidad del poder norteamericano: incapaz de garantizar en solitario el orden contrarrevolucionario, exige a sus aliados que asuman su parte en el trabajo, dando lugar al caos, la dislocación y las guerras.

Dos años después

Esta inmensa crisis del gobierno norteamericano se ha profundizado aún más por la nueva etapa de la marcha hacia la revolución proletaria, abierta hace dos años en Túnez y en Egipto. En esos dos países, la revolución se ha visto obstaculizada, pero no ha sido aplastada. La situación de violencia y desestabilización que atraviesan hoy deriva directamente de que se ha pretendido confiscar el proceso revolucionario, y la palabra del pueblo. Hace dos años, la juventud, los trabajadores, el pueblo, se levantaron contra los regímenes sometidos al imperialismo con las consignas “agua y pan”. En esta dirección hay que buscar el resorte de la movilización revolucionaria: la juventud y los trabajadores querían vivir, querían conseguir sus reivindicaciones; pero, precisamente, la función de los regímenes existentes era mantener los vínculos de subordinación al imperialismo, a la Unión Europea y al FMI. Y esos vínculos de subordinación y los acuerdos de ellos derivados son precisamente la fuente de pauperización de las masas tunecinas y egipcias. Así pues, es significativo que el eje y el centro de la movilización de las masas tunecinas hayan sido los trabajadores y su organización sindical, la UGTT (Unión General Tunecina del Trabajo). Precisamente, la existencia de la UGTT (fundada en 1946) es lo que explica la profundidad del proceso revolucionario de Túnez. En efecto, desde su fundación, la UGTT organiza masivamente a los trabajadores en oposición a los colonos y a la administración colonial; esta organización, que se constituye a escala nacional, adopta inmediatamente las exigencias reivindicativas de la liberación social, combinadas con las de la liberación nacional, de la independencia. En ese sentido, la organización obrera, más allá de sus vicisitudes bajo los regímenes de Burguiba y Ben Alí, se mantiene como marco organizativo de los trabajadores y, de manera más general, de todo el pueblo. En Egipto, a causa de la falta de una organización sindical del mismo tipo, las movilizaciones obreras, las huelgas, los intentos de formar sindicatos independientes traducen esta misma realidad, pero no se desarrollan de manera idéntica.

Tanto en Egipto como en Túnez, la clase obrera, realizando la unidad de las grandes masas populares, quería levantarse contra el imperialismo. Los regímenes de Mubarak y de Ben Alí cayeron ante esta ola revolucionaria, pese al apoyo que recibieron del imperialismo hasta el final. Con ayuda de los agentes imperialistas, en ambos países se constituyeron gobiernos surgidos de los anteriores regímenes, gobiernos que el imperialismo bautizó como “de transición democrática”. En ambos casos, se trataba de preservar el régimen, es decir, la subordinación al imperialismo. Pero, en los dos países, la movilización revolucionaria del pueblo barrió esos gobiernos “continuistas”. Para parar la ola revolucionaria, el imperialismo tuvo que desencadenar la guerra contrarrevolucionaria en Libia y, al mismo tiempo, recurrir a los que ayer señalaba como sus enemigos, los partidos “islamistas” Ennahda en Túnez y Hermanos Musulmanes en Egipto.

Gobiernos proimperialistas

Esos dos partidos, ferozmente reprimidos bajo los regímenes de Ben Alí y de Mubarak, aparecían a los ojos de las masas como carentes de responsabilidad en el régimen anterior. Pero el imperialismo dictó sus condiciones y, antes incluso de su acceso al poder, Ennahda se comprometía a mantener a Túnez bajo el yugo del acuerdo de asociación con la Unión Europea, y los Hermanos Musulmanes a respetar los tratados internacionales firmados por Egipto (es decir, principalmente los acuerdos con el Estado hebreo que hasta entonces denunciaban). Ambos partidos colaboraban con el ejército, la base de los regímenes precedentes. Pero hay una diferencia: en Túnez, la ola revolucionaria ha empezado a desmembrar las instituciones del antiguo régimen; en Egipto, el ejército, que dirige el país desde hace decenios, sigue en su lugar. En Túnez, ante la profundidad de la ola revolucionaria y la existencia de la UGTT, el gobierno se vio obligado a aceptar elecciones a una asamblea constituyente. Bajo los auspicios de las fuerzas imperialistas, la práctica totalidad de los partidos, islamistas o laicos, de izquierdas o de derechas, evitaron cuidadosamente en la preparación de esas elecciones toda cuestión relativa a la soberanía de la nación, empezando por el acuerdo de subordinación a la Unión Europea. Se aliaron para que las anunciadas elecciones a la Constituyente se transformaran en una mascarada de elecciones legislativas, con 120 partidos en liza… De modo que, lógicamente, la noche de las elecciones se formó un gobierno compuesto por Ennahda, un partido laico de derechas y un partido laico de izquierdas.

En Egipto, los Hermanos Musulmanes constituyeron, de hecho, su gobierno en colaboración con el Estado Mayor. Era la forma del gobierno de “unión nacional”. Con el ejército que dirige Egipto desde hace decenios y del que salió Mubarak. Un ejército que, desde los acuerdos egipcio-israelíes de 1978, recibe cada año directamente de los Estados Unidos 1600 millones de dólares, para garantizar el mantenimiento del orden y preservar el acuerdo con el Estado hebreo. La colaboración del ejército y los Hermanos Musulmanes contra las masas ha impedido la convocatoria de una asamblea constituyente. Lo que se ha instaurado en Egipto es una “comisión constituyente” para “limpiar” la Constitución egipcia, con una misión clara y concreta: no tocar las prerrogativas políticas, económicas y jurídicas del Estado Mayor, es decir, del régimen.

En ambos casos, se trataba de mantener encarnizadamente los vínculos con el imperialismo. El gobierno de los Hermanos Musulmanes no ha cesado de discutir con el FMI y de aceptar sus exigencias. Del mismo modo, el gobierno de Ennahda no sólo ha mantenido el acuerdo de asociación con la Unión Europea, sino que ha ido aún más lejos estableciendo un acuerdo de colaboración privilegiada con la UE. Para la juventud y las masas trabajadoras de Túnez y de Egipto nada ha cambiado. El imperialismo sigue manejando los mandos y se extienden aún más la pauperización, el paro, la miseria. Eso es lo que provoca las movilizaciones de los trabajadores y de la juventud desde hace meses. En el centro y el sur, las regiones más pobres de Túnez, se producen regularmente explosiones de indignación de jóvenes parados, a menudo jóvenes licenciados en paro. En Egipto, la misma juventud, desesperada por el futuro que le prepara el régimen, está en vanguardia de las movilizaciones. Con sus huelgas y manifestaciones los trabajadores tunecinos y egipcios intentan conseguir sus reivindicaciones. La única respuesta de los regímenes sometidos al imperialismo es la represión.

La clase obrera en el punto de mira

Es significativo que, en ambos casos, la represión se concentre contra el movimiento obrero. En Egipto, el gobierno de los Hermanos Musulmanes intenta obstaculizar la acción de los sindicatos independientes. Sus militantes sufren particularmente la represión. Y, para preservar el sindicato oficial heredero del régimen de Mubarak, el Gobierno ha promovido una reforma de las leyes laborales: ya sólo puede existir un sindicato por empresa.

En Túnez, los procesos tienen una dimensión diferente: desde hace meses, se desarrolla una campaña contra la UGTT. Es una ofensiva para destruir la organización histórica de la clase obrera tunecina. En varias ocasiones, los milicianos vinculados a Ennahda han atacado a sindicalistas de la UGTT. Muy recientemente, las milicias han atacado una concentración convocada ante la sede central del sindicato en conmemoración del fundador de la UGTT. El asesinato de Shokri Belaid, dirigente del partido Frente Popular, ha supuesto un paso más en esta línea. En ocasión de su entierro, se han desarrollado manifestaciones y movilizaciones masivas en todo el país, no en un silencio religioso, sino al grito de “¡Fuera, fuera el régimen!”, como hace dos años gritaban “¡Fuera Ben Alí!”.

Unos días antes, en El Cairo y en todo Egipto, se celebraban manifestaciones masivas con la consigna “¡Abajo el régimen!”.

Los gobiernos de Ennahda y de los Hermanos Musulmanes que, hace tan sólo un año, gozaban de una imagen de oposición a las dictaduras derrocadas, y cuya base social estaba constituida por una parte de las masas desheredadas, ven cómo éstas se levantan masivamente contra ellos.

La exigencia “¡Fuera!” en Túnez, “¡Abajo el régimen!” en Egipto, indica que las masas vincu­lan esos gobiernos con los precedentes, como gobiernos a las órdenes de las grandes potencias. La dimisión del gobierno en Túnez es producto directo de la movilización masiva del pueblo en las últimas semanas (particularmente tras el asesinato de Shokri Belaid) y de la crisis que provoca, dislocando a Ennahda. La existencia de la UGTT, como marco nacional de organización de la resistencia, permite que las masas trabajadoras y el pueblo avancen. El hecho de que la UGTT convocase huelga general el día de los funerales de Shokri Belaid permitió que el pueblo manifestase masivamente su oposición al régimen, y garantizó la protección del pueblo por la clase obrera. Hay una diferencia considerable con la situación de Egipto, donde no existe organización tradicional de la clase obrera.

Esos gobiernos están en profunda crisis, atenazados entre la presión del imperialismo y la movilización de las masas. Los partidos Ennahda y Hermanos Musulmanes están desgarrados por contradicciones internas. Pero no lo están menos las fuerzas y partidos “laicos” que colaboran con ellos. La utilización de los llamados partidos “islamistas” como única fuerza organizada ante al hundimiento de las dictaduras lleva hoy a su propio hundimiento, que puede desembocar en un vacío político.

Del 26 al 29 de abril de 2013: el VIII Congreso Mundial de la IV Internacional

Los acontecimientos mundiales recientes expresan que estamos pasando a una nueva etapa. Nadie puede prever cómo será, ni lo que sucederá en las semanas y meses venideros.

Pero es evidente que va a profundizarse la confrontación entre revolución y contrarrevolución: en un lado, un sistema agónico que ha agotado todas sus posibilidades históricas, confrontado a la crisis del dominio norteamericano, incapaz de contener los procesos mundiales sino mediante una guerra generalizada contra los trabajadores y los pueblos; en el otro lado, las clases obreras que buscan apoyarse en sus organizaciones para intentar resistir a esta marcha hacia la barbarie, y que chocan con los obstáculos que ponen a su movilización unos aparatos sometidos al “orden” imperialista, obstáculos que intentan superar por medio de su lucha de clase.

La IV Internacional considera que el enemigo de los pueblos, en el Magreb como en Oriente Medio y en todos los países oprimidos, es ante todo el imperialismo mundial, del que son subsidiarios los regímenes existentes. Luchar contra esos gobiernos y esos regímenes es enfrentarse al imperialismo. En esos países, es imposible separar el combate por las reivindicaciones democráticas del combate por las reivindicaciones obreras. Sólo la clase obrera organizada como clase a través de sus organizaciones puede allanar el camino al combate de los pueblos por su emancipación nacional, como corroboran el lugar y el papel de la UGTT en Túnez, cuyo último congreso se ha celebrado con la consigna “ni Catar, ni los Estados Unidos, Túnez libre e independiente”.

 Por eso la IV Internacional nada tiene que ver con los grupos de “izquierda radical”, de la “izquierda de la izquierda” o de la “extrema izquierda” que, bajo una apariencia radical, apelan en definitiva al imperialismo.

La IV Internacional ha tomado ya posición clara contra toda injerencia e intervención imperialista. Rechaza categóricamente cualquier posición que, bajo el disfraz de “luchar contra la barbarie”, acompañe por el flanco “humanitario” esa intervención, como por ejemplo los que hoy llaman a sus propios gobiernos imperialistas a armar al ESL (por otra parte, muy bien provisto gracias a Catar…).

 Todas las intervenciones imperialistas desde hace veinte años han conllevado siempre más dislocación, guerra y violencia.

La intervención imperialista fomenta la dislocación de las naciones. Por el contrario, la intervención de la clase obrera por sus reivindicaciones democráticas y nacionales promueve la unidad de la nación. Como indica la declaración de Sawt al Umal (La Voz del Trabajador, tribuna libre de la lucha de clases) del 28 de febrero,

“¿Cómo es posible dar satisfacción a las reivindicaciones del pueblo continuando con la política que es responsable de la extensión del paro, de la desertización de regiones enteras, de la inflación y del vertiginoso aumento de la deuda pública? ¿Cómo es posible pretender defender la revolución abriendo nuestras empresas públicas y nuestros mercados públicos a los fondos de inversión cataríes, saudíes, norteamericanos, franceses y de otros países? (…)

Hoy, unos hablan de un gobierno competente, de tecnócratas, otros hablan de un gobierno ampliado. Pero cualquiera que sea la forma que adopte el gobierno sólo conducirá a más violencia e inseguridad si no responde a las necesidades del pueblo, que están en contradicción con las exigencias del FMI y la Unión Europea.

La soberanía del pueblo exige que se ponga su interés por encima de cualquier otra consideración. Los acuerdos firmados con la Unión Europea, con el FMI pisotean los intereses del pueblo. Por eso deben ser denunciados. La deuda pública no es nuestra. Por eso debe ser rechazada. ‘El pueblo tunecino es libre’, ha dicho el congreso de la UGTT. Por eso todos los acuerdos, todos los tratados deben impedir que se toquen los intereses del pueblo, sus riquezas, sus bienes, sus empresas. El pueblo soberano exige preservar sus intereses en cualquier circunstancia y en el marco de cualquier acuerdo firmado en su nombre”.

Por ello la IV Internacional se dirige resueltamente a todas las corrientes, militantes, grupos obreros que busquen resistir a la política del imperialismo y que, sin compartir todas las posiciones de la IV Internacional, estén dispuestos a actuar juntos para ayudar a la clase obrera a levantar su fuerza unida contra el imperialismo y sus agentes. Por ello las secciones de la IV Internacional participan en la acción del Acuerdo Internacional de los Trabajadores, en pie de igualdad con otras organizaciones, corrientes y militantes.

En una situación mundial completamente diferente, al comienzo de la Segunda Guerra Mundial, una conferencia extraordinaria de la IV Internacional reunida en Nueva York en mayo de 1940, aprobaba un Manifiesto de Alarma que indicaba que

“la IV Internacional no se dirige a los gobiernos que han precipitado a los pueblos a la masacre ni a los políticos burgueses que son responsables de esos gobiernos, ni tampoco a las burocracias obreras que apoyan a la burguesía en guerra. La IV Internacional se dirige a los trabajadores, hombres y mujeres, a los soldados y marinos, a los campesinos arruinados y a los pueblos coloniales sometidos. La IV Internacional no está atada en nada a los opresores, los explotadores, los imperialistas. Es el partido mundial de los trabajadores, de los oprimidos, de los explotados, y a ellos se dirige este manifiesto”.

Setenta y tres años después, en una situación internacional nueva, la clave del agrupamiento de las fuerzas que, en cada país y a escala internacional quieren resistir a la barbarie imperialista, sigue siendo la cuestión de la independencia de clase del movimiento obrero, de la organización obrera independiente, del combate decidido contra el imperialismo. Precisamente lo que está en juego en la discusión del VIII Congreso Mundial de la IV Internacional es debatir esas cuestiones de orientación y de organización para avanzar en el camino de la resolución de lo que el programa de fundación de la IV Internacional caracteriza así: “La crisis de la humanidad es la crisis de la dirección revolucionaria del proletariado”.

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