Tras las manifestaciones del 29 de noviembre

(publicado en la Carta Semanal 501)

Carta-501Las manifestaciones del sábado 29 han tenido una respuesta muy desigual, en todo caso muy lejana del éxito indudable de la Marcha de la Dignidad del 22 de marzo. Un resultado que se veía venir, puesto que la propia preparación de las mismas no era la de una manifestación masiva. El hecho de que, en esta ocasión, UGT y CCOO se hayan sumado a la convocatoria ha sido, además, recibido con rechazo por los propios organizadores de las marchas. En Sevilla, por ejemplo, CNT decidió retirarse de la convocatoria y no asistir en respuesta a la anunciada presencia de CCOO. En su comunicado, decían que “No podemos, por dignidad, salir juntos a la calle cuando ellos son los verdaderos traidores de los trabajadores de este país”. Para terminar diciendo que “pedimos a nuestros afiliados, simpatizantes y al resto de ciudadanos que hagan boicot a las movilizaciones a las que acudan CCOO y UGT” (¿Llamarán a boicotear las movilizaciones de los de Coca-Cola o las de Correos?). Por su parte, el secretario de acción sindical de CGT-Madrid, Santiago Alonso, declaraba en la misma manifestación sobre la presencia de UGT y CCOO que “meterse como han hecho esta semana en una movilización de la que no son parte es vergonzoso. Han caído muy bajo y la gente se está dando cuenta”. Sin duda alguna, esta combinación de desgana y división en la convocatoria no ha ayudado a fomentar la participación.

Todas las organizaciones políticas y sindicales parecen situarse en clave electoral. Lo que significa decir a los trabajadores, a la juventud, a la inmensa mayoría, que hay que esperar a dentro de un año para que algo cambie. Lo que supone dar vida artificialmente a un gobierno que –la dimisión de Mato lo demuestra, después de la de Gallardón– sobrevive como un zombi. Pero que sigue haciendo daño.

Más que nunca, necesitamos la unidad para organizar la lucha contra este gobierno, por la retirada de todos los recortes y la derogación de todas las contrarreformas.

Cada día de este gobierno, una nueva catástrofe

Mientras esto sucedía en las calles, Rajoy pronunciaba en Barcelona su anunciado discurso, en el que ha prometido no hacer ninguna concesión, no emprender ningún diálogo sobre lo que exige el pueblo catalán. Ni siquiera sobre las famosas 23 peticiones de Artur Mas. “Nunca he negociado ni negociaré sobre la igualdad de los españoles, ni sobre su derecho a decidir lo que es su país. Y desde luego, tampoco he negociado sobre el cumplimiento de las leyes ni de las resoluciones del Tribunal Constitucional. Ni lo he hecho, ni lo haré”. Sólo ha anunciado más enfrentamientos y confrontación. Y más contrarreformas y recortes. “Yo os voy a decir lo que vamos a hacer a partir de ahora. Mantener la estabilidad política, la continuidad de las reformas y el ejercicio de gobierno responsable”.

Un discurso que muestra la cerrazón del aparato de Estado, que no parece tener otra política que el enfrentamiento. No es un detalle que Aznar fuera la víspera a Barcelona para “marcar el terreno”. Una política que, a su vez, al cerrar toda salida, da alas al secesionismo de Mas, a quien las querellas de la Fiscalía acabarán por convertir en un mártir.

Cada día que este gobierno sigue en pie anuncia una nueva catástrofe para la clase trabajadora. Una clase que, a pesar de todo, resiste con todas sus fuerzas y se aferra a sus organizaciones para hacerlo, como acabamos de ver en la marcha a Madrid que han llevado a cabo el pasado día 27 más de 12.000 trabajadores de Correos, que preparan una nueva huelga para antes de Navidad, ante la paralización de las negociaciones de su convenio, tras las que acecha el fantasma del desmantelamiento completo del correo público –resultado de la “liberalización” de los servicios de correos impuesta por la Unión Europea– que supondría miles de despidos.

Ese combate de la clase estaba presente, también, en la manifestación del día 29. En la columna suroeste de Madrid, que partía de Fuenlabrada encabezada por los trabajadores de Coca-Cola con sus sindicatos, especialmente CCOO, o en la columna sur que llevaba como reivindicación central la defensa de los 8 sindicalistas de UGT y CCOO de Airbus y de todos los 300 sindicalistas perseguidos por ejercer el derecho de huelga.

Hoy, más que nunca, la lucha por la unidad, contra el Gobierno

Toda la situación se concentra en la crisis política, en la crisis del régimen. Mientras el Gobierno, en niveles de impopularidad inéditos y con el PP enfangado en la corrupción, vive contra las cuerdas, los dirigentes de UGT y CCOO se aferran al dialogo social, en el que no se obtiene nada ni hay perspectivas de conseguir apenas nada, pero que conlleva la desmovilización, la paz social que tanto necesita el gobierno zombi. Una política de diálogo social que se complementa con la política de denuncia, de división de la clase trabajadora, que evidencian actitudes como las de CGT y CNT que citábamos al inicio. O las declaraciones de dirigentes de IU rechazando el apoyo del PSOE a su moción parlamentaria por la retirada del artículo 135 de la Constitución. Pactos con el Gobierno y división sirven, a la par, a la desmovilización que necesita el gobierno para sobrevivir.

¡Marcha a Madrid por la dimisión del gobierno!

El fracaso de la política de diálogo social, un diálogo que no puede llevar a nada, que como mucho puede arrancar unas mínimas migajas a cambio de dar vida al Gobierno y profundizar la desafección de los trabajadores hacia sus principales sindicatos, impone una conclusión: hay que levantarse de esas mesas, organizar la movilización.

La responsabilidad de los dirigentes de UGT y CCOO no puede compararse con la de los de CGT o CNT. UGT y CCOO son, por su implantación y sus lazos con la clase, las únicas organizaciones que tienen hoy la capacidad de organizar una movilización que obligue al gobierno a retroceder. Es hora de organizar la acción para que asuman sus responsabilidades, para que, a partir de la retirada de las mesas del falso “diálogo”, se dirijan a todas las organizaciones de la clase trabajadora y a los que defienden los derechos de los pueblos para organizar, en unidad, una gran marcha a Madrid por la derogación de todas las contrarreformas, por la anulación de todos los recortes, por el derecho a decidir, por la dimisión del Gobierno que abra paso al fin del régimen corrupto, como decía el comunicado del CATP distribuido en la manifestación de Madrid.

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