Gran Bretaña: El atolladero parlamentario plantea el problema de la acción de los trabajadores

(Publicado en la Carta Semanal 713ver en catalán)

La crisis en Gran Bretaña, tras la votación perdida en el Parlamento sobre el acuerdo pactado con la UE para realizar un BRÉXIT ordenado es la expresión más clara del callejón sin salida que representa para todos los pueblos y trabajadores de Europa la Unión Europea.

En efecto esa votación es una derrota histórica: 118 diputados conservadores han votado contra el plan de Bréxit elaborado por el Gobierno y la Unión Europea. Una derrota como no se había visto desde hace casi 100 años.

Es otro golpe mayúsculo a todo el edificio de las instituciones de la Unión Europea, que se levantó para garantizar la dominación del capital financiero en Europa. Inmediatamente, Ángela Merkel declaró: “Trabajaré hasta el fin para hallar una solución acordada, para mantener la mejor relación posible (con Londres)”. En cuanto a Macron, hundido hasta las cejas en la crisis de los chalecos amarillos, ha declarado sobre la apertura de nuevas negociaciones: “vamos  a mirar, tal vez se pueda mejorar uno o dos puntos, no creo que mucho porque hemos ido hasta el límite de lo que podíamos acordar, y ahora, para tratar de resolver un problema de política interna británica, no dejaremos de defender los intereses de los europeos. […] Lo miraremos pero yo vigilaré esto, considero que es el mandato que he recibido y que ha sido bien defendido por el Presidente del Consejo Europeo, Donald Tusk, y por nuestro negociador, Michel Barnier”, en una palabra, que no cede en nada pero remite el caso a la Comisión y a Barnier, lo que equivale a una confesión de impotencia. Tony Blair, exprimer ministro e inspirador de la derecha del Partido Laborista, explica: “Un segundo referéndum es la única manera de cerrar el debate”. Denunciando el referéndum de 2016 y el callejón sin salida actual, todos querrían hacer marcha atrás, hacer como si nada hubiese ocurrido. Para el ala blairista del Partido Laborista, un segundo referéndum o una “votación popular” es también la forma de debilitar a Corbyn.

La otra opción sería atrasar la fecha oficial de salida de la UE, fijada para el 29 de marzo, pero esto conllevaría un retraso de dos años, lo que aparecería como una maniobra para enterrar la votación de 2016. Sin embargo, ese plazo permitiría hallar un compromiso en el Parlamento británico, que nadie cree posible de aquí al 29 de marzo. May se ha dirigido a todos los partidos para abrir una discusión, Corbyn se ha  negado a participar. En efecto, la situación del Partido Laborista no es la misma desde que Corbyn fue elegido, dos veces seguidas, por una amplia mayoría de la base del partido y de los sindicatos y con la afluencia masiva de nuevos afiliados. El Gobierno May, antes de la votación intentó, por encima de Corbyn, llegar a un acuerdo con responsables sindicales y el grupo de diputados blairistas (o sea la derecha del Partido Laborista), llegar a un acuerdo para que votasen el documento, en nombre de que sería la unica manera de defender los derechos de los trabajadores. Este intento fracasó, solo dos diputados laboristas se abstuvieron. Después Corbyn presento una simbólica moción de desconfianza contra May que fue rechazada por la mínima.

Para los dirigentes europeos un retraso acentuaría un poco más la crisis de las instituciones, cuando faltan pocos meses para las elecciones europeas. Elecciones que todos querrían ver como medio para dotarse de una nueva legitimidad en sus propios países, o por lo menos para limitar los estragos.

La incapacidad del capital de unificar el mercado europeo

El atolladero es total. Pero la incapacidad de las instituciones parlamentarias británicas para resolver el Bréxit, como el callejón sin salida en que se halla el parlamentarismo alemán, la monarquía española o el bonapartismo francés expresan en el fondo, más allá de las formas institucionales, la crisis del capital financiero, la crisis del sistema basado en la propiedad privada de los medios de producción. La crisis de descomposición de la UE ha tomado la forma aguda del Bréxit por el lugar que ocupa la Gran Bretaña como exprimera potencia financiera y colonial del mundo. El Bréxit ha sido para algunas fracciones del capital británico un intento de superar su propia decadencia zafándose de las servidumbres de la UE. Servidumbres que solo expresan el que Alemania ha dejado muy atrás a la Gran Bretaña en la carrera entre imperialismos. El Bréxit expresa también, desde el punto de vista del capital, la contradicción entre la unificación del mercado europeo y la dominación de ese mercado por el capital financiero privado. Desde hace decenios, el mercado británico se ha volcado en los países de la UE, inclusive en el caso de la City, que desde los años 80 ha ocupado un lugar desmesurado en la economía británica. Cuanto más se prolongue el callejón sin salida, más toma forma la perspectiva de una salida sin acuerdo, lo que aterroriza a todo el mundo. Eso sería sinónimo del restablecimiento de aranceles en el comercio con los países de la UE, lo que afecta también a las empresas norteamericanas, australianas o japonesas implantadas en el Reino Unido, que para ellas es una cabeza de puente hacia el mercado europeo.

Ese intento de superar su decadencia se apoyaba en particular en la relación privilegiada con los Estados Unidos. Pero cuatro meses después del referéndum, la elección de Trump dio un gran acelerón a la crisis. La voluntad de Trump de cuestionar, incluso en forma provocadora, todas las relaciones entre imperialismos establecidas desde 1945 y reforzadas desde 1991, para imponer los intereses de los capitales norteamericanos, el programa de “América lo primero”, solo podía dinamitar las ilusiones en una vuelta del Reino Unido al primer plano.

Lo que ahí se plantea es el problema de la unificación del mercado europeo para responder a las necesidades de los pueblos europeos, tarea que el capital financiero –dominado por el capital norteamericano, no puede realizar.

La responsabilidad del Partido Laborista

Todo ello agrava las disensiones, vacilaciones y fugas hacia delante en el seno del Partido Conservador, y de forma distinta, en el Partido Laborista.

A pesar de la campaña de prensa que habla de un debilitamiento de Corbyn, éste por el contrario goza de un apoyo importante, pues mantiene, a pesar de las presiones de los blairistas y de los conservadores, la línea adoptada por el congreso del partido: elecciones generales cuanto antes, en las que el Partido Laborista se compromete a respetar la votación de 2016 y a negociar un acuerdo con la UE que proteja los empleos y permita que el gobierno aplique su programa favorable a los servicios públicos, los derechos sociales y la reindustrialización del país. Pero los laboristas no podrán echar a los conservadores y elegir un gobierno laborista que responda a las reivindicaciones solo con mociones de censura. El atolladero actual plantea la cuestión de la acción independiente de la clase obrera, de los sindicatos y de las instancias del Partido Laborista para organizar una campaña de manifestaciones de masas que obligue a May a dimitir. Echando a los conservadores para establecer un gobierno que responda a las reivindicaciones vitales, la clase obrera abriría la perspectiva de la unión de los pueblos de Europa.

No es una crisis británica o solo británica, los imperialismos europeos viven una situación creciente de marginalización en el mercado mundial, incapaces de competir y amenazados de ser expulsados en sectores enteros, véase a este respecto la amenaza de desmantelamiento del sector del automóvil. Y la Unión Europea, lejos de ser una protección para los intereses capitalistas, es cada vez más un obstáculo, incapaz siquiera de coordinar políticas comunes.

Desde el punto de vista de los intereses de los trabajadores y de los pueblos, NO HAY MARCHA ATRÁS SOBERANISTA o sea la vuelta a un buen capitalismo “nacional”.

Lo que plantea la crisis  de la UE y de todos los regímenes europeos es la necesidad de la expropiación del capital, de allanar el camino a los Estados Unidos Socialistas de Europa, liberados de toda explotación y opresión y del obstáculo que significan las fronteras nacionales.

Perspectiva solo posibles por la acción de los trabajadores arrastrando a sus organizaciones de todos los pueblos de Europa.

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